domingo, 22 de marzo de 2015

Contingencias a partir del «Tractatus lógico - philosophicus» (2.012)


prescriptum:
Estos días de marzo han sido y son realmente infelices. Quizá este término no sea exacto, pero debo aventurarme por uno; tal vez decir «tristes» o «deprimidos» sería mejor. Mamá, mi hermosa y amada mamá Enriquetta, hace unas semanas se puso mal y mi endeble tranquilidad ha caído. He venido por un segundo a este blog solo a dejar este texto de octubre de 2014.

Punto 2.012
2.0121. Que una semilla tenga como propiedad concluir en flor no niega el carácter de su posible mitad de camino. Quiero darme a entender como el posible incendio que requiera la semilla, como la innecesaria soledad del hombre que ha decidido partir y no se ha despedido, quiero darme a entender como cierta potencia que se niega a concluir en algún fruto de contemplación y entonces sus posibles ecuaciones se pierdan antes de llegar a esa romántica meta.
2.0122. Que la contingencia de su camino dependa únicamente de ella, no quiere decir que ha de andar sola: requiere del camino, requiere de su meta, requiere del horizonte, así sea el de perderse. Es la contingencia que habla y camina. La contingencia que elige adónde ir, pero que nadie le ha dicho que esta independencia es el pretexto necesario para su ruina.
Al comprarse el cuento del camino, al comprarse el cuento de la independencia, clava a sí misma su condición de llorante (se clava a sí —conste que está separado— su devastación).
2.0123, 2.01231. Porque del hecho que nuestra semilla pueda ser flor y que otra semilla también pueda serla, no podemos concluir, precipitada y con los todos los gritos en la boca, que ambas semillas son iguales. Cada semilla contiene su propia peculiaridad, quiero decir, en cada semilla encontramos su propia felicidad y su propio cataclismo. La real desolación no es cosa de grupos.
Por más que la felicidad y la ruina puedan ser una sola palabra para tantas hermosas devastaciones, cada una de esas categorías se cumplen diferentemente en cada existencia. Cada camino —ya lo he dicho— es otro camino: cada camino requiere de un solo caminante. No hay camino igual a otro, eso muy bien lo reconocemos, ni el de los gemelos que nacen juntos y mueren en horas y rutas distintas.
Dentro de los contingentes que se acoplan a otros contingentes para que las muertes no les ocasionen muertes tan violentas y rápidas, se encuentran —hemos visto— especie de categorías que condicionan o permiten dirigir su paso y su palabra. Estos contingentes se acoplan a otros contingentes —hay que decirlo— para que la muerte no les tome tan solos. La muerte no es una contingencia, lo sabemos, por eso la muerte del amor es una necesidad, casi una obligación. 
            Después no me digan que no les avisé.

viernes, 13 de marzo de 2015


¿Quién soy en esta tarde gris de verano?
¿Una mano que escribe?
¿un corazón que siente?
¿una cárcel que no puede volar?

¿Quién soy?

Y tú
¿quién eres?







domingo, 8 de marzo de 2015

Contingencias a partir del Tractatus lógico- philosophicus (2.011)


octubre 2014

2.011
Lo contingente son las cosas que pueden unirse. La unión es básicamente una contingencia, no es una obligación ni una necesidad. Las combinaciones resultan a partir de la inercia, la soledad o— en el arbitrio de las personas— de la decadencia de sus días. Hay uniones que son malas combinaciones, no cuadran, desde el primer momento en que los ves sabes que hay algo mal o algo que nunca pudo (nunca debió) ser de ese modo. Pero puede que nuestros ojos también se equivoquen tan acostumbrados a tener combinaciones exactas, inalterables: que tal color con tal color, que tal pantalón con tal desterrado, que tal estereotipo con tal planeta, que el etcétera es para el final y nunca para el inicio. En fin, todo ser existente o no, puede entablar un diálogo innecesario con otro, todo ente que se mueva, que necesite de otro para ser movido, puede tener los días contados en su contingencia y prevalecer, en algún momento, su rasgo necesario y pasar los días sucesivos en inalterable emoción de los cuadros terminados. Nada más, el punto exacto, nada que agregar, nada que quitar. La combinación culminó y no hay separación como posibilidad.


