martes, 16 de marzo de 2010

Desertor de perseverancias

Un hombre sin perseverancia es un hombre que deja de caminar, un hombre inválido, sin voluntad y sin silla de ruedas. Un hombre sin perseverancia ni siquiera vive, se aplasta mucho antes de que anochezca y antes de que amanezca ya se le considera muerto. Puede pensar mucho y obrar mucho, pero sus pensamientos y sus acciones no condicionan una dirección ni un progreso, solo son referencias de que a pesar de la nulidad, está vivo. Un hombre sin perseverancia puede tener talento pero el talento también requiere constancia, estar allí, trabajar y solo descansar una vez cansado. Pues hay talentos que se construyen, talentos que se nacen, pero también talentos que se destruyen o mueren antes de haberlos encontrado. Y la perseverancia es base de toda construcción. Y yo, soy un hombre sin perseverancia.

Lo positivo es que soy consciente de este defecto. He empezado muchos asuntos y pocos los he concluido, estos pocos no me sirven de aliento ni me llenan de algún frívolo orgullo, por el contrario, siento que lo hecho es nada, y por tanto, en lugar de alentarme, a veces sufro desazones y desalientos tan profundos que me llevan, de la mano, al camino de la angustia. Apoyado en la angustia fácilmente puedo caer, y con dificultad puedo pararme. Sin embargo, siempre me pongo de pie, quizá es la fuerza de la juventud, esa energía que todavía nos acompaña en esta edad gloriosa, por eso —y otras cuestiones— le temo al tiempo, aunque es un temor rebelde, verdaderamente no es temor al tiempo, sino, sensaciones difusas símiles a la rabia o impotencia por lo que trae y lleva, la vejez por ejemplo, tal vez porque en la edad de las canas si me caigo, ya no pueda levantarme, y no habrá quien detenga mi avance hacia el mismísimo abismo.

He empezado muchos asuntos, dije hace un momento, por ejemplo un relato que según mis cálculos debía estar listo para un viernes de hace dos semanas. Empecé a escribirlo y lo dejé a medio camino. Hace unos días, ordenando mis archivos, lo encontré y decidí terminarlo, le di sus debidas correcciones, le eché ganas toda una tarde, ensimismado y alegre por reencontrarme con las palabras. Y nada, mi esfuerzo solo valió esa tarde, esas ganas murieron al amanecer siguiente convirtiéndose en pérdidas.

Quise trabajar y bastó que un empleo me negase sus puertas para ya no buscar otro. Muchos libros leídos hasta la mitad (defecto ya desecho). Amores inconclusos. Confesiones postergadas. Epístolas pendientes, epístolas incompletas y epístolas sin envío. Mi habitación con la misma cortina momentánea que coloqué hace un par de años. Decisiones interrumpidas por dudas reincidentes. La lista es larga, habrá un colofón por ahí que deseo no rescatar. Y ahora, para el colmo de las «in-perseverancias», dejo el texto que estás leyendo inventando un fin distinto al imaginado.

febrero 2010

AZAÑA ORTEGA

9 comentarios:

César Antonio dijo...

Chuma, cómo vas a acabar así el texto pues Moisés, estaba poniéndose interesante... jajaja. Nada, está bien.

Quisiera preguntarle a ese predicador que murió cuando empezó el milenio ¿Somos acaso mala tierra? ¡oh Sembrador!

Hombre Extraño dijo...

Sin embargo, todos los intentos fallidos no son más q la mejor expresión de nuestra necedad por seguir haciendo la vida a nuestra manera.

José Arroyo dijo...

Cuando te acabas el plato de comida es porque en verdad lo disfrutas.

Tu forma de escribir es cada vez más elegante. Bien por eso.

Saludos.

Gabriela Parra dijo...

Elegante?, solo podria decir que tiene estilo!.

Considero que uno termina las cosas de acuerdo a la emocion que siente en el momento. Es lo que impulsa, me ha ocurrido en varias ocasiones.

Me gusta la forma en que habla de sus defectos, solo alguien que no les teme puede hacerlo, biem por eso!.

Saludos señor Moisés AZAÑA ORTEGA.

мαyяoрolis dijo...

Solo es cuestión de valorar el porqué estamos aquí, nadie es perfecto y somos totalmente vulnerables a lo que tu comentas...pero ánimo ;)
Siempre es bueno analizarse uno mismo
Saluditos

Anónimo dijo...

tengo fe en que soy, y he sido menos Moises! despierta... necesitas una dosis de mi dosis
YO

SIN CALZÓN dijo...

De viaje. Me acaban de informar que las clases ya no empezarán mañana, sino el jueves 25. ¿El paseo se extenderá? Quizá.

Perdonen que por el momento no les conteste lo que han escrito, pero el presente me condena a disfrutarlo, lejos de Lima y su bullicio, y más cerca de mí.

Moisés AZAÑA ORTEGA

SIN CALZÓN dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
SIN CALZÓN dijo...

El tiempo me lleva de ventaja varias cuadras. Debo alcanzarlo, qué difícil. Apuradísimo.

César, sí, mal, muy mal acabarlo de esa manera. Hombre Extraño, la vida a nuestra manera: un poco utópico, tópico. José, no siempre, a veces la obligación de comer porque mamá me pone el cucharón en la cara, otras porque el estómago te pone sus ojos en los dientes. Gracias por el encomio aunque al siguiente Gabriela acaba con mi imperceptible sonrisa: «¿Elegante?, solo podría decir que tiene estilo». Gracias Parra por matar la chispita; en cuanto que uno acaba el texto con respecto a la emoción, no siempre, quizá te suceda a ti cuando escribes poemas, pero cada espacio tiene sus sensaciones disímiles. Y bacán que le agrade mi forma de hablar sobre mis defectos, aunque por ratos creo que le agrada que tenga muchos defectos, jaja. Mayropolis, sí, ánimo, ánimo. Yo, está usted muy vallejiana (quién no) señorita de mucha fe, por cierto, repites esa frase hasta el cansancio. Por el momento no quiero nada de dosis (de qué trata tu dosis, qué componentes lleva), salvo la mía. De todos modos, gracias por la sugerencia, lo tendré en cuenta.

Bueno muchachos, alégrense y peléense consigo mismos y con los demás por alguna causa justa, construyan el amor con buenos ladrillos. Hasta la próxima, es agradable contestar lo que escriben, una especie de plática lejana pero vibrante. Cuídense.

Moisés Job AZAÑA ORTEGA