miércoles, 9 de abril de 2014

CIUDAD INMUNDA




-He nacido en esta ciudad del odio
en que el pan se arrastra por avenidas llenas de bullicios 
y de gentes
Hemos nacido en esta ciudad inmunda
en la que el amor se perdió sin aprender a cruzar la pista
y los semáforos ya no sirven para nada
(los semáforos son tus ojos y ya no respiran)
Y hemos empezado a llovernos todos
y ya nadie nos calma
y ya nadie nos colma
Hemos empezado a morirnos 
desde el mismo instante en que nos conocimos 
frente a un espejo 
y supimos
desde siempre
que ese rostro que nos atormentaba 
día y noche
era el nuestro 
el que llevamos hoy 
el que llevábamos esa vez en que nos quedamos solos 
para siempre
el que llevaremos el día que nos iremos de este instante
más solos y acompañados de lo que somos sentados frente a una pantalla
gigantes fracasos de nacer 
gigantes entusiasmos de morir
y el suicidio es una palabra rota que nos intoxica
aplastados de seguir vivos
muertos gigantes de morir ayer 
antes que el presente nos pise con su futuro
Estamos jodidos
arrastrados
perdidos
Es decir
estamos vivos
Qué cagada-


Moisés Azaña Ortega


domingo, 9 de marzo de 2014

Una vieja carta



No sé qué escribirte. La verdad —a veces ocurre—  no sé qué escribirte. La verdad es una palabra que usan los filósofos, los profes pesados y los padres a la hora de pedir explicaciones. Me he sentado y esto, digo, este hecho, es una verdad. Pero una verdad que ya no será verdad cuando tú leas estos renglones. O, bueno, será una verdad pasada. Una verdad con pasas e higos. Un cuadro pintado en una tarde de abril mientras no damos un beso. Un beso que dura hasta hoy y que durará hasta que Dios se canse de ser eterno. Cuando leas estos renglones estaré de pie o echado o, quién sabe, puede que volando, quizá con coca, pero mejor con anís. La verdad es que escribir en la cabina nunca es tan bello como escribir en casa. Digo, en mi cuarto. La verdad, escribir nunca es tan bello como escribirte. La verdad es que la pantalla caga los ojos. La verdad que también es lindo leerte. La verdad que también es lindo que te engrías engriéndome. Tienes ese privilegio eh. La verdad es que también es bello engreírme engriéndote. La verdad que tus ojos son los míos, los míos son tus ojos, los son tus míos ojos. Y así, así es como hemos llegado a decir que son tus ojos los míos, tus ojos son míos los, sabor a Colgate (nunca a Listerine), a caramelo agriazucarado, digamos, en una palabra, sabor a nosotros  y a lo que eso puede significar. Digamos, en otra palabra, sabor a mí en ti a ti en mí. Y a lo que eso puede significar. Habría además que agregar que a estas alturas del partido los no sé qué escribirte siempre se transforman en un decir que se dice en principio, en mitad o en fin de un partido que nunca acaba. Y no nos trabagüenleemos, trabagüenleador, que a buen trabagüenleador trabagüenleadora se le entrabagüenlea en el trabalenguas.


Contigo los no sé qué decirte es un silencio con mil palabras. Es un trabalenguas con ojos egipcios. Es un nosotros. Es yo escribiéndote escuchando Kanaku o cualquier grupo que me  guste a ti o que te guste a mí. Es un yo y es un tú abrazados con dos milímetros de respiración. Es tú escribiéndome a dos codos y a dos ojos. Es tú leyéndome. Es yo leyéndote. Somos algo así como infinitos que se pierden en momentos que son algo así como infinitos. Hay que señalar también, con el perdón del caso, que este internet es una mierda. Y discúlpame, no más malas palabras en este jardín. A propósito del jardín, te obsequio una flor, huélela, respírala. Esta flor que te he obsequiado tiene el color que te gusta. Tú, y tú lo sabes, eres mi flor en días de desierto. No sé cómo sonó, pero fácil es un Valdelomar en resaca. Intentemos de nuevo: Tú eres mi flor suicida... No, peor, esto ya es Bécquer creándose una cuenta de facebook, es decir, en su peor momento. Tú eres esa flor que pasa por ser flor en días en que hay todo menos flores. Es demasiado, y eso que no he tomado palabrol. Tú eres el pétalo que le falta a la flor para ser flor. Eso sonó muy lluvia. En fin, tú eres todo eso junto y mucho más.


