lunes, 6 de abril de 2015

¿CÓMO SE APRENDE A VIVIR SIN TI?



Me he sentado a escribirte y no sé por qué todas las palabras se me han ido. No, no es que se me hayan ido, pero hay algo en mí que no me permite escribir sobre este momento que vas (que vamos) pasando, hay algo en mí que me dice que es mejor buscar otro de tus momentos y escribir sobre ellos. Para qué, además, retratar estos días, estas semanas, estos meses. No la hemos pasado tan bien, la verdad, pero tampoco debemos decir que siempre la hemos pasado muy mal, has (hemos) tenido nuestros buenos momentos. A ti te tienen, digamos, que bien atendida, haciendo sus respectivas salvedades, por supuesto, y al menos ya hemos dejado de escuchar los gritos de la casa o, mejor dicho, han sido reemplazados por estos otros que piden auxilio o gritan nombres ininteligibles, aunque no a cada rato como podrían pensar los de afuera.

Podría decir que soy un involuntario habitante de estos pasadizos, un incondicional enfermero que está siempre contigo y oye gritos y auxilios y ve lo que no quiere ver y siente lo que nunca quiso sentir. De todos modos, aquí sigo vivo y, de paso, muriéndome. Han sido semanas de mucho cansancio y de una infatigable tristeza, y siguen siéndolas de algún modo. En realidad, de todos los modos. Menos mal en este momento ya no tienes la vías que ten han dejado feas hematomas, pero eso es lo de menos, lo peor era que te dolía y a veces se te hinchaba y había que sacártela y buscar otra vena y después otra hasta que la tonta de verde pudiera ponértela bien. Se entenderá que aquí desayuno, almuerzo y duermo acompañándote. Decir «desayuno», «almuerzo» y «duermo» no es más que un eufemismo. Uno de los mayores problemas para mí ha sido dormir en la silla (sigue siéndolo). Después de eso, lo demás es soportable. Dormir en la silla también es soportable, pero hacerlo seguido, día a día, sí que es cansado y doloroso, mi pobre espalda, mi pobre columna me piden a gritos una cama, una bendita cama. Ha habido noches en que he tirado una sábana al suelo y allí me he echado, pero al rato ha venido alguna de las de blanco y me ha preguntado si acaso estoy en un camping. 

Las madrugadas, por estas fechas, me han parecido que tienen más horas de la cuenta, no duermo nada o mejor dicho duermo de hora en hora, por eso que llegada las nueve o las diez de la noche ya tengo un sueño infernal. He pensado también que por estos días el sueño es parte de tu vida. Sí, en esta parte de tu vida, la vida para ti ha llegado a ser puro sueño. Lo malo está que inviertes tus sueños y muchas madrugadas despiertas algo alarmada o amargada porque todavía no amanece porque todavía son las dos o tres de la mañana. Entonces debo preguntarte así adormilado y a punto de desmayarme qué quiere usted, patrona mía, qué desea, estoy a sus órdenes, y de acuerdo a tu respuesta llevarte de la mano al baño o contarte un cuento hasta que vuelvas a quedarte dormida por otra hora o, con suerte, por dos o tres horas hasta que llega la mañana y desayunas y vuelves a dormirte. Y allí sí yo te digo levántate, no seas ociosita, dormir mucho hace daño y tú me contestas que no estás dormida, que solo estás echadita, otras veces me dices que solo estás pensando, entonces yo me río intentando que tú también te rías, pero continúas con los ojos cerrados. En el día de rato en rato inevitablemente yo también cierro los ojos, pero contigo no puedo pestañear.

Aquí los días pasan lentos y por ratos pasan demasiado rápido, sobre todo a la hora de visita. Yo intento leer mientras duermes, pero es difícil, de rato en rato vienen las de blanco o las de verde o los hombres serios y me hacen preguntas y te despiertan y te ponen cosas en los brazos y otras cosas en las piernas, para tu bien, te dicen, para que estés mejor, y tú aceptas como aceptas algún jarabe amargo porque no te queda de otra. La cuestión es quedarme contigo, no dejarte sola, por nada del mundo dejarte sola. Yo estoy a tu lado, siempre a tu lado, no te hagas y ábreme tus ojos y extiéndeme tus manos y dame tu mejor sonrisa. O la peor, qué importa, pero sonríeme, tus sonrisas siempre son hermosas, las más bellas que he podido ver en este mundo que me ha tocado. Vamos, dime algunas palabras, canta como sabes cantar. Que duermas mucho me pone triste, el problema es que cuando despiertas ya no sabes qué hacer. Cuándo nos vamos a casa, me preguntas, y no sé qué responderte porque yo tampoco lo sé, pero te digo que pronto, y tú me dices mentiroso, ya no te creo, pero me lo dices de tal forma que me hace sonreír y allí sí tú más despierta también me muestras tus dientecitos de ratones con los que recibes tus alimentos. Es lindo verte sonreír, pero es más lindo saber que tu sonrisa basta para cambiar mi ánimo.