                La contingencia, entonces, puede tratar según estos términos de las posibles combinaciones y separaciones que inalterables y alterables pueden tener. He aquí un primer llamado. ¿Si la definición del inalterable es que no puede ser alterado, cómo entonces puede ser alterado? Cada día hay eternos que se mueren. Una eternidad tras otra transcurre como bicicletas en un abismo que nunca termina. Los necesarios, los vidrios rotos, los enojos, los gestos inevitables también manejan bicicleta y en muchas ocasiones equivocan el camino y pierden el paso. Para no hacer más extenso este camino, habría que decirlo en palabras de Wittgenstein: «Es esencial a las cosas el que puedan ser parte constituyente de un estado de cosas». Es decir, «si hay objetos —explica un traductor— uno de sus rasgos esenciales tiene que ser el que puedan ser parte constituyente de un estado de cosas». ¿Entendieron? No se preocupen, Wittgenstein tampoco.

moisés AZAÑA ortega

miércoles, 4 de marzo de 2015

DOS DE MIS SEIS HERMANAS


agosto 2014

A veces mis hermanas se pelean. Si eso sucede, pueden pasar días o tal vez semanas sin que se crucen ni una sola palabra. Pero llega un día, de repente, que cuando vuelvo a casa las veo de lo más chochas conversando. ¿Qué ha pasado, cómo se reconciliaron, qué se dijeron? Ni idea, pero es algo que pasa siempre. Se llevan bien, se pelean, discuten, rajan entre ellas, pero siempre, por una u otra razón, se amistan y vuelven a reírse de las mismas cosas, cocinan juntas, chismosean juntas, etc. Como ahora. Ninguna es mejor que otra, aunque muchos pueden pensar que L. Yo no lo creo, solo que son distintas. L. es más solidaria y sencilla, E. también es solidaria, solo que es un poco soberbia. Estoy siendo injusto con ellas. Lo mejor sería no ponerles ningún adjetivo y seguir contando que en esta mañana de agosto, con este frío de invierno, ellas conversan en el lavadero del primer piso, cerca a mi cuarto del segundo, y es como si recién se hayan conocido o como si fuesen dos grandes amigas que se han encontrado después de mucho tiempo.





miércoles, 25 de febrero de 2015

NOCHE SIN TI


martes 26 noviembre 2013


Me he quedado en casa y no he podido darte ni un beso ni el caramelo que te compré.

Me he quedado en casa y me he quedado con este abrazo en el aire y con todas las ganas de ti aquí adentro.

Me he quedado en casa y lo único que extraño del mundo es verte y besarte (lo más hermoso de lo trillado es que puedo besarte).

Me he quedado en casa y lo único que extraño de la existencia son tus cachetes y tu cabello desgreñado.

Me he quedado en casa y esta casa ha empezado a ser un calabozo dentro del océano Pacífico.

Me he quedado en casa y me he percatado de cuánta falta me hace tu amarilla mirada.

Me he quedado en casa y sé que esta noche tus dientes llenos de caries no me sonreirán.

Me he quedado en casa y es mejor no seguir porque esta noche será más larga de lo que esperó Prometeo para que pueda salvarse.

Tomo el caramelo y empiezo a chuparlo.  

lunes, 23 de febrero de 2015

Un párrafo de otro de mis días


23 de febrero 2015
Ya no debe parecerme raro contemplar mis páginas de cartas o del diario y saberme un repetidor de mis días, pero como casi no los reviso, suelo todavía sorprenderme. Ahora que por estas fechas veraniegas he estado ordenando mis papeles he encontrado este texto que escribí para mandárselo a quien entonces era madame Irene y que, para variar, nunca se lo envié. Me ha parecido triste que quede en la oscuridad con mis otros archivos, así que he decidido pasarlo de la oscuridad de mi cuarto a esta otra en la que quizá su muerte será inminente, pero será, con suerte, en compañía de otros ojos y ya no solo de los míos. Ahí va:


10 de febrero 2013
Estos últimos días he estado viendo una película diaria. He leído poco, he escrito no lo que he querido, pero he escrito (hoy, por ejemplo, concluí un relato; ya era hora), he ayudado en casa (a una de mis hermanas, a Ev, la han operado y por estos días vive con nosotros), he buscado trabajo (quizá resulte una hipérbole, pues apenas he ido a dos lugares; en uno hay más esperanza que en otro —tal vez lo mejor sería decir posibilidad—, pero al parecer en ninguno entraré). Tener Internet me facilitaría ver más películas. Esta semana he incentivado los trueques de pelas.