Amor, mejor juguemos. A ver... juguemos a ver. Ves un árbol con patas de león. Ves un corazón con corazón de durazno. Ves una bicicleta y yo estoy allí manejando feliz de la vida, te recojo y nos vamos juntos a ese árbol con patas de león y yo te entrego mi corazón con corazón de durazno.


Juguemos, te escribo algo con la palabra magnolia, ¿te parece?


Había una vez una magnolia que esperaba todos los días del verano un pedazo de lluvia. Un invierno por la tarde, perdón, un viernes por la tarde ya cansada de esperar la lluvia la magnolia se estiró, cara soñolienta, bonita bonita, y logró salirse bonita de su tierra y viajó a otro lugar donde su bonitez no se pierda y el verano sea menos feo, digo, más bonito, y empezó a caminar y a caminar. El camino era camino y además era largo como todos los caminos que se caminan lento y la magnolia amaba caminar lento y con la cara arriba y con la cara abajo, dependiendo el sol y las sombras. Los caminos largos, para la magnolia, siempre le sonaban a algo feo, como a magnolia muerta o a verano sin lluvia. Caminó de todos modos muchos miles de kilómetros (más o menos lo que nosotros caminamos un sábado buscando lasagna) y sin ninguna muestra científica de sudor encontró que el sol estaba por todos lados. Era un sol metiche, la verdad, casi casi fosforescente. La magnolia, cansada y triste, decidió enterrarse, perdón, morirse. Y la pobre se murió. Pero como la muerte era algo fea, la magnolia decidió resucitar. Y fue así que resucitó y vivita y coleando gritó tenemos magnolia para rato.


La magnolia con el tiempo se dio cuenta que era alérgica a la tierra y a todo aquello que podría significar olvido. Sabía por sus lecturas nunca hechas que el polvo podía ser su símbolo preciso. Peor si tenía la tierra encima. Así que, aburridísima, salió de esa tierra mala y fea, y se fue, se largó en busca de un romance con la lluvia. No quería saber más de tierras ni de soles y siguió caminando. Y siguió caminando. A la magnolia el pie ya le pesaba e iba a tumbarse por debajo de algún ómnibus (bien trágica ella) hasta que encontró un depósito inmenso de agua. Nosotros, terrícolas con años de universidad, sabemos que hablamos del mar. La magnolia no lo sabía. Pero la magnolia quería lluvia y no mar. De todo modos fue corriendo y se mojó todita, empezó por su cara (o su carita), pero no contenta con eso, metió todos sus pétalos y su tallo y todo. Sabía que el invierno estaba cerca, algo había en el mar que le decía: la lluvia está cerca. Pero no era necesario que el mar se lo diga, la magnolia sabía que la lluvia estaba cerca. No tenía que morirse, la lluvia mojaría su cara para siempre. Salió a tirarse desnuda en la orilla, bien coqueta ella, y empezó a broncearse, no era justo, pensaba, haber caminado tanto para no encontrarse con la lluvia, entonces empezó: varias gotas caían en su cuerpecito, era como una respuesta de lo inexistente. Entonces la magnolia supo que la vida valía la pena ser morida. Y también vivida, por qué no. Y la magnolia sonrió como nosotros hemos sonreído en los días más feos y en los días más bonitos. Porque la magnolia sabe que estar con lluvia o sin lluvia, con sol o sin sol es lo de menos cuando tú y yo estamos juntos. Porque en realidad la vida es menos mierda si estamos juntos.


octubre 2013

moisés Azaña 


lunes, 10 de febrero de 2014

lunes otra vez

Es verdad que estás en una isla
pero no estás solo
(Joaquín Sabina)

