Hemos dejado escapar una ola
sin darnos cuenta que se nos viene el océano entero
Y hay que aprender a vivir
sea en la orilla
o en el fondo del mar.
agosto 11
AZAÑA ORTEGA
miércoles, 6 de febrero de 2013
martes, 15 de enero de 2013
Diciembre es el mes más infeliz del año.
No me gusta diciembre. Me pone triste. Sus luces psicodélicas, sus infinitas propagandas de regalos, su estrés colectivo. Siento que hay más carros en las calles y más niños en otra agenda; siento que todo se vuelve más pasajero y más desechable que nunca. Son los días en que faltan páginas para los muertos y ya no hay espacio para más Papanoeles gastando lo que no han gastado en todo el año.
No entiendo cómo todo el mundo se prepara solo para una noche. Y allí se le van los sueños, los recursos y la vida entera. Y algunas veces, sin embargo, esta noche especial, se vuelve la noche más fea o la más desolada de nuestra vida. Y todo se vuelve verde y rojo y las ventanas se llenan de luces intermitentes y hay papanoeles trepados en los balcones y trinos y venados en los jardines y todas las casas quieren ser las más bonitas mientras la bulla y la tensión continúa por dentro. Diciembre da dolor de corazón. Y después del veinticinco, dolor de estómago.
No me gusta diciembre. Para nada. La melancolía en estos días es de carácter panetonezco. Me pongo más sensible. Recuerdo las navidades pasadas, recuerdo mi infancia, recuerdo mis juguetes y la tarde que aprovecharon mi ausencia y mis trece años para desaparecerlos de mi vida (cuando pregunto, se hacen los locos).
No me gusta diciembre porque por alguna extraña razón que prefiero no averiguar mi corazón se vuelve más débil de lo que ya es y puede quebrarse con solo ver a mamá tomando una taza de chocolate. No me gusta diciembre porque siento, una vez más —como todo el mundo—, que el tiempo nos abandona cada vez más rápido y no hago (o no hacemos) nada para revertirlo. No me gusta diciembre porque todo se abre, se cierra o se pierde. Para siempre. Dejamos atrás algo y miramos adelante lo que más tarde volveremos a dejar atrás. No me gusta diciembre, me da náuseas y ganas de llorar. Me recuerda a la chica de los botones, a Niña Blue, a Luna, a madame Irene. De todos modos, el veinticinco, saldré a reventar cuetecillos y prender chispitas mariposas con la pequeña Amalia. Para ella, diciembre, hasta el momento, es uno de los meses más felices del año. Yo le sigo la corriente y juego con ella hasta que todo el mundo cierre sus puertas.
No me gusta diciembre. Me pone triste. Sus luces psicodélicas, sus infinitas propagandas de regalos, su estrés colectivo. Siento que hay más carros en las calles y más niños en otra agenda; siento que todo se vuelve más pasajero y más desechable que nunca. Son los días en que faltan páginas para los muertos y ya no hay espacio para más Papanoeles gastando lo que no han gastado en todo el año.
No entiendo cómo todo el mundo se prepara solo para una noche. Y allí se le van los sueños, los recursos y la vida entera. Y algunas veces, sin embargo, esta noche especial, se vuelve la noche más fea o la más desolada de nuestra vida. Y todo se vuelve verde y rojo y las ventanas se llenan de luces intermitentes y hay papanoeles trepados en los balcones y trinos y venados en los jardines y todas las casas quieren ser las más bonitas mientras la bulla y la tensión continúa por dentro. Diciembre da dolor de corazón. Y después del veinticinco, dolor de estómago.
No me gusta diciembre. Para nada. La melancolía en estos días es de carácter panetonezco. Me pongo más sensible. Recuerdo las navidades pasadas, recuerdo mi infancia, recuerdo mis juguetes y la tarde que aprovecharon mi ausencia y mis trece años para desaparecerlos de mi vida (cuando pregunto, se hacen los locos).