Si he aprendido a crecer ha sido por ti. Si he aprendido a hablar ha sido por ti. Si he aprendido a querer ha sido por ti. Todas mis virtudes son tuyas. Los defectos son solo míos. Por las noches, cuando apagan la tele y el silencio se hace más silencio en estas blancas habitaciones o cuando los posibles gritos llegan hasta tu oído y tengo que decirte que es un señor que canta o una señora que le gusta rezar en voz alta, cosas así, y tú me miras como diciéndome qué diablos hablo y luego de inmediato cierras los ojos como si todo haya sido otra parte de lo que soñabas, siento (o intento creer) que todo esto es un sueño —una pesadilla debería decir— y quiero despertarme, despertarme de una vez y que todo vuelva a ser como antes, como esos días en que nos sentábamos afuera de la casa y me contabas tus historias infinitas y yo te seguía preguntando una u otra cosa o te ponías a tejer en la sala y yo me sentaba a tu costado con un librote y tú escéptica me preguntabas si en verdad lo terminaba, esos días en que preparabas arroz con leche y todos la tomábamos con tanto encanto y repetíamos una y otra vez hasta que toda la olla se acababa, esos días en que tu habitación te contaba historias que leía y no parabas de preguntarme, por ejemplo, por la historia del Cid o no parabas de reírte, por ejemplo, por la historia del tal Lazarillo.

Te cuento que hoy, después de tanto, he vuelto a casa y he entrado a mi cuarto (no me he atrevido a entrar al tuyo). He entrado a mi cuarto únicamente para sentarme en esta vieja pc y escribirte mientras uno de mis tantos hermanos, por fin, ha podido reemplazarme y está acompañándote. No es fácil dejarte allí, tampoco es fácil llegar a casa cuando tú no estás. Llegar a casa y no encontrarte es lo peor que puede ocurrirle a la vida. Llegar a casa y no encontrarte es lo peor que puede ocurrirle a mi vida. Dime, vieja mía, ¿cómo hago para aprender a vivir sin ti? Vamos, levántate, y de la misma forma en que me enseñaste a caminar, ahora enséñame esto, déjame también esta enseñanza. 

moisés AZAÑA ortega

HIJOS IDIOTAS

Un pequeño cuento

La historia es sencilla. Ella no solo tuvo que dar a luz con mucho dolor a sus hijos, también tuvo que cambiarles los pañales, pasar malas noches una y otra vez, luego tolerar o soportar berrinches, ayudarles en su formación, sacrificarse con todo su amor, primero por uno, luego por el otro y así hacerles crecer a todos.

Una vez crecidos, ella mal que bien, continuó preocupándose por ellos y haciéndoles favores hasta el último, dándoles de comer o prestándoles dinero que muchas veces no veía de vuelta. Los hijos, por supuesto, tuvieron otros hijos y ella se hizo abuela de muchos nietos. Por su forma de ser o por su crianza, ella también estuvo de algún modo u otro pendiente de los nietos. Claro, muchos de ellos lo olvidan o se hacen los desentendidos.

La historia es larga, para resumirla hay que decir que a ella le crece la edad y empieza a tener arrugas en la piel y en el corazón  y así, con los días, con los años, va perdiendo fuerzas en sus huesos y poco a poco va caminando con mayor dificultad, empieza a quejarse de uno u otro dolor y, para colmo, los que viven con ella no le tienen paciencia y por cualquier menor motivo le alzan la voz. De este modo, ella envejece más rápido y cada vez se va alejando de la vitalidad que la caracterizaba, así hasta que un día cae enferma y la tienen que hospitalizar.

Una vez hospitalizada, los hijos siguen con sus cosas como si nada pasara, como si su madre estuviese bien. Ella, por decirlo de algún modo, queda como abandonada a su suerte. Puede sonar exagerada esta palabra, pero ella sabe muy bien que esta palabra es exacta. No para todos, pero sí para la mayoría, pues con visitar un día o a lo mucho dos y solo un par de horas ellos creen que ya cumplieron. Ella, claro, se entristece y llora. Ellos se excusan, siempre tienen un pretexto en sus labios, sin embargo sus acciones dicen lo contrario, pues para viendo televisión o haciendo la siesta o haciendo cualquier otra cosa que muy bien pueden hacerlo en cualquier otro momento, pues trabajan independientes y no para una empresa que rija su horario. Y los muchos nietos que tiene, no la visita o la visita solo una vez.

Lo peor de todo es que tanto nietos como hijos, sobre todo los hijos, hablan o “bromean” de herencia y de otras cosas como si ella no estuviera viva. Se preocupan de estas cosas, pero no de su madre o abuela hospitalizada. ¡Ni siquiera se dan tiempo sábado o domingo! ¡Ni siquiera se dan tiempo por semana santa! ¿Es para enojarse o no? Qué historia caray: cualquier parecido con alguna realidad es pura coincidencia.

moisés AZAÑA ortega

domingo, 22 de marzo de 2015

Contingencias a partir del «Tractatus lógico - philosophicus» (2.012)


prescriptum:
Estos días de marzo han sido y son realmente infelices. Quizá este término no sea exacto, pero debo aventurarme por uno; tal vez decir «tristes» o «deprimidos» sería mejor. Mamá, mi hermosa y amada mamá Enriquetta, hace unas semanas se puso mal y mi endeble tranquilidad ha caído. He venido por un segundo a este blog solo a dejar este texto de octubre de 2014.