Habría que empezar diciendo que yo nunca he escrito para el blog. Digo, nunca he escrito pensando que lo que escribo va a ser publicado en el Sin Calzón. Y no es que simplemente escriba como venga y lo que venga, aunque a veces sea así, simplemente. Pero esta vez, por primera vez en todos estos años de Sin Calzón, escribo directamente para y en el blog. Quiero decir, es la primera vez que escribo en esta hoja blanca del blog y no en la de Word. Y como nunca escribo para el Sin Calzón, sino que cuelgo cosas que encuentro perdidas en mi computadora o en mi máquina de escribir, por lo general lo que cuelgo aquí son cosas pasadas y en la parte inferior señalo el mes en que las compuse. En esta oportunidad lo que escribo será inmediatamente publicado. Y escribo porque no me queda de otra, porque si no escribo en este preciso momento muero literal y literariamente.

Digamos que por estos días los días no existen. Mejor dicho, mis días. Pero no nos pongamos patéticos tampoco. Siendo más francos y menos grises, hay que decir que estos han sido días distintos. Eso es, distintos y punto. Pero todos los días son distintos, pueden decir. Sin embargo, estos días son distintos de otro modo. Porque una cosa es hacer mil cosas sabiendo que está ella y otra muy distinta hacer las mismas mil cosas sabiendo que ya no está. ¿No sé si me entiendan, no sé si me deje entender? Esta vez escribo, como he dicho, directamente en la hoja blanca del blog, pero no escribo en mi cuarto, lo hago en el dormitorio de mi amigo, él ahora duerme. Anoche vine a visitarlo: «Qué milagro tan temprano», me dijo cuando me vio llegar, y ya eran más de las diez de la noche. Él, como todos los que me conocen, saben que soy un animal nocturno y que el día para mí muy bien puede empezar cuando ya ha terminado, quiero decir a la medianoche, a las cero horas. Es una mala herencia de la chica de los botones, pero no es momento para hablar de ella. Estos días tienen el sabor de mi Moka. Peor, el sinsabor de mi Moka. Llegué a eso de las diez y mi amigo conversaba y tomaba pisco con raspadilla con sus amigos en su cuadra. No tuve otra opción más que juntarme. Siempre que he venido y ha estado con su grupo, sea tomando o solo conversando, de inmediato se ha despedido y ambos hemos entrado a su casa para conversar de libros o para leer libros, aunque esto pueda sonar falso, pero ambos sabemos que es la cosa más cierta que hacemos cuando nos juntamos y que por eso juntarnos es una intelectual alegría. Anoche, sin embargo, me acoplé casi de modo inconsciente a su grupo. Él, claro, antes me preguntó y yo sin pensarlo le respondí que normal. Y es así que ya son las siete y media de la mañana y continúo sin dormir. Mi amigo se ha quedado seco, respectivo vómito; yo, milagrosamente, estoy de pie y sin ningún malestar. Se debe en parte a que el viernes tomé hasta perder el sentido y hoy no quise perderlo de nuevo. Pero venía a decir otra cosa.

Ya amaneció y debo regresar a casa, preparar el desayuno de mamá, intentar no dormir para nada, leer, estudiar el puto inglés, escribir y salir de casa hacia el colegio a desenseñarles a los chicos sobre todo lo que le han mentido en tantos años, así con ojos de trago y con el cabello largo. Pato, que así le dicen y a quien conocí hoy, decía que le gustaba tomar los domingos y no los sábados porque así podía pasarse todo el lunes durmiendo y evitarse todas las caras cojudas de este día sacrificado. Pero era un decir, esto era antes cuando la comida y la plata llegaban solas, digo, por sus viejos; ahora al amanecer tendrá que ver las mismas caras tontas ya que él si despierta, no le quedará más que correr a su chamba y ser otro más entre esas caras. Lunes otra vez, como la canción de Sui Generis, le dije a Belkyngs, y sería lindo que leyera esto, hoy más que nunca que necesito una isla de donde agarrarme, una brújula de donde sostenerme. Hoy más que nunca que he quedado sin isla y sin mí. Y perdón que siga lo patético, es el sueño, es el trago, es el lunes. Es ella que ha desaparecido y cual detergente poderoso no ha dejado ni rastro de mancha. Ni mancha de rostro. Pero en verdad soy yo quien ha muerto con tanto verano y con tanto frío en estos días que son más largos y más cortos cuando el sol se pone en mi ventana. Estos días que son más largos y más cortos cuando ella ha dejado de ser mi verano.