Y bueno, hemos empezado: al amigo con que quedé le pasé tres (La vida de los otros de Florian Henckel von Donnersmarck, La sociedad de los poetas muertos de Peter Weir y Tinta roja de Francisco Lombardi) y él me ha pasado dos (El lobo estepario del director Fred Haines, basada, claro, en la novela; y Trono de sangre de Akira Kurosawa; de él solo he visto Rashomon, basado en un cuento de Akutagawa). A otro amigo he prestado uno de Amenábar (Ágora) y en esta semana dejará una en La Rampa (creo que de Tarantino o de Clint Eastwood). A otra amiga he prestado Luna de Avellaneda de Campanella (director que ganó a la Teta asustada en el Óscar), y también me dará la suya por estos días. Espero.

Los trueques por el momento no han sido del todo favorables, pero se ha debido más por una cuestión de tiempo y también por no haber quedado o avisado a todo el mundo. Quiero decir, solo había quedado con uno; a los demás les he prestado porque llevaba pelas en el morral y, bueno, hay que expandir el buen cine. He conversado con cuatro personas más y hemos quedado. Ver películas por estos días se ha convertido en algo así como mi oxígeno. Mejor: mi droga. Conversando la semana pasada con otro amigo me dijo que debo vivir más y dejar los libros y las películas. Falta más praxis. En parte le di la razón. Lo dijo porque en la plática las citas que yo hacía eran o de películas o de libros, casi nada de mi vida. Me contó que en su trabajo la gente no cita libros o películas, citan su propia vida. Y, sin querer o queriendo, ayer fue un día de algo así como película. Por decirlo de alguna manera.

Por la mañana la reunión con el grupo de estudios me dejó una idea para un futuro ensayo. Esto, en realidad, no es nada novedoso. Ideas se me vienen siempre, la cuestión es redactarlas. Por la tarde en el Museo de Historia Natural de San Marcos me encontré un paraguas floreado. Caminé con él por Arenales hasta llegar al C. C. España. Ya imaginarás los gestos y miradas de los transeúntes. Me sentí un poco Maga, un poco Oliveira, pero no sabía dónde debía dejar al paraguas para que reinicie su ciclo. Caminé y caminé. 

Comprendí que la cuestión es caminar.

Comprendí que el truco es caminar.

En el C. C. España un libro de fotos me sugirió un proyectito que he empezado. ¿Te lo cuento, no te lo cuento? A las seis y media fui a entrevistar a travestis y mujeres que trabajan de noche "alquilando" su cuerpo (es colaboración a una amiga para su trabajo de lingüística). Ah, el paraguas lo dejé en el carro, antes me mandé unas palabras al cronopio para que lo tuvieran en sus manos. ¿Quién se lo habrá encontrado? ¿Reiniciarán su vida para que no caiga en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda?

Esto de entrevistar a… Todavía me cuesta decir prostitutas. Mi amiga lo utilizaba como quien dice mamá o deme un sol de pan (ya me tomaré el tiempo para contarte con detalles al respecto: Wilde nos recuerda que lo único importante son los detalles). Más tarde, sin querer, me encontré con una amiga filósofa y esta me llevó con un grupo de amigas feministas a un pub-discoteca-karaoke (no sé qué demonios era) y, bueno, nos amanecimos. En algún momento les comenté que hacía un tiempo habia conocido a algunas feministas que parecían más machistas que ciertos varones. Como te imaginarás, me quisieron apanar. «Te espero a la salida», bromearon. Tomé el micrófono y canté en el estrado «Flaca» de Calamaro y «Entre dos tierras» de Héroes del silencio, alucina. Ah, claro, les envié saludos a mis amigas feministas. Agregué: «…y un saludo para quienes están enamorados. Es preferible sufrir por amor, porque vivir sin amor es un desperdicio». Se hizo una algarabía total, me aplaudieron cual rock star. En casa dormí hasta las diez y media. Desayuné casi al mediodía.

Hoy, domingo de carnavales limeños, me he quedado en casa. Salí solo para comprar comida. He lavado ropa de mamá y mía (bueno, la lavadora, pero igual hay que encenderla, echar la ropa, el detergente, programarla, sacar la ropa, tender… Toma tiempo, no te creas). Luego he escrito y he acabado el cuento. Lo dejaré reposar un tiempo y volveré a él para las necesarias correcciones. Mañana no sé qué me espere (nadie lo sabe). Yo quisiera, primero, levantarme tempranísimo. En un rato veré, no sé, creo que Trono de sangre inspirado en Macbeth de Shakespeare. ¿O mejor El lobo estepario? Ya vi el inicio de ambos. El lobo estepario lo leí recién el año pasado. Grande Heese. Además de ver película, tengo ganas de componer con mi eléctrica y leer. Hay varios libros que me esperan. Pero también tengo ciertas ganas de conversar. Tal vez vaya a casa de amigo antropólogo, tal vez a casa de amiga psicóloga. Lo más probable es que me quede en casa dormido.