Punto 2.012
2.0121. Que una semilla tenga como propiedad concluir en flor no niega el carácter de su posible mitad de camino. Quiero darme a entender como el posible incendio que requiera la semilla, como la innecesaria soledad del hombre que ha decidido partir y no se ha despedido, quiero darme a entender como cierta potencia que se niega a concluir en algún fruto de contemplación y entonces sus posibles ecuaciones se pierdan antes de llegar a esa romántica meta.
2.0122. Que la contingencia de su camino dependa únicamente de ella, no quiere decir que ha de andar sola: requiere del camino, requiere de su meta, requiere del horizonte, así sea el de perderse. Es la contingencia que habla y camina. La contingencia que elige adónde ir, pero que nadie le ha dicho que esta independencia es el pretexto necesario para su ruina.
Al comprarse el cuento del camino, al comprarse el cuento de la independencia, clava a sí misma su condición de llorante (se clava a sí —conste que está separado— su devastación).
2.0123, 2.01231. Porque del hecho que nuestra semilla pueda ser flor y que otra semilla también pueda serla, no podemos concluir, precipitada y con los todos los gritos en la boca, que ambas semillas son iguales. Cada semilla contiene su propia peculiaridad, quiero decir, en cada semilla encontramos su propia felicidad y su propio cataclismo. La real desolación no es cosa de grupos.
Por más que la felicidad y la ruina puedan ser una sola palabra para tantas hermosas devastaciones, cada una de esas categorías se cumplen diferentemente en cada existencia. Cada camino —ya lo he dicho— es otro camino: cada camino requiere de un solo caminante. No hay camino igual a otro, eso muy bien lo reconocemos, ni el de los gemelos que nacen juntos y mueren en horas y rutas distintas.
Dentro de los contingentes que se acoplan a otros contingentes para que las muertes no les ocasionen muertes tan violentas y rápidas, se encuentran —hemos visto— especie de categorías que condicionan o permiten dirigir su paso y su palabra. Estos contingentes se acoplan a otros contingentes —hay que decirlo— para que la muerte no les tome tan solos. La muerte no es una contingencia, lo sabemos, por eso la muerte del amor es una necesidad, casi una obligación. 
            Después no me digan que no les avisé.

moisés AZAÑA ortega

domingo, 8 de marzo de 2015

Contingencias a partir del Tractatus lógico- philosophicus (2.011)


octubre 2014

2.011
Lo contingente son las cosas que pueden unirse. La unión es básicamente una contingencia, no es una obligación ni una necesidad. Las combinaciones resultan a partir de la inercia, la soledad o— en el arbitrio de las personas— de la decadencia de sus días. Hay uniones que son malas combinaciones, no cuadran, desde el primer momento en que los ves sabes que hay algo mal o algo que nunca pudo (nunca debió) ser de ese modo. Pero puede que nuestros ojos también se equivoquen tan acostumbrados a tener combinaciones exactas, inalterables: que tal color con tal color, que tal pantalón con tal desterrado, que tal estereotipo con tal planeta, que el etcétera es para el final y nunca para el inicio. En fin, todo ser existente o no, puede entablar un diálogo necesario con otro, todo ente que se mueva, que necesite de otro para ser movido, puede tener los días contados en su contingencia y prevalecer, en algún momento, su rasgo necesario y pasar los días sucesivos en inalterable emoción de los cuadros terminados. Nada más, el punto exacto, nada que agregar, nada que quitar. La combinación culminó y no hay separación como posibilidad.


                La contingencia, entonces, puede tratar según estos términos de las posibles combinaciones y separaciones que inalterables y alterables pueden tener. He aquí un primer llamado. ¿Si la definición del inalterable es que no puede ser alterado, cómo entonces puede ser alterado? Cada día hay eternos que se mueren. Una eternidad tras otra transcurre como bicicletas en un abismo que nunca termina. Los necesarios, los vidrios rotos, los enojos, los gestos inevitables también manejan bicicleta y en muchas ocasiones equivocan el camino y pierden el paso. Para no hacer más extenso este camino, habría que decirlo en palabras de Wittgenstein: «Es esencial a las cosas el que puedan ser parte constituyente de un estado de cosas». Es decir, «si hay objetos —explica un traductor— uno de sus rasgos esenciales tiene que ser el que puedan ser parte constituyente de un estado de cosas». ¿Entendieron? No se preocupen, Wittgenstein tampoco.

moisés AZAÑA ortega

miércoles, 4 de marzo de 2015

DOS DE MIS SEIS HERMANAS


agosto 2014

A veces mis hermanas se pelean. Si eso sucede, pueden pasar días o tal vez semanas sin que se crucen ni una sola palabra. Pero llega un día, de repente, que cuando vuelvo a casa las veo de lo más chochas conversando. ¿Qué ha pasado, cómo se reconciliaron, qué se dijeron? Ni idea, pero es algo que pasa siempre. Se llevan bien, se pelean, discuten, rajan entre ellas, pero siempre, por una u otra razón, se amistan y vuelven a reírse de las mismas cosas, cocinan juntas, chismosean juntas, etc. Como ahora. Ninguna es mejor que otra, aunque muchos pueden pensar que L. Yo no lo creo, solo que son distintas. L. es más solidaria y sencilla, E. también es solidaria, solo que es un poco soberbia. Estoy siendo injusto con ellas. Lo mejor sería no ponerles ningún adjetivo y seguir contando que en esta mañana de agosto, con este frío de invierno, ellas conversan en el lavadero del primer piso, cerca a mi cuarto del segundo, y es como si recién se hayan conocido o como si fuesen dos grandes amigas que se han encontrado después de mucho tiempo.



 moisés AZAÑA ortega


miércoles, 25 de febrero de 2015

NOCHE SIN TI


martes 26 noviembre 2013


Me he quedado en casa y no he podido darte ni un beso ni el caramelo que te compré.