Azaña

sábado, 8 de febrero de 2014

mi vida sin ti



He tenido la intención de ir a tu casa.
He tenido la intención de llamarte.
He tenido una semana y un día sin ti.
He tenido todo y he tenido nada.
Disculpa que te escriba.
No sé si sea mejor escribirte,
no sé si sea mejor ir a tu casa.
Lo que sé es que quiero verte.
Lo que sé es que mi vida sin ti es es un eterno comercial
(fea metáfora)
Lo que sé es que...
ya no puedo
y ya no puedo —como Vallejo—
con tanto cajón
tanto minuto, tanto lejos y tanta sed de sed!
Ya no puedo, mi Moka,
ya no p...
(sí, esto último tampoco sonó tan bonito
pero qué le hacemos
la verdad no siempre tiene un aire primaveral)


Moisés 

domingo, 12 de enero de 2014

Podría esta llamarse «Una carta que abusa, brevemente, de los adverbios»


A mi Moka

Podría escribirte la hora y la película que he visto. Pero sería muy fácil. Podría escribirte lo que siento, pero sería caer, otra vez, y muy fácilmente, en eso que hemos dado por llamar patético. Aunque, pensándolo, y no bien, no estaría mal caer de vez en cuando en este pozo, sobre todo a esta hora y estando tú tan lejos, sin poder respirar de tu piel, sin poderte besar las manos. Contigo me puede costar mil mundo ser eso que hemos dado por llamar, pero igual podría hundirme tan fácilmente que hasta me da miedo. 

Podría decirte que he tomado mucho café y que en lugar de azúcar le he echado algarrobina y que no sabes lo bien que se siente. Podría decirte que no he preparado la clase para mañana. No sé hasta qué hora me quede despierto preparándola, los chicos ni lo imaginan: tal vez ellos también estén despiertos haciendo a última hora la tarea que les dejé. Son las dos de la mañana y podría decirte que en casa ya todos duermen y que esto que podría ser silencio, esto que podría ser, incluso, el intervalo entre un beso y el sonreír por cualquier cosa, se ha visto interrumpido por un gallo insomne, por unos aullidos de perros, de rato en rato una mosca que pasa, una puerta que se abre, otra que se cierra… 

Estos renglones que van engordándose y que no sé si alguna vez lo tendrán tus ojos, continúan aquí, solitarios, como esta habitación que aparte de mí no tiene otro homo sapiens. Soy su único extranjero, su único extraterrestre, su único animal. Cuando pueda dártelos —si lo hago— será quizá, con fortuna, tras besar tu frente. Y lo leerás después, tal vez por la noche echada en tu cama o sentada cerca de una pared que no conozco. O quizá al despertar o en el carro. Escucho Los Belkings. Perdona que corte bruscamente las oraciones. Escucho Los Belkings, deberías también escucharlos, no sabes de lo que te pierdes. Después de tiempo que los escucho. No sabes cuánto es este «después de tiempo». Ni yo lo sé. ¿Cómo en dos palabras podemos abarcar un tiempo sea mucho o poco? ¿Nuestros posibles veinte, cincuenta o cien años es nada ante la historia? Eso es tema antiguo. Y yo siento que esto que por ti me quema patéticamente también es tema antiguo. Que se renueva cada segundo. Fatalmente. Imperecederamente. Podría ser ático, latino o incaico. 

No lo sé. 

Solo sé que si Sócrates me preguntase acerca de algo que sé, ya tendría una respuesta. Y es mejor no seguir escribiendo, cuando voy por estos caminos excedo la glucosa y, ya sabes, debo cuidarte de la diabetes, del asma, de la tristeza. 

