Estoy
en el Jurado Nacional de Elecciones. Cuarto piso. Desde aquí puedo contemplar,
por una enorme ventana de vidrio, árboles gigantes que deben tener más edad que
mis desconocidos tatarabuelos. También puedo mirar, aunque no lo hago, a mis
colegas que como yo leen textos jurídicos que no les importa, o quizá sí. Son
textos que debemos corregir y corroborar. Por eso nos pagan. Para
eso. Cuando yo elegí mis carreras no lo hice pensando en trabajar leyendo
textos que no me importasen; textos tan efímeros y banales sobre casos de
vacancia, suspensión, resoluciones que después de terminar de leerlos los olvido
por completo. Cuando uno lee unos versos, unas líneas de un cuento, párrafos de
novela o de textos filosóficos, siempre algo queda, uno termina llenándose y alcanza
un sentido y un significado. Aquí, después de leer estos textos, uno termina
vacío, muerto.
Cuando yo
escogí mis carreras lo hice pensando en leer lo que yo quisiera y en crear mundos
literarios y filosóficos que yo eligiera, pensara o imaginara. Penosamente, en
la vida real eso casi no sucede. Estos años me los he pasado enseñando cursos
que han sido establecidos por otros, con temas y formas que también han sido
establecidos por otros, pero pese a ello en las aulas me divertía, en las aulas
podía ser un faro, al menos una vela y sembrar algún granito en este mundo. Habrá
alguien en este mundo a quien haya podido tocar con mis clases. Aquí no. Aquí no
existo. Ni yo ni mis acciones. Por más expedientes corregidos, corroborados, bien
puestos sus puntos, comas y corroborado sus números, y debajo, cuando los envíe
con mi nombre y mi cargo, al final no queda nada de mí. Aquí no soy un puente,
un camino, un faro. Aquí soy nada. La nada que ayuda a que los de arriba puedan
presentar un texto bien hecho, limpio, sin fallas, y donde, por supuesto no
sale ninguno de nuestros nombres, sino el de la coordinadora general o, más
bien, de la secretaria general mientras ella, en este instante, lo más probable
es que está mirando vídeos por su celular. No existo. No existimos. Los
abogados que redactan los documentos, diría que por lo menos abajo sale sus iniciales,
existen, pero esas iniciales inexistentes para todos es solo para llamarles la
atención por si cometen algún error.
En sentido
estricto, lo sé, enseñando y escribiendo tampoco existo, pero al menos hay la
ilusión de que sí. Lo que sí no hay, lo que sí no existe allí, es el dinero,
pues dependía de las horas que los coordinadores me diesen, y estos, de los
alumnos que se matriculasen, y siempre estaba en vilo mi continuidad por ser un
profesor que se escapaba, a veces, de ciertas estructuras por encontrarlas nada
pedagógicas. De todos modos, allí el dinero, que es necesario en este maldito
mundo capitalista para comer, darle de comer a mis gatos, mi guacamayo y curar
a mi gatito Suqu, mínimamente existía. Pero con mi escritura, que es lo que me
gustaría fuese mi primer trabajo –tanto así que ahora que sigo en el JNE y que
debería seguir corroborando más horribles textos, escribo-, allí con mi
escritura filosófica y literaria, no. Como me diría ella, o como me dijo: por
mis versos no me van a pagar miles de soles. Intentaba herirme con esa frase,
pero me dio mucha risa y me pareció digna de un título de libro. Menos mal no
estaba a mi costado, sino hubiera creído que me reía de ella o algo así, pero
fue uno de sus mensajes por WhatsApp. Debería titularse así este escrito.
Ahora debo
dejar estas líneas, son las 5:34 p. m., y debo terminar de corroborar y
corregir más expedientes. Se suponía que trabajo hasta las 5, pero aquí hay
horario de entrada, pero no de salida. Por si ellos fueran, me quedo aquí hasta
mi muerte. Lo que no saben es que aquí, cada vez que me siento en esta silla
negra para trabajar frente a dos pantallas de computadoras, de inmediato ya estoy
muerto.
(Moisés
AZAÑA Ortega)
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