Me he quedado en casa y me he quedado con este abrazo en el aire y con todas las ganas de ti aquí adentro.

Me he quedado en casa y lo único que extraño del mundo es verte y besarte (lo más hermoso de lo trillado es que puedo besarte).

Me he quedado en casa y lo único que extraño de la existencia son tus cachetes y tu cabello desgreñado.

Me he quedado en casa y esta casa ha empezado a ser un calabozo dentro de un océano.

Me he quedado en casa y me he percatado de cuánta falta me hace tu amarilla mirada.

Me he quedado en casa y sé que esta noche tus dientes llenos de caries no me sonreirán.

Me he quedado en casa y es mejor no seguir porque esta noche será más larga de lo que esperó Prometeo para que pueda salvarse.

Tomo el caramelo y empiezo a chuparlo.  

moisés AZAÑA ortega

lunes, 23 de febrero de 2015

Un párrafo de otro de mis días


23 de febrero 2015
Ya no debe parecerme raro contemplar mis páginas de cartas o del diario y saberme un repetidor de mis días, pero como casi no los reviso, suelo todavía sorprenderme. Ahora que por estas fechas veraniegas he estado ordenando mis papeles he encontrado este texto que escribí para mandárselo a quien entonces era madame Irene y que, para variar, nunca se lo envié. Me ha parecido triste que quede en la oscuridad con mis otros archivos, así que he decidido pasarlo de la oscuridad de mi cuarto a esta otra en la que quizá su muerte será inminente, pero será, con suerte, en compañía de otros ojos y ya no solo de los míos. Ahí va:


10 de febrero 2013
Estos últimos días he estado viendo una película diaria. He leído poco, he escrito no lo que he querido, pero he escrito (hoy, por ejemplo, concluí un relato; ya era hora), he ayudado en casa (a una de mis hermanas la han operado y por estos días vive con nosotros), he buscado trabajo (quizá resulte una hipérbole, pues apenas he ido a dos lugares; en uno hay más esperanza que en otro —tal vez lo mejor sería decir posibilidad—, pero al parecer en ninguno entraré). Tener internet me facilitaría ver más películas. Esta semana he incentivado a hacer trueques de pelas.

Y bueno, hemos empezado: al amigo con que quedé le pasé tres (La vida de los otros de Florian Henckel von Donnersmarck, La sociedad de los poetas muertos de Peter Weir y Tinta roja de Francisco Lombardi) y él me ha pasado dos (El lobo estepario del director Fred Haines, basada, claro, en la novela; y Trono de sangre de Akira Kurosawa; de él solo he visto Rashomon, basado en un cuento de Akutagawa). A otro amigo he prestado uno de Amenábar (Ágora) y en esta semana dejará una en La Rampa (creo que de Tarantino o de Clint Eastwood). A otra amiga he prestado Luna de Avellaneda de Campanella (director que ganó a la Teta asustada en el Óscar), y también me dará la suya en estos días. Espero.

Como ves, los trueques por el momento no han sido del todo favorables, pero se ha debido más por una cuestión de tiempo y también por no haber quedado o avisado a todo el mundo. Quiero decir, solo había quedado con uno; a los demás les he prestado porque llevaba pelas en el morral y, bueno, hay que expandir lo que tenemos. He conversado con cuatro personas más y hemos quedado. Ver películas por estos días se ha convertido en algo así como mi oxígeno. Mejor: mi droga. Conversando la semana pasada con otro amigo me dijo que debo vivir más y dejar los libros y las películas. Falta más praxis. En parte le di la razón. Lo dijo porque en la plática las citas que yo hacía eran o de películas o de libros, casi nada de mi vida. Me contó que en su trabajo la gente no cita libros o películas, citan su propia vida. Y, sin querer o queriendo, ayer fue un día de algo así como película. Por decirlo de alguna manera.

Por la mañana la reunión con el grupo de estudios me dejó una idea para un futuro ensayo. Esto, en realidad, no es nada novedoso. Ideas se me vienen siempre, la cuestión es realizarlas. Por la tarde en el Museo de Historia Natural de San Marcos me encontré un paraguas floreado. Caminé con él por Arenales hasta llegar al C. C. España. Ya imaginarás los gestos y miradas de los transeúntes. Ah, me sentí un poco Maga, un poco Oliveira, pero no sabía dónde debía dejar al paraguas para que reinicie su ciclo. Caminé y caminé. Comprendí que la cuestión es caminar.

Comprendí que el truco está en caminar.

En el C. C. España un libro de fotos me sugirió un proyectito que he empezado. ¿Te lo cuento, no te lo cuento? A las seis y media fui a entrevistar a travestis y mujeres que trabajan de noche alquilando su cuerpo (es colaboración a una amiga para su trabajo). Ah, el paraguas lo dejé en el carro, antes me mandé unas palabras al cronopio para que lo tuvieran en sus manos. ¿Quién se lo habrá encontrado? ¿Reiniciarán su vida para que no caiga en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda?