P.D.: ¿Hacemos trueques?

moisés AZAÑA ortega

viernes, 13 de febrero de 2015

SIN CALZÓN


octubre 2013

Como sé que este blog es una persona muerta que camina de casa en casa sin que nadie se dé cuenta de su existencia, de vez en cuando me doy la gracia de colgar, sin rubor y aspavientos, lo que encuentro abandonado en mi vieja PC.

Lo que aquí se publica son hojas muertas que pasan de la privacidad de mi computador al vedetismo del Internet. Lo hago solo por cierta nostalgia. Es algo así como un padre que tras ver a su feo hijo, defectuoso y esmirriado, le entra las ganas de sacarlo a pasear para que conozca más de lo que no ha conocido. Darle así tal vez un poco más de vida. Sin embargo, puede que este buen intencionado paseo sea más perjudicial que provechoso. De todos modos, el padre se siente algo aliviado, convencido de que el hijo también; y lo que ha de suceder, se dice, tendría que suceder sacándolo o dejándolo adentro. Algo así, aunque no precisamente, es el sentimiento que me embarga tras colgar en el Sin Calzón cosas que escribo sin la menor ambición de publicarlo por este medio.

No hay, como han de suponerlo, una tribu de sincalzoneros, ninguna lista de seguidores. Sin embargo, ha habido varias personas que me han preguntado o me han dicho, no sé si reclamándome o más bien solo por llenar algún vacío, por qué ya no escribo en el Sin Calzón, por qué ya no escribo más. Y siempre les contesto que nunca escribo en el Sin Calzón ni para el Sin Calzón. Cuando escribo, escribo simplemente. Me concentro en lo que estoy escribiendo y no sé precisamente cuál será su destino. Lo he conversado con César, amigo que todavía, pese a todo, también a veces cuelga cosas en su blog. Y sabemos muy bien que si uno publicase en el blog todo lo que escribiese, se llenaría irresponsablemente. Uno, aunque deja de publicar en el blog, continúa escribiendo sea en la en casa o en la calle. La escritura, cuando se te adueña, ya es imposible dejarla. Te posee. No siempre es como una droga, pero una vez que te ha picado el bicho, ya no podemos renunciar.

moisés AZAÑA ortega


Posdata: Febrero 2015: Este, por ejemplo, es otro de los papeles que he encontrado en mi vieja pc y ahora, recién ahora, revisando y ordenando el montón de archivos he sabido de su existencia, y me he dicho: caray, por qué no lo colgué en el mismo momento en que lo escribí. Me lo he dicho porque este papel es el único que ha sido escrito pensando en el blog. ¡Y tampoco se publicó! Bueno, quizá hay más, debo seguir ordenando. 



sábado, 7 de febrero de 2015

CACACIONES


lunes 11 enero 2010


Mamá hace unos días que no está en casa, quizá hoy o mañana regrese. Entretanto continúo con la política austera en el desayuno, almuerzo y cena. Ayer desayuné soya y cuatro panes integrales (no por dieta sino porque era lo único que hallé a las diez de la mañana), mi almuerzo fue un arroz al secreto con harto atún, y la cena, algo barata y suave. Se entiende que son días en que mi economía está peor que la de Wilde al salir de la cárcel. Debo agradecer que por lo menos no paso días de hambre como pasan hoy tantas familias, aunque no sepa quiénes, y como pasó también Guevara (antes de ser el inmortal Che) y Granado cuando jóvenes se enrumbaron a recorrer Latinoamérica. 


           Me gustaría alguna vez aventurarme del mismo modo aunque con un recorrido menor. Conocer tantos lugares inimaginables y gente tan disímil, conocer asimismo el verdadero hambre, el verdadero frío, la verdadera desesperanza, el sudor en la cara, el desamor en los huesos. No sé si lo haga, quizá lo escribo porque asumo en el inconsciente que el viaje jamás se realice.

