viernes, 28 de noviembre de 2025

"Nadie te pagará miles de soles por tus versos" (Moisés Azaña)

 Estoy en el Jurado Nacional de Elecciones. Cuarto piso. Desde aquí puedo contemplar, por una enorme ventana de vidrio, árboles gigantes que deben tener más edad que mis desconocidos tatarabuelos. También puedo mirar, aunque no lo hago, a mis colegas que como yo leen textos jurídicos que no les importa, o quizá sí. Son textos que debemos corregir y corroborar. Por eso nos pagan. Para eso. Cuando yo elegí mis carreras no lo hice pensando en trabajar leyendo textos que no me importasen; textos tan efímeros y banales sobre casos de vacancia, suspensión, resoluciones que después de terminar de leerlos los olvido por completo. Cuando uno lee unos versos, unas líneas de un cuento, párrafos de novela o de textos filosóficos, siempre algo queda, uno termina llenándose y alcanza un sentido y un significado. Aquí, después de leer estos textos, uno termina vacío, muerto.

Cuando yo escogí mis carreras lo hice pensando en leer lo que yo quisiera y en crear mundos literarios y filosóficos que yo eligiera, pensara o imaginara. Penosamente, en la vida real eso casi no sucede. Estos años me los he pasado enseñando cursos que han sido establecidos por otros, con temas y formas que también han sido establecidos por otros, pero pese a ello en las aulas me divertía, en las aulas podía ser un faro, al menos una vela y sembrar algún granito en este mundo. Habrá alguien en este mundo a quien haya podido tocar con mis clases. Aquí no. Aquí no existo. Ni yo ni mis acciones. Por más expedientes corregidos, corroborados, bien puestos sus puntos, comas y corroborado sus números, y debajo, cuando los envíe con mi nombre y mi cargo, al final no queda nada de mí. Aquí no soy un puente, un camino, un faro. Aquí soy nada. La nada que ayuda a que los de arriba puedan presentar un texto bien hecho, limpio, sin fallas, y donde, por supuesto no sale ninguno de nuestros nombres, sino el de la coordinadora general o, más bien, de la secretaria general mientras ella, en este instante, lo más probable es que está mirando vídeos por su celular. No existo. No existimos. Los abogados que redactan los documentos, diría que por lo menos abajo sale sus iniciales, existen, pero esas iniciales inexistentes para todos es solo para llamarles la atención por si cometen algún error.

En sentido estricto, lo sé, enseñando y escribiendo tampoco existo, pero al menos hay la ilusión de que sí. Lo que sí no hay, lo que sí no existe allí, es el dinero, pues dependía de las horas que los coordinadores me diesen, y estos, de los alumnos que se matriculasen, y siempre estaba en vilo mi continuidad por ser un profesor que se escapaba, a veces, de ciertas estructuras por encontrarlas nada pedagógicas. De todos modos, allí el dinero, que es necesario en este maldito mundo capitalista para comer, darle de comer a mis gatos, mi guacamayo y curar a mi gatito Suqu, mínimamente existía. Pero con mi escritura, que es lo que me gustaría fuese mi primer trabajo –tanto así que ahora que sigo en el JNE y que debería seguir corroborando más horribles textos, escribo-, allí con mi escritura filosófica y literaria, no. Como me diría ella, o como me dijo: por mis versos no me van a pagar miles de soles. Intentaba herirme con esa frase, pero me dio mucha risa y me pareció digna de un título de libro. Menos mal no estaba a mi costado, sino hubiera creído que me reía de ella o algo así, pero fue uno de sus mensajes por WhatsApp. Debería titularse así este escrito.

Ahora debo dejar estas líneas, son las 5:34 p. m., y debo terminar de corroborar y corregir más expedientes. Se suponía que trabajo hasta las 5, pero aquí hay horario de entrada, pero no de salida. Por si ellos fueran, me quedo aquí hasta mi muerte. Lo que no saben es que aquí, cada vez que me siento en esta silla negra para trabajar frente a dos pantallas de computadoras, de inmediato ya estoy muerto.

(Moisés AZAÑA Ortega)


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