Esto de entrevistar a… Todavía me cuesta decir prostitutas. Mi amiga lo utilizaba como quien dice mamá o deme un sol de pan (ya me tomaré el tiempo para contarte con detalles al respecto: Wilde nos recuerda que lo único importante son los detalles). Más tarde, sin querer, me encontré con una amiga y esta me llevó con un grupo de feministas a un pub-discoteca-karaoke (no sé qué demonios era) y, bueno, nos amanecimos. Canté «Flaca» de Calamaro y «Entre dos tierras» de Héroes del silencio, alucina. Ah, claro, les envié saludos: «…y un saludo para mis amigas feministas que son más machistas que los varones». Como imaginarás, varias me quisieron apanar: «Te espero a la salida». En casa dormí hasta las diez y media. Desayuné casi al mediodía.

Hoy, domingo de carnavales limeños, me he quedado en casa. Salí solo para comprar comida. He lavado ropa de mamá y mía (bueno, la lavadora, pero igual hay que encenderla, echar la ropa, el detergente, programarla, sacar la ropa, tender… Toma tiempo, no te creas). Luego he escrito y he acabado el cuento. Lo dejaré reposar un tiempo y volveré a él para las necesarias correcciones. Mañana no sé qué me espere (nadie lo sabe). Yo quisiera, primero, levantarme tempranísimo. En un rato veré, no sé, creo que Trono  de sangre inspirado en Macbeth de Shakespeare. ¿O mejor El lobo estepario? Ya vi el inicio de ambos. El lobo estepario lo leí recién el año pasado. Grande Heese. Además de ver película, tengo ganas de componer con mi eléctrica y de leer. Hay varios libros que me esperan. Pero también tengo ciertas ganas de conversar. Tal vez vaya a casa de amigo antropólogo, tal vez a casa de amiga psicóloga. Lo más probable es que me quede en casa dormido.


P.D.: ¿Hacemos trueques?

moisés AZAÑA ortega

sábado, 14 de febrero de 2015

¿NUESTRA ÚLTIMA NOCHE? (un escrito patético por una noche patética)

noviembre 2013

Y entonces
sucede. Te llama
un día y te dice que
quiere conversar. Y tú
lo sabes antes que todos, antes
que nadie. Antes que ella
misma.
Ella te va a dejar.

Y cuando vas a hablar con ella
ya caminas pensando en cómo no
ponerte triste en cómo hacer
para que en esa noche de luna
no soltar ni una lágrima
mucho menos rogar

y entonces sigues
caminando a su
encuentro
la asesina que te dejará
y sigues caminando
sintiendo lo que sintieron Luis XVI
y María Antonietta cuando
iban a la guillotina sabiendo de
antemano que ya estaban
muertos

Y entonces
sucede. Te encuentras con ella
está sentada en la misma banca
que en otro tiempo felices se habían
sentado entre bromas y cóleras pequeñas
pero ella está seria y tú sabes o crees saber
la causa   está
pálida parece sin bañarse y su cabello
desgreñado está más desgreñado y sus dientes amarillos
los crees más amarillos aunque no los ves porque
no abre la boca ni para saludarte y menos
para sonreír. Tú que
siempre creíste que el final tendría algo
de Woodie Allen o de Campanella
te sorprendes que esta realidad sea tan
realidad   tan
anticinéfila
tenía que ser más bello, te dices
más bello que el principio
y pensando esas y otras cosas te sientas a
su costado
sorprendido
con la cara de un pobre diablo
aunque sabes que en el mundo si
existen los diablos deben ser todo
menos pobres

Sabes que tú cara de pobre diablo
—quede dicha esta imagen—
no es la mejor actitud
entonces sonríes y haces como
si nada
como si nada haya pasado entendiendo en realidad que
ya ha pasado todo
y que lo único que falta es que ella
lo diga
y concluya este amor que ya te está ahorcando
demasiado. Pero tú
como la quieres
piensas que debes hacer
algo
no puedes dejar que todo se termine así tan
sencillo tan de un momento a otro
pero solo le cuentas anécdotas inservibles
que ella ya no escucha como alguna vez
escuchó con tanto entusiasmo y tanta alegría
no, ya no te escucha
solo hace como si te escuchara

Y entonces
ahora sí
sucede. Te lo dice en una
sin arreglo sin maquillaje
ni procedimiento: Ya no puedo
quiero que terminemos. Entonces
eficiente títere de sangre y hueso
te vas con tu anécdota y tu sonrisa al
carajo. Ya no hay nada qué hacer
solo escuchar, solo sentir y resignarte: ella
ya no es tuya
desde esas feas palabras sientes que
ya ella está por otros lados y que
si la ves allí adelante es solo porque
quieres seguir viéndola. Quieres tocarle el
cabello la mejilla los labios y a
todo ella te responde: Déjame. Entonces sabes que es el
final, que la luna y esa noche no eran en vano, que
estaban allí para hacer más triste tu tristeza.

