sábado, 7 de septiembre de 2013

un día como el cielo de lima



Este día se ha hecho para sufrir.
Basta nomás mirar el cielo sucio de Lima,
la lenta garúa que nos hinca la cara;
transcurre todo de un modo distinto,
es como si algo haya acontecido
o como si estuvieran atentos a que algo ocurriese.

(Escrito en el Metropolitano 
con la izquierda
y, para colmo, parado 
antes de que Perú juegue
con todas nuestras ilusiones)

Moisés AZAÑA Ortega

viernes, 14 de junio de 2013

cómo




quiero que no sepas
que todo este tiempo pienso
terriblemente
en cómo evitar extrañarte

febrero 13

moisés azaña ortega

domingo, 9 de junio de 2013

días monocordes



Ya sabemos que las historias se repiten...

Enero 2010

En estos días no existe la (mi) vida, solo un intento furioso por vivir. Últimamente es poco lo que he hecho: algunas películas, algunas páginas, algunas caminatas, algunas conversaciones, algunas angustias... Pero escribir algunas no es justo, demarca un número incontable cuando en realidad cada uno de estos momentos los tengo bien enumerados. Será acaso porque todavía son pocos los días en estas cacaciones o será porque mis días trascurren monocordes y sin sorprendentes matices. Imagino que hay una comunicación entre ambas, como si cada una haya puesto de su parte para convertir a estos días en un solo color: un mismo juego de acordes que se repiten hasta el cansancio. ¿Adónde te has ido polifonía, adónde vida polícroma?

moisés azaña ortega

domingo, 26 de mayo de 2013

escapatoria



Escapémonos a París y luego a Venecia y luego a cualquier parte del mundo donde haya una rosa o un perro... Pero, eso sí, este viaje no podría ser completo si no vamos (si no nos escapamos), siquiera un rato, al Infierno. Es necesario conocer el Infierno para saber lo que es el Cielo.

enero 13

moisés azaña ortega

miércoles, 8 de mayo de 2013

A propósito de un poema de Benedetti



Cantamos porque Dios ya no canta
y hay que crear otros coros
otros dioses
otros caminos

ante todo
otros hombres

Cantamos porque aún tenemos palabra
y las olas que todavía no se oxidan continúan cantando
en los silencios
en los gritos

aunque nuestros labios naufragan
aunque nos atropellan los tiempos
aunque se agusanen los espejos

Cantamos
y seguiremos cantando
porque la lluvia que nos moja
continúa cayendo

y es hermoso mojarnos
pero lo es más sentir el canto que te coge de sorpresa
en una esquina
en un balcón
mientras te amarras los zapatos
o contemplas la luna que te sigue
la misma que miraste de niño
y que seguro no mirarás cuando
ya nadie te responda

antes de ser un abrazo roto
un beso olvidado en la maceta
un corazón en medio de la pista

Cantamos
porque quizá es lo último que nos queda

AZAÑA, Moizés

jueves, 25 de abril de 2013

Vacaciones al mercado



POR  ESTOS DÍAS de «vacaciones» ir al mercado se ha convertido en una tarea cotidiana. Intento levantarme lo más temprano posible para preparar el desayuno a mamá, tomarlo juntos e irme corriendo a hacer las compras. Aún no lo consigo. En un principio mamá renegaba que su desayuno esté tan tarde. Ha tenido que acostumbrarse (o va acostumbrándose-resignándose) a tomarlo a una hora en que ella ya tenía todas las compras hechas. De todos modos hago el esfuerzo de que el desayuno esté antes de las siete y el almuerzo a las doce o una. La realidad es que en lo que va de las vacaciones no ha habido siquiera un día que me haya levantado antes de las siete. Ni siquiera antes de las ocho. A partir de las nueve recién voy abriendo los ojos; y esto es. Le hecho la culpa al despertador de mi celular (a alguien hay que acusar). Mi celular ya es un celular en desuso. En honor a la verdad, mi celular estuvo muy de moda hace unos diez años. Más o menos. Hoy basta mostrarlo para que cause risa o alguien suelte alguna broma de esas que Pachacútec tenía uno más moderno. Lo cierto es que su alarma apenas me levanta.