Respira hondo, dame la mano, crucemos juntos.

mayo 2013


MOISÉS AZAÑA ORTEGA

martes, 31 de diciembre de 2013

PRIMER DECÁLOGO DE UN JOVEN QUE QUIERE SER ESCRITOR


1    1. Primero, no decir que se quiere ser escritor. En lugar de decirlo, da muestras de ello: un relato, un ensayo, un poema… algo que hable por ti.

2    2. No decir que se está escribiendo como un loco cuando se está escribiendo como un loco. Sencillamente concentrarse en escribir como un loco. Al menos no decirlo hasta que la locura te haya adueñado por completo. Y cuando te haya adueñado por completo, no necesitarás decirlo. Señal de que te estás volviendo escritor es que en lugar de hablar sobre cosas que estás escribiendo o cosas que vas a escribir, muestras lo que has escrito y conversas sobre lo escrito.

3   3. Si no tienes tiempo, como yo, o si lo mal aprovechas, como yo, al menos date una hora diaria para escribir. No, una hora no, dos al menos. Y si puedes, más. Si no las aprovechas, olvídate de ser escritor.

4   4. No decepcionarse por los fracasos. Que estos te impulsen. Ten en cuenta que tienes un 99 % de posibilidades para fracasar, acaso el 100. Ten en cuenta que tus primeros trabajos no van a ser la gran obra anhelada. Es lo de menos, lo importante es que escribas, concéntrate en un proyecto y luego en otro y luego en otro. No ceses, respira escritura. Conforme escribas más (y leas más, necesario la lectura), te irás dando cuenta qué es lo que te falta para conseguir la gran obra. Ahora bien, que estés metido de lleno, tampoco disminuyen tu posibilidad de fracaso. Pero estoy seguro, algo me dice eso, de que si te metes de lleno en algún momento algo viene. Y si no viene, no te preocupes, acuérdate que lo importante es escribir: no serás el primer inmortal en morir sin ser reconocido.

5     5. Como somos jóvenes, tenemos que formarnos. Nuestras horas de estudio no podrán ser iguales al de la escritura. La lectura, en este momento de nuestra vida, será el doble, triple o cuádruple al de la escritura. Cuando sientas que en tu haber ya tienes además de los clásicos, a los no tan clásicos y a los buenos contemporáneos, ya podrás sentarte de igual a igual en horas de lectura y escritura. Y, después, tal vez, serás un escritor que vive de su oficio y podrás pasarte el día y la vida escribiendo. Pero no sueñes con eso, puede que nunca suceda, sueña únicamente con escribir. Dedícate únicamente a escribir.

6     6. No reniegues de la vida en estado inerte: sentado o contándoselo a alguien. Mejor escríbelo.

7    7.  Si vas a dedicar tu vida a escribir dítelo todos los días y toma conciencia de lo que te estás diciendo: vas a dedicar tu vida (tu única vida) a escribir. Toma conciencia; si no te pesa, vas por buen camino.

8    8.  Como vas a dedicar tu vida a escribir, este ha de ser el centro de toda tu vida, tu eje. Primero la escritura, segundo la escritura, luego quizá la enamorada, el trabajo, etc. Ah, pero antepón a tus seres queridos, sobre todo si están mal. Antes que a la escritura estarán ellos, sino vivirás arrepentido de por vida. Date un tiempo con ellos sin que este tiempo afecte a tu escritura, al contrario, que le dé nuevos aires. Después de tus seres queridos, sea papá, mamá, hermana o ya sepas tú, la escritura es lo primero lo segundo lo tercero, tu principio y tu fin. Tu única religión.

9    9. Piensa todo el tiempo en escribir. No hay otra forma de concretizar tus ideas que teniéndolas. Si no piensas en escribir (en lo que vas a escribir, en algún tema, cualquier tontería por más nimia que sea), nada escribirás. Pero no lo pienses todo el tiempo: el tiempo que has reservado para escribir, escribe.