Y vuelves a sonreír, por si acaso
aunque ya ni sabes por qué exactamente
solo sonríes, como a veces sonreías cuando
ella renegaba y renegaba más cuando tú
sonreías y no sabías por qué seguías
dentro de ti nacía así por así
ella entonces renegaba el triple
porque no podía ser que ella renegase y tú
estuvieses sonrisas y entonces
para que ya no renegase
hombre de carne y tristezas
te aguantabas pero por ratos la risita salía
y no sabías cómo controlarla
lo hacías sin intención aunque no lo creyera
esa risa del carajo
sí esa risa natural y sin causa aparente
ya no sale
ahora solo sonríes y tú sonrisa es como
la de un cadáver

Todo es inútil: tu sonrisa, la
luna, esta banca, hasta ella misma. Pero
sabes que no, que ella no. Por qué, entonces preguntas,
qué pasó, quieres saber. Y ella sale con el rollo
clásico: Es mi culpa, yo
soy el problema, etc., etc., etc. El etcétera también
es un problema. Es mejor pararte
y caminar, respirar y no pensar, pero sigues allí
sentado a su costado sin saber cómo hacer para que
no se vaya
para que ese final sea
otra vez
un nuevo
comienzo
para que ese final decisivo no sea el final
para que siga siendo patéticamente tu chica
y tú cursi y ridículamente su chico
pero ella ya hace varios días que se alejó
que te dejó abandonado en la marea
solo faltaba decírtelo
la palabra crea
pero también destruye

Perdóname, sigue hablando, te sigo queriendo
pero ya he perdido la fe, lo nuestro ya no tiene
futuro… Y así, en este
tono, continúa. Y tú sigues pensando en cómo salvar
este barco antes de que termine por hundirse, si acaso ya no está
hundido, y se lo dices, le
dices lo único que te sale del corazón,
que tú no quieres que acabe, que tu vida
sin la de ella va a ser una completa mierda,
se lo dices así, con esta palabrota, pero ella ya está por arriba
cazando pajaritos
como si en este cielo de invierno
y a esta hora de luna existiesen pajaritos
y ella sabe que este alejamiento va a ser más sencillo para
ella que para ti
porque ella ya va dejando de sentir y tú
en cambio te ibas envolviendo más
la historia de siempre
y para qué, te preguntas
como un tonto
para qué, qué huevón,
te dices, y ni siquiera le puedes dar un
último beso, nada, ni siquiera tocarle
sus cachetes
nada
y se lo dices una y otra vez que
no pueden acabar que
tú no quieres firmar el divorcio
y cuál divorcio, te responde
si no estamos casados
comprendes que toda simbología también termina
todos los códigos se pierden por la misma alcantarilla

Entonces
sin pensarlo
sin entender a tu cuerpo
una reacción aparentemente ilógica
te pones de pie y sin decirle
nada das unos pasos adelante
y luego otros y caminas lento sin dirección  a ningún
lado
a ningún lado
ahora lo sabes
ningún lado es tu único camino
ningún lado es tu único destino
ningún lado
ningún lado
afuera de todos
el hombre aparte

ella sorprendida se queda sola
hablando sola
y escuchas A dónde vas
a dónde vas, tú sigues caminando
sin entenderte todavía
la luna enorme sobre tu cabeza
hermosa luna hay que decirlo
llenísima y alumbrando esta noche oscura
totalmente oscura para ti y para
tu amor  el único que todavía tenías
y que era el que tenía que ser
para lo que llaman toda la vida
pero solo encontramos eternidades de poco tiempo
eternidades que se mueren
eternidades que se distancian
tus pasos se alejan pero
escuchas puedes escuchar A dónde vas
todavía no he terminado
ven oye, todavía no he terminado…
sigue diciendo

Y tú sin poder pensar bien
intentando muy en el fondo entenderte
o entender esa noche sigues a paso
lento
y en tu cabeza como una oscura cueva
van saliendo palabras que dicen sin tu 
consentimiento, con el paso firme pero
todavía con los gestos inseguros, te va
diciendo
quizá como intentando cobrar fuerza
quizá en último intento de saber que
ya todo estaba perdido desde que el mundo se hizo mundo
y el hombre un animal sofisticado
dices
así solo en ese largo camino de ida
o de vuelta
dependiendo la mirada
y se lo dices
o te lo dices
te vas diciendo Yo
sí, yo sí he
terminado

Y sigues caminando



Y sigues caminando

moisés AZAÑA ortega

viernes, 13 de febrero de 2015

SIN CALZÓN


octubre 2013

Como sé que este blog es una persona muerta que camina de casa en casa sin que nadie se dé cuenta de su existencia, de vez en cuando me doy la gracia de colgar, sin rubor y aspavientos, lo que encuentro abandonado en mi vieja PC.

Lo que aquí se publica son hojas muertas que pasan de la privacidad de mi computador al vedetismo del internet. Lo hago solo por cierta nostalgia. Es algo así como un padre que tras ver a su feo hijo, defectuoso y moribundo, le entra las ganas de sacarlo a pasear para que conozca más de lo que no ha conocido. Darle así tal vez un poco más de vida. Sin embargo, puede que este buen intencionado paseo sea más perjudicial que provechoso. De todos modos, el padre se siente algo aliviado, convencido de que el hijo también; y lo que ha de suceder, se dice, tendría que suceder sacándolo o dejándolo adentro. Algo así, aunque no precisamente, es el sentimiento que me embarga tras colgar en el Sin Calzón cosas que escribo sin la menor ambición de publicarlo por este medio.