 Hablando de aventuras, hoy mi tío Hiliades que ha venido de Venezuela por vacaciones, contaba los periplos que realizó en la edad dorada al interior del país, y también a Ecuador, a Colombia hasta llegar a Venezuela enamorándose de esta tierra y de su actual esposa (quizá primero de su esposa y después de la tierra; no importa). No en vano vive allí ya treinta y dos años y tiene un acento venezolano tan marcado que fácilmente cualquiera podría creer que es un oriundo veneco (que yo sepa, tengo tres tíos residentes en el pueblo de Chávez, pero con el apellido de mamá). Mientras tío Elíades (¿o Hilíades?) contaba las aventuras que conoció entre risas con mi hermano mayor, ambos coetáneos rememorando tres mil y un anécdotas, yo me sentía un idiota, un mongol que no pasa sus días, sino que los días pasan sobre él. Si algo se le criticó a Borges fue su falta de vida, pero él leía a montones, en cambio yo no leo a montones, apenas algunas páginas diarias, apenas esa curiosidad devaluada que la consumo en desorden y sin disciplina.

 Punto y aparte.

            En estos días no existe mi vida, solo un intento furioso por vivir. Me he estado volviendo un mediano escribiente de epístolas, mas no un logrado escritor de narrativa. Últimamente es poco lo que he hecho, algunas películas, algunas páginas, algunas salidas, algunas conversaciones, algunas angustias, algunas caminatas… Y creo que poner «algunas» no es justo, demarca un número anónimo incontable cuando en realidad cada uno de los momentos los tengo enumerados, acaso porque todavía son pocos los días en estas cacaciones o porque mis días transcurren monocordes y sin sorprendentes matices. Creo que hay una comunicación entre ambas alternativas, como si cada una haya puesto de su parte para convertir a mi vida de un solo color, un juego de acordes que se repiten hasta el cansancio: adiós polifonía, adiós vida polícroma.

            El último relato que escribí fue «Gloria», luego todos los temas que han pasado por mi cabeza me han parecido… En realidad no me han parecido, los he sentido fuera de tiempo, fuera de mi tiempo, es decir no me he sentido con la fuerza o el entusiasmo de escribirlos. He tenido paciencia y he dejado que los días hagan lo suyo, algo así como dice Voltaire: «El tiempo es justiciero y pone cada cosa en su lugar». Y llegó: visité a un amigo de secundaria el dos de enero, y entre tantas anécdotas que contamos, dos me llamaron la atención pero solo de una me sentía capaz de contarla. Quise escribirla la misma noche que llegué a casa, no recuerdo qué sucedió para dejarla para el siguiente. Fatídica decisión: jamás existió siguiente día. Anda perdida por la desidia, por la ausencia de disciplina y por un malestar secreto que se manifiesta solo internamente y no hay catarsis que la desentierre. Como ves, estos días han caminado más pa’ bajo’ que pa’ rriba’.

Seguiré escribiéndote si el tiempo, la vida, la vista y las ganas me lo permiten.


moisés AZAÑA ortega

miércoles, 28 de enero de 2015

Mi primera clase modelo

A mi amigo Toti

La primera vez que di mi clase modelo fue ya hace unos años. De lo más trágico. El colegio se llamaba César Vallejo y yo me decía —en clara evidencia de darme ánimo— que no podía haber mejor señal, ya hasta me imaginaba en unos años diciendo «Yo comencé en el colegio que lleva el nombre del mejor poeta universal, nada más prometedor». Me probaron el director que era profesor de Educación Física y su esposa que era la subdirectora y que nunca supe de qué era licenciada o si lo era. La clase de Literatura que tuve que preparar fue para niños de quinto y sexto de primaria, y yo, nada más raro, ¡preparé una de la Ilíada! Quería anexarla a la película Troya que pensé que habían visto.

La hice horrible.