1    10. Si tienes cursos en la universidad o trabajos pendientes o deberes por cumplir, cúmplelos primero, luego tendrás todo el tiempo para leer y escribir, tranquilo, sino vivirás angustiado y escribirás decálogos o cuentos o poemas o ensayos preocupadísimo, dañándote todo el organismo, causándote úlceras y algo dentro de ti te dirá a cada rato: «Caray, alístate, tienes que estar en tu clase a las tres de la tarde y ya son las tres y veintiuno y ni te has bañado». Y yo, digo, tú, concluirás: «Mierda, ¡otra vez llegaré tarde!».

octubre 2013

Moisés AZAÑA ORTEGA

* Este decálogo, han de sospecharlo, soy el que menos lo cumple. Espero, sin embargo, que al menos uno, tras leerlo, lo aproveche y después, si puede, me envíe algo de lo que ha escrito para darme el gusto de leerlo.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

UN VEINTICINCO DE DICIEMBRE



-Mi casa es un desastre sin tu risa-
«Avanti morocha»
Los caballeros de la quema

25 de diciembre
Sí, es navidad. Este año, como siempre, Papá Noel no me ha traído nada y Jesucristo, otra vez, no ha podido unir a los Azaña Ortega (mi familia es un desastre en negrita y con mayúscula). Ayer, antes de medianoche, salí a caminar un rato. No sé, quería ver, sentir esa navidad de la que tanto hablaban. Había luces de todos los colores, papanoeles escapando o subiendo por los balcones, un montón de señores y señoras con rostros fatigados, niños con todo el entusiasmo encima, adolescentes acicalados y cambiados como si se tratase de sus cumpleaños, algunas colas en las panaderías por recoger su lechón o su pavo al horno. Se respiraba la bienvenida de algo incierto. Como si el juicio final estuviese cerca o como si Dios iría a bajar a medianoche para dar un concierto de metal. Los restaurantes estaban llenos, las licorerías hacían su agosto, en las avenidas las combis y los taxis seguían trabajando. Pero la verdad, no pude ver mucho. Más intenté recordar alguna navidad memorable en casa. Y no pude. No sé si por el bullicio de la gente o de los niños adelantando sus silbadores, ratas blancas, calaveras… No sé, la cosa es que preferí cambiar de tema y volver a casa, tal vez podía ver de nuevo La vida de los otros y de casualidad acordarme de algo bueno. En realidad, quería ir a la playa. Y no regresar. Caminar y correr por encima del mar y seguir corriendo hasta llegar a una isla o a un país de dragones y bestias salvajes. En la isla, conmigo solo en ese mundo, echarme cansadísimo y dormir y seguir durmiendo hasta que el océano me trague. Pero en mi noche no hubo ni playa ni isla ni nadie quien me tragase.

Cuando llegaba a casa, los niños seguían correteando con sus pabilos encendidos y había puertas abiertas que dejaban ver enormes nacimientos y árboles adornados más grandes que sus salas. Mi casa, con el árbol de palta a la entrada, sin una luz navideña, sin el pavo al horno sobre la mesa, con mamá durmiendo, con los demás no sé dónde, mi casa, digo, con la familia por ningún lado, parecía una isla fantasma entre todo ese mar gigante de dragones navideños y bestias salvajes con vasos de cerveza en la mano. Entré a mi cuarto y allí estaba yo de nuevo entre todo este desorden que me sigue acompañando como un perro fiel. Tomé a Baudelaire y me senté como han de se sentarse los deportistas que tras una ardua carrera quedan segundo en la final de un campeonato. Repasé las líneas de Las flores del mal. Fue en vano. ¿Qué podía hacer? Quizá solo la playa de noche hubiese podido rescatarme. Quizá solo la voz de ella o la voz de papá. Quizá solo yo. Pero yo ya no estaba. Y había que hacer algo. Pero nada hacía. Prendí la computadora, intenté escribir, a la tercera línea ya no sabía qué apuntar. Puse La vida de los otros, se rayó. Encendí la radio, las mismas canciones de siempre; puse el disco del Tributo a Leusemia y con el tema «Instantes eternos», no sé por qué, pude volver, al menos, un poquito en mí. Más tarde, tras una llamada, salí a la casa de un amigo como había quedado, esperanzado de que con esa salida pudiese reencontrarme. Rescatarme. En su sala sentado en ese sillón guinda preferí haberme quedado seco en mi cama, me sentí como Jerska de La vida de los otros: un impostor entre toda esa gente. ¿Qué hacía yo allí intentando seguir conversaciones que no me interesaban, qué hacía yo allí compartiendo opiniones que ya había escuchado veinte mil veces, qué hacía yo allí intentando salir de mi embrollo si ya sabía desde que entré que allí no estaba la salida? ¿Por qué no me paraba y decía «Disculpen, me tengo que ir»?