No hay, como han de suponerlo, una tribu de sincalzoneros, ninguna lista de seguidores. Sin embargo, ha habido varias personas que me han preguntado o me han dicho, no sé si reclamándome o más bien solo por llenar algún vacío, por qué ya no escribo en el Sin Calzón, porqué ya no escribo más. Y siempre les contesto que nunca escribo en el Sin Calzón ni para el Sin Calzón. Cuando escribo, escribo simplemente. Me concentro en lo que estoy escribiendo y no sé precisamente cuál será su destino. Lo he conversado con César, amigo que todavía, pese a todo, también a veces cuelga cosas en su blog. Y sabemos muy bien que si uno publicase en el blog todo lo que escribiese, se llenaría irresponsablemente. Uno, aunque deja de publicar en el blog, continúa escribiendo sea en la en casa o en la calle. La escritura, cuando se te adueña, ya es imposible dejarla. Te posee. No siempre es como una droga, pero una vez que te ha picado el bicho, ya no podemos renunciar.

moisés AZAÑA ortega


Posdata: Febrero 2015: Este, por ejemplo, es otro de los papeles que he encontrado en mi vieja pc y ahora, recién ahora, revisando y ordenando el montón de archivos he sabido de su existencia, y me he dicho: caray, por qué no lo colgué en el mismo momento en que lo escribí. Me lo he dicho porque este papel es el único que ha sido escrito pensando en el blog. ¡Y tampoco se publicó! Bueno, quizá hay más, debo seguir ordenando. 



sábado, 7 de febrero de 2015

CACACIONES


lunes 11 enero 2010


Mamá hace unos días que no está en casa, quizá hoy o mañana regrese. Entretanto continúo con la política austera en el desayuno, almuerzo y cena. Ayer desayuné soya y cuatro panes integrales (no por dieta sino porque era lo único que hallé a las diez de la mañana), mi almuerzo fue un arroz al secreto con harto atún, y la cena, algo barata y suave. Se entiende que son días en que mi economía está peor que la de Wilde al salir de la cárcel. Debo agradecer que por lo menos no paso días de hambre como pasan hoy tantas familias, aunque no sepa quiénes, y como pasó también Guevara (antes de ser el inmortal Che) y Granado cuando jóvenes se enrumbaron a recorrer Latinoamérica. 


           Me gustaría alguna vez aventurarme del mismo modo aunque con un recorrido menor. Conocer tantos lugares inimaginables y gente tan disímil, conocer asimismo el verdadero hambre, el verdadero frío, la verdadera desesperanza, el sudor en la cara, el desamor en los huesos. No sé si lo haga, quizá lo escribo porque asumo en el inconsciente que el viaje jamás se realice.

 Hablando de aventuras, hoy mi tío Hiliades que ha venido de Venezuela por vacaciones, contaba los periplos que realizó en la edad dorada al interior del país, y también a Ecuador, a Colombia hasta llegar a Venezuela enamorándose de esta tierra y de su actual esposa (quizá primero de su esposa y después de la tierra; no importa). No en vano vive allí ya treinta y dos años y tiene un acento venezolano tan marcado que fácilmente cualquiera podría creer que es un oriundo veneco (que yo sepa, tengo tres tíos residentes en el pueblo de Chávez, pero con el apellido de mamá). Mientras tío Elíades contaba las aventuras que conoció entre risas con mi hermano mayor, ambos coetáneos rememorando tres mil y un anécdotas, yo me sentía un idiota, un mongol que no pasa sus días, sino que los días pasan sobre él. Si algo se le criticó a Borges fue su falta de vida, pero él leía a montones, en cambio yo no leo a montones, apenas algunas páginas diarias, apenas esa curiosidad devaluada que la consumo en desorden y sin disciplina.

 Punto y aparte.

            En estos días no existe mi vida, solo un intento furioso por vivir. Me he estado volviendo un mediano escribiente de epístolas, mas no un logrado escritor de narrativa. Últimamente es poco lo que he hecho, algunas películas, algunas páginas, algunas salidas, algunas conversaciones, algunas angustias, algunas caminatas… Y creo que poner «algunas» no es justo, demarca un número anónimo incontable cuando en realidad cada uno de los momentos los tengo enumerados, acaso porque todavía son pocos los días en estas cacaciones o porque mis días transcurren monocordes y sin sorprendentes matices. Creo que hay una comunicación entre ambas alternativas, como si cada una haya puesto de su parte para convertir a mi vida de un solo color, un juego de acordes que se repiten hasta el cansancio: adiós polifonía, adiós vida polícroma.

            El último relato que escribí fue «Gloria», luego todos los temas que han pasado por mi cabeza me han parecido… En realidad no me han parecido, los he sentido fuera de tiempo, fuera de mi tiempo, es decir no me he sentido con la fuerza o el entusiasmo de escribirlos. He tenido paciencia y he dejado que los días hagan lo suyo, algo así como dice Voltaire: «El tiempo es justiciero y pone cada cosa en su lugar». Y llegó: visité a un amigo de secundaria el dos de enero, y entre tantas anécdotas que contamos, dos me llamaron la atención pero solo de una me sentía capaz de contarla. Quise escribirla la misma noche que llegué a casa, no recuerdo qué sucedió para dejarla para el siguiente. Fatídica decisión: jamás existió siguiente día. Anda perdida por la desidia, por la ausencia de disciplina y por un malestar secreto que se manifiesta solo internamente y no hay catarsis que la desentierre. Como ves, estos días han caminado más pa’ bajo’ que pa’ rriba’.