Yo imaginé encontrarme con niños en el aula, pero los únicos niños fueron el director con su esposa. ¡Y tenían unas caras! Con esas caras serias y al parecer intoxicadas lo único que provocaba era morirse allí mismo o huir corriendo, pero la promesa ya estaba hecha y no podía dar marcha atrás. En otras palabras, no podía más que morirme frente a ellos (espectáculo bochornoso y ni siquiera habían pagado su entrada). Pero no me morí, cogí los papelógrafos que había preparado el día anterior (horribles) y uno lo coloqué en la pizarra y otro en la pared. Mientras colocaba los papelógrafos y escribía el título de mi clase pensaba qué carajo hacía allí y cómo podía librarme de esas caras-diarrea que estaban al frente en unas sillas que parecían de inicial, pero que eran de primaria, y a las que rezaba para que me hicieran el favor de romperse. También intentaba pensar en todo lo que había intentado prepararme para esta clase modelo mi amigo y profesor Toti (en realidad se llama: Aristóteles Sócrates Platón. Creo que en ese orden, para tristeza suya. Y digo tristeza, no porque haya sido cronológicamente mal estructurado, sino porque todo el mundo lo vacilaba, aunque esta es otra historia). Y nada, estaba tieso, era hombre muerto. Mirándolo desde acá, quizá un vasito de pisco hubiera podido aligerar un poco mi estado guillotinezco. Y entonces empecé, horrible, pero empecé y ni bien empecé ya quería que termine. Que de los géneros literarios explicaría la épica, que de la épica tomaría la obra de Homero, que de Homero la Ilíada, que la Ilíada tiene 24 cantos o rapsodas, que fue escrito en hexámetros, que el tema es la doble cólera de Aquiles (y me demoraba explicando esto), que Homero nunca lo escribió, que fue escrito siglos después, que etc., etc., etc. Y todo lo intentaba presentar o explicar de modo dinámico y quizá gracioso. Pero las momias seguían como si se tratase de un funeral y no de una clase, segurito tenían el culo estreñido. No —abajo autoestima— la culpa era mía, pues la verdad ni yo mismo me creía todo lo que decía. Y es que con esas caras de poto muerto realmente nadie podría.


Después fui aprendiendo que todas las caras de los directores o de los que te evalúan conservan el mismo aire, salvo con la diferencia que pueden pasar de care culo estreñido a care culo diarreico. Solo hay que ignorarlos, por más difícil que resulte. Pero esa, mi primera vez, todavía no la sabía y mientras explicaba me seguía diciendo qué demonios hago acá, debo irme, pero antes de irme debo acercarme y escupirles a ver si al menos así reaccionan. Parecían tal para cual, hechos para la humillación o el aburrimiento. Me daba escalofríos de tan solo imaginarlos al enamorarse. Para mí que lo que le llamó la atención de ella fue su modo de bostezar y ella se habrá enamorado la vez que lo vio dormirse en una fiesta sin haber bailado siquiera una pieza. La pareja perfecta ¿o no? Al final me hicieron dos preguntas, la primera no me acuerdo y la segunda, la que no supe qué responder: ¿qué tarea preparó para dejarles? Hijos de puta, esa Toti no me la había enseñado. Ah, la primera fue ¿qué haría si un alumno se pone malcriado? Fue respondido del mismo modo que Toti me enseñó y que luego pondría en práctica aunque muchas veces de modo infructuoso. Me fui con la clara certeza de que nunca enseñaría. El director me llevó en su mototaxi. Sí, el director poseía un mototaxi, sucede que para llegar a su colegio había que ir o en burro o en mototaxi. Al despedirme me dijo la tan temida frase: le estaré llamando. Y, bueno, quiero creer que se le perdió mi número.

diciembre 2013

miércoles, 10 de diciembre de 2014

DOMUS


Al fin mi libro DOMUS que debió publicarse hace ya un tiempote. Pero para no desentonar con mi espíritu inconstante que posterga todo, sale recién por estos días. Pobre de él, no sabe en qué mundo se ha metido. 


sábado, 4 de octubre de 2014

mayo de 2010


domingo 9

Porque escribo pero no soy escritor, porque no soy un ejemplo, porque soy demasiado humano, porque mi condición es la de hombre sin voluntad, de muchas desidias y de muchos sueños. Porque me invaden demasiadas interrogantes, demasiados demonios y no puedo con todos ellos, mi debilidad es debilidad y mi fortaleza es aún no tenerla. Porque se presentan tantos símbolos, tantos barcos, tanta tierra, tantas líneas sin boca, que termino ahogándome con mi saliva. Porque no nací como ser de perseverancia. Porque no dispongo del tiempo necesario en que me sienta (sentir, sentarme) tranquilo, y cuando lo tengo, hago cualquier cosa, menos cumplir conmigo mismo. Porque pierdo péndolas en el futuro reciclando pasados de todos los colores, porque me ilusiono fácilmente y no tan fácilmente me desilusiono. Porque dispongo de paganismo desleal y carezco de aquello que llaman fe y a veces también de esperanza. Porque escribo cada vez que me acuerdo, y así, lo sé, no llegaré jamás a ser escritor, y tal vez nunca lo sea. Entonces viviré en un eterno sueño. Sin estar soñando. 

mayo 2010
Moisés AZAÑA

miércoles, 10 de septiembre de 2014

cuando alguien nace con el corazón roto
es muy difícil no dolerse por cualquier cosa


junio 2013

moisés AZAÑA