Llegué a mi cuarto casi a las seis de la mañana y he despertado poco después del mediodía. Ya un poco mejor. Tomé mi guitarra que está en mi cabecera y empecé a tocar «Avanti morocha» de Los caballeros de la quema. El sol ahora entra por la ventana, tengo puesto una sandalia blanca, un pantalón beige, un polo marrón, siempre con mis pulseras coloridas en mis muñecas. No me he visto al espejo, de seguro tengo el rostro como si haya vuelto de una guerra. Y estos cabellos ya debo cortármelos. Salgo por el balcón y veo que las calles han quedado destrozadas, como si de verdad Dios anoche haya cantado algún tema de Iron maiden o de Black Sabbath. Por ahí uno que otro cuetecillo todavía persiste, el fantasma navideño se va disipando como una flor herida para dar paso al fantasma de fin de año. Ya todo está dicho, este año ha terminado, mal o bien, pero ha terminado, y las personas pasan con los rostros cansados como si viniesen de algún velorio. En mi cuarto he encendido el ordenador para revisar unos poemas de la Generación Beat y terminar un ensayo de Wittgenstein que dejé a mitad; de casualidad me he encontrado con el mail de L que me escribió allá por el lejano jueves de hace casi un mes y que en ninguno de esos días tuve tiempo de contestar. Y si lo tuve, me puse a hacer otras cosas. Ahora le quise contestar, y tampoco he podido. En lugar de responderle, me puse a escribir estos renglones. Al inicio quería contestarle y escribí lo de navidad solo como introducción, pero llegado ya al segundo párrafo supe que ya nunca le escribiría. Ahora, si me permiten, bajaré a la cocina a ver si encuentro algo para comer. Tengo hambre y sé que, al menos esta tarde navideña, ni Papá Noel ni Jesús ni todos estos renglones me darán ni un pedazo de pan. 

En fin, como dicen por estos días: Feliz Navidad.


MOISÉS AZAÑA ORTEGA

martes, 24 de diciembre de 2013

un deseo de nochebuena



-con ganas de ir a la playa, sentarme en la orilla y desde allí ver y escuchar los fuegos artificiles combinado con el murmullo del mar. No pensar en nada, solo sentir. Pasada ya los abrazos y la felicidad humana por el nacimiento de Papa Noel, volver a casa, caminando lento, quizá risueño, entre las luces psicodélicas y el humo sobrante de los cuetecillos. Entonces, sentarme en mi cuarto y ver una pela (de Chaplin, por ejemplo, o de Kubrick o Woody Allen o Ingmar Bergman), escribir algún párrafo, echarme a dormir y despertar en el dos mil catorce, después del temblor, renovado-
 
Moisés AzAñA Ortega

viernes, 20 de diciembre de 2013

NAVIDAD, LINDA NAVIDAD


A mis alumnos
que me exigieron que lo cuelgue en el Sin Calzón

Navidad hija de puta
me estresan tus cabellos escarlata
tus chocolates calientes
tus ilusiones de luces psicodélicas
tu olor a pavo muerto y a lechón gritando

Navidad, linda navidad
quién te invitó a mi fiesta
por qué haces una cruz con nosotros
te empeñas en prostituir a Jesucristo
y nos mandas a ese gordo grasón
que no hace más que llorar a los niños

Navidad hija de puta
reviéntate en ratas blancas
en cuetones
en bombas nucleares
por qué nos revuelcas en tu falso nacimiento
de animales de yeso
y jesuses mortalmente fetos
cánsate de envejecer para siempre
cánsate de sonreírnos
con tus dientes picados
me aburren tus panetones
tus pavos al horno
tus reuniones familiares
tus doce de la noche
tus ropas nuevas
tus abrazo de rutina
tus contaminaciones globales