Seguiré escribiéndote si el tiempo, la vida, la vista y las ganas me lo permiten.


moisés AZAÑA ortega

miércoles, 28 de enero de 2015

Mi primera clase modelo

A mi amigo Toti

La primera vez que di mi clase modelo fue ya hace unos años. De lo más trágico. El colegio se llamaba César Vallejo y yo me decía —en clara evidencia de darme ánimo— que no podía haber mejor señal, ya hasta me imaginaba en unos años diciendo «Yo comencé en el colegio que lleva el nombre del mejor poeta peruano, nada más prometedor». Me probaron el director que era profesor de Educación Física y su esposa que era la subdirectora y que nunca supe de qué era licenciada o si lo era. La clase que tuve que preparar fue para niños de quinto y sexto de primaria, de Literatura, y yo, nada más raro, ¡preparé una de la Ilíada! Quería anexarla a la película Troya que pensé habían visto.

La hice horrible.

Yo imaginé encontrarme con niños en el aula, pero los únicos niños fueron el director con su esposa. ¡Y tenían unas caras! Con esas caras serias y al parecer intoxicadas lo único que provocaba era morirse allí mismo o huir corriendo, pero la promesa ya estaba hecha y no podía dar marcha atrás. En otras palabras, no podía más que morirme frente a ellos (espectáculo bochornoso y ni siquiera habían pagado su entrada). Pero no me morí, cogí los papelógrafos que había preparado el día anterior (horribles) y uno lo coloqué en la pizarra y otro en la pared. Mientras colocaba los papelógrafos y ponía el título de mi clase pensaba qué carajo hacía allí y cómo podía librarme de esas caras-diarrea que estaban al frente en unas sillas que parecían de inicial, pero que eran de primaria y a las que rezaba para que me hicieran el favor de romperse. También intentaba pensar en todo lo que había intentado prepararme para esta clase modelo mi amigo y profesor Toti (en realidad se llama: Aristóteles Sócrates Platón. En ese orden, para tristeza suya. Y digo tristeza porque todo el mundo lo vacilaba, pero esa es otra historia). Y nada, estaba tieso, era hombre muerto. Mirándolo desde acá, quizá un vasito de ron o de pisco hubiera podido aligerar un poco mi estado guillotinezco. Y entonces empecé, horrible, pero empecé y ni bien empecé ya quería que termine. Que de los géneros literarios explicaría la épica, que de la épica tomaría la obra de Homero, que de Homero la Ilíada, que la Ilíada tiene 24 cantos o rapsodas, que fue escrito en hexámetros, que el tema es la doble cólera de Aquiles (y me demoraba explicando esto), que Homero nunca lo escribió, que fue escrito siglos después, que etc., etc., etc. Y todo lo intentaba presentar o explicar de modo dinámico y quizá gracioso. Pero las momias seguían como si se tratase de un funeral y no de una clase, segurito tenían el culo estreñido. No —abajo autoestima— la culpa la tenía yo, pues la verdad ni yo mismo me creía todo lo que decía. Y es que con esas caras realmente nadie podría.


Después fui aprendiendo que todas las caras de los directores o de los que te evalúan tienen el mismo aire de culo estreñido. Y solo hay que ignorarlos, por más difícil que resulte. Pero esa, mi primera vez, todavía no la sabía y mientras explicaba me seguía diciendo qué demonios hago acá, debo irme, pero antes de irme debo acercarme y escupirles a ver si así reaccionan. Parecían tal para cual, hechos para la humillación o el aburrimiento. Me daba escalofríos de tan solo imaginarlos al enamorarse. Para mí que lo que le llamó la atención de ella fue su modo de bostezar y él se habrá enamorado la vez que la vio dormirse en una fiesta sin haber bailado siquiera una pieza. La pareja perfecta ¿o no? Al final me hicieron dos preguntas, la primera no me acuerdo y la segunda, la que no supe qué responder, fue ¿qué tarea preparó para dejarles? Hijos de puta, esa Toti no me la había enseñado. Ah, la primera fue: ¿qué haría si un alumno se pone malcriado? Fue respondido del mismo modo que Toti me enseñó y que luego pondría en práctica aunque muchas veces de modo infructuoso. Me fui con la clara certeza de que nunca enseñaría. El director me llevó en su mototaxi. El director tenía un mototaxi y no un auto, sucede que para llegar a su colegio había que ir o en burro o en mototaxi. Al despedirme me dijo la tan temida frase: le estaré llamando. Y bueno, quiero creer que se le perdió mi número.

diciembre 2013
Moisés AZAÑA Ortega

miércoles, 10 de diciembre de 2014

DOMUS


Al fin mi libro DOMUS que debió publicarse hace ya un tiempote. Pero para no desentonar con mi espíritu inconstante que posterga todo, sale recién por estos días. Pobre de él, no sabe en qué mundo se ha metido. 


Moisés AZAÑA Ortega