Al inicio ir al mercado, como todo, resulta acogedor, hasta te entretienes. Pasar por el parque por el que has camino de niño, sobre todo si vas después de tiempo, ojear rápidamente las portadas de los periódicos (las mismas noticias todos los días), alzar la vista y encontrarte con un sol esplendorosamente jodido… tiene su magia. Eso no es todo. Escoger las mejores papas y cebollas, por ejemplo, es una tarea que aún considero agradable. Introducir los dedos en los sacos de lentejitas, misma Amélie, sin que la dueña vea, es otro placer único. Comprar el ají especial, el Ají no moto, los preparados, etc. en el mismo puesto, también tiene su gracia. Sobre todo si no sabes el nombre de quien te atiende, pero sí el color de sus ojos. Hasta algunas canciones, repetitivas y coloridas, que venden en puestos llenos de posters de moda, se van tornando accesibles. Incluso a estas alturas me sé algunos. También ya sé el precio de los tomates y de las zanahorias; sé pedir pollo descargado, sé algunos nombres de pescados, sé cuándo son caras las espinacas o el brócoli. Ya no tengo que preguntarle a mamá cuando me dice sorprendida que tal alimento está a tal precio. Queriendo o sin querer, vas aprendiendo cositas.

Pero ir al mercado no inicia yendo al mercado, inicia mucho antes. Tienes que buscar una hoja cualquiera y anotar todo lo que has de traer. Los primeros días buscas una hoja bonita y preferentemente cuadriculada. Después cualquier hoja de periódico puede servir. Y sales con la bolsa de algún supermercado (prohibido las otras bolsas). Con los días este ejercicio va resultando desgastante y enojoso. Nuestro principal enemigo: el sol. Es preferible lavar las vajillas que ir al mercado. Es preferible limpiar la cocina que ir al mercado. Es preferible, es más, leer a Coelho que ir al mercado. Aunque, nunca tanto. Está bien, hay veces que sí es preferible ir al mercado.

Hubiese querido continuar escribiendo sobre los martirios en el mercado, pero en este momento, supondrán bien, debo hacer la lista para correr a traer las compras.


enero 13

MOISÉS AZAÑA ORTEGA

miércoles, 6 de febrero de 2013

Esta es una noche de bodas. 
La luna y yo nos casamos. 

abril 12

AZAÑA ORTEGA
Sácame a bailar antes de que la vida me saque de su fiesta. 

octubre 11

AZAÑA ORTEGA


Hemos dejado escapar una ola
sin darnos cuenta que se nos viene el océano entero
Y hay que aprender a vivir
sea en la orilla
o en el fondo del mar.

agosto 11

AZAÑA ORTEGA
Ahora desvístete.
Estas flores serán tu ropa.

Azaña Ortega
Alguien tiene que llevar la luz. 
No seré yo.

enero 2010

Azaña Ortega

martes, 15 de enero de 2013

Diciembre es el mes más infeliz del año. 

No me gusta diciembre. Me pone triste. Sus luces psicodélicas, sus infinitas propagandas de regalos, su estrés colectivo. Siento que hay más carros en las calles y más niños en otra agenda; siento que todo se vuelve más pasajero y más desechable que nunca. Son los días en que faltan páginas para los muertos y ya no hay espacio para más Papanoeles gastando lo que no han gastado en todo el año.

No entiendo cómo todo el mundo se prepara solo para una noche. Y allí se le van los sueños, los recursos y la vida entera. Y algunas veces, sin embargo, esta noche especial, se vuelve la noche más fea o la más desolada de nuestra vida. Y todo se vuelve verde y rojo y las ventanas se llenan de luces intermitentes y hay papanoeles trepados en los balcones y trinos y venados en los jardines y todas las casas quieren ser las más bonitas mientras la bulla y la tensión continúa por dentro. Diciembre da dolor de corazón. Y después del veinticinco, dolor de estómago.

No me gusta diciembre. Para nada. La melancolía en estos días es de carácter panetonezco. Me pongo más sensible. Recuerdo las navidades pasadas, recuerdo mi infancia, recuerdo mis juguetes y la tarde que aprovecharon mi ausencia y mis trece años para desaparecerlos de mi vida (cuando pregunto, se hacen los locos).

No me gusta diciembre porque por alguna extraña razón que prefiero no averiguar mi corazón se vuelve más débil de lo que ya es y puede quebrarse con solo ver a mamá tomando una taza de chocolate. No me gusta diciembre porque siento, una vez más —como todo el mundo—, que el tiempo nos abandona cada vez más rápido y no hago (o no hacemos) nada para revertirlo. No me gusta diciembre porque todo se abre, se cierra o se pierde. Para siempre. Dejamos atrás algo y miramos adelante lo que más tarde volveremos a dejar atrás. No me gusta diciembre, me da náuseas y ganas de llorar. Me recuerda a la chica de los botones, a Niña Blue, a Luna, a madame Irene. De todos modos, el veinticinco, saldré a reventar cuetecillos y prender chispitas mariposas con la pequeña Amalia. Para ella, diciembre, hasta el momento, es uno de los meses más felices del año. Yo le sigo la corriente y juego con ella hasta que todo el mundo cierre sus puertas.



MOISÉS AZAÑA ORTEGA