Nadie más que tú
para renovar unas esperanzas que mueren al día siguiente
con una indigestión
una resaca
una mano quemada
portadas suicidas
portadas de incendios
de asesinatos
de robos
más niños hambrientos
más mujeres con velas

Navidad de mierda
existes para marcarnos la diferencia
nos haces sonreír
de tanto llorar de tristeza
a nadie alegras verdaderamente
a todo el mundo le estresas
tu vida es negocio
tu alma una cualquiera


diciembre 2012

Moisés AZAÑA Ortega


martes, 10 de diciembre de 2013

Sobre la impuntualidad


Ella no fue la primera que quiso terminar conmigo
Recuerdo la vez que Vivian también lo quiso
y solo por llegar tarde
todas las veces que nos vimos

Y esa vez que quiso terminar
 le dije que no volvería a llegar tarde
que intentaría ya nunca más llegar tarde
y como ya supondrán a la
siguiente volví a llegar tarde
Vivian solo se rio
e hizo como si no quedaba de otra
había que seguir con este buen hombre
ella sabía que yo hacía lo imposible
por estar allí a la hora

Todo el mundo que me conoce sabe
que yo intento por todos los medios
no llegar minutos después de lo acordado
pero hay algo en mi mecanismo
algo que no logro dominar
que hace que siempre
inevitablemente
llegue después
siempre siempre
siempre
y eso ya cansa
a mí me cansa
me hace renegar   me da cólera
y no sé cómo hacer para llegar temprano
al menos una vez en mi vida

A veces pienso
que cuando me muera
si alguien pregunta que cómo era
le responderán que era
un tardón del demonio
que si algo podía definirme era mi puntualidad a deshora

Recuerdo que cuando conocí a Niña Blue
había escrito en mi cuadernito verde
—un cuaderno que ya no uso y que coleccioné miles
con el afán de algún día pasarlos al ordenador
pero que ahora están tirados y empolvados en algún rincón de mi cuarto
esperando el momento que nunca llega—
el asunto es que en uno de esos
tantos cuadernos escribí algo acerca
de la impuntualidad y Niña Blue
sin que yo me diese cuenta lo
leyó y me dijo que ella era igual
una impuntual del demonio

después
cuando estuvimos
ella se dio cuenta que lo mío
ya era el colmo
pero ese escrito me salvó
varias veces
Tú me conociste así
le decía
y ella
Pero yo nunca pensé que era tanto
pensé que tardabas cinco a quince minutos
y no media hora o dos horas como ahora

decía que lo mío ya excedía todo límite
pero ella sabía que no lo hacía
por malo que
de corazón intentaba cambiar
por mí y por el mundo
que me rodeaba

Pero no todo el mundo entiende
que mis deshoras no son planificadas
que hago todo el esfuerzo por llegar temprano
si de verdad comprendiesen que
es a mí a quien más le molesta
tal vez así todo el mundo me amaría un poco más
o no me odiaría tanto
tal vez así
quizá así
pero hoy nuevamente llegaré tarde en mi encuentro con mi Moka y
solo por escribir estos malditos renglones

Sé que todo este tiempo antes de que llegue
estará odiándome y yo llegaré
sin ninguna excusa y con
toda la tristeza y la rabia adentro
queriendo morir allí mismo y
sin saber qué decirle

MOISÉS AZAÑA ORTEGA

domingo, 1 de diciembre de 2013

CAMINANTE



Hay veces en que dan
unas ganas de mandar todo
al diablo. Y todo es todo (nada
a medias). La universidad, la familia, los
amigos, el amor, la creación, la vida entera. Pero
no puedes. Sigues. Con tu rabia. Y no hay
nada que te saque de este infierno. Es
mejor dormir, pero no quieres ni dormir,
no quieres nada, solo mandar todo
al diablo. Todo es todo. Pero sigues. Y
tienes que seguir, así,
cobarde caminante. 

 Moisés AZAÑA