No me gusta diciembre porque por alguna extraña razón que prefiero no averiguar mi corazón se vuelve más débil de lo que ya es y puede quebrarse con solo ver a mamá tomando una taza de chocolate. No me gusta diciembre porque siento, una vez más —como todo el mundo—, que el tiempo nos abandona cada vez más rápido y no hago (o no hacemos) nada para revertirlo. No me gusta diciembre porque todo se abre, se cierra o se pierde. Para siempre. Dejamos atrás algo y miramos adelante lo que más tarde volveremos a dejar atrás. No me gusta diciembre, me da náuseas y ganas de llorar. Me recuerda a la chica de los botones, a Niña Blue, a Luna, a madame Irene. De todos modos, el veinticinco, saldré a reventar cuetecillos y prender chispitas mariposas con la pequeña Amalia. Para ella, diciembre, hasta el momento, es uno de los meses más felices del año. Yo le sigo la corriente y juego con ella hasta que todo el mundo cierre sus puertas.
MOISÉS AZAÑA ORTEGA
lunes, 31 de diciembre de 2012
SALMO DE UNA MEDIANOCHE EN QUE NO QUERÍAMOS MOVERNOS DE CASA
Brindemos
no por el futuro que no nos espera
Brindemos
por el pasado que tanto daño nos ha ofrendado
Brindemos,
no por el año nuevo
casi todo
lo nuevo sabe mal
empezando
por la ropa
y los
amores
que aún
no tienen el olor de madera llovida
Brindemos
por lo viejo
por lo
que hemos querido
por lo
que hemos odiado
por lo
que hemos llorado
no por
los desactualizados presentes que vendrán
Brindemos
por lo que hemos dejado
y se ha
resignado a quedar atrás
por lo
que hemos querido dejar
y,
maldita sea, no nos ha soltado
Brindemos
por nuestros padres
porque también podemos elegirlos
por sus errores
por sus aciertos
por sus levántate, ya son las diez
cuando apenas son las seis
porque también podemos elegirlos
por sus errores
por sus aciertos
por sus levántate, ya son las diez
cuando apenas son las seis
Brindemos
por los
hermanos
por mis
veintitrés hermanos
aunque
mal paguen
o mejor dicho
aunque no
me paguen nada
ni
siquiera un pasaje a la universidad
Brindemos
por los besos que no hemos dado
por los huesos que nos hemos roto
por los esfuerzos sin gloria
por los besos que nos costaron
por los huesos que nos hemos roto
por los esfuerzos sin gloria
por los besos que nos costaron
«te
recuerdo como la mejor canción»
por los amores que se fueron
por los que no regresarán
por los amores que se fueron
por los que no regresarán
Brindemos
Brindemos
hasta
rompernos la sonrisa
de tanto Dionisio
perdido en el Centro de Lima
por
tanta rabia mal disimulada
hasta que
nuestras vísceras queden reflejadas en el espejo
hasta que nuestro rostro ya no sepa cómo se llama
hasta que nuestro rostro ya no sepa cómo se llama
No nos
espantemos de nosotros mismos
brindemos
por la vida
un himno por
la muerte
que a nadie espera
la muerte
que bailará esta noche con nosotros
la muerte que se sentará contigo al desayuno
la muerte que no asistirá a tu entierro
la muerte que mañana se acostará en tu cama
y pondrá en la cocina el calentado para que juntos lo saboreen
la muerte que se sentará contigo al desayuno
la muerte que no asistirá a tu entierro
la muerte que mañana se acostará en tu cama
y pondrá en la cocina el calentado para que juntos lo saboreen
Brindemos
se nos va
la vida
Brindemos
la vida ya se ha ido
la vida ya se ha ido
MOIZÉS AZÂÑA
domingo, 9 de diciembre de 2012
El mes de la
primavera ha iniciado huesudo, desolado. Su cielo: una taza negra de chocolate.
Nadie la quiere mirar, nadie la quiere beber. Es como si el clima se haya
oxidado y la miseria de Dios haya descendido enternado y con los zapatos sin
lustrar.
Y su miseria
penetra. Nos toca. Nos ilumina.
(Septiembre
12,
10: 16 a. m.).
martes, 4 de diciembre de 2012
Q. E. P. D. 2012
Ya salió nuestra primera plaqueta. Lo pueden encontrar en la librería El Virrey del Centro de Lima o enviándome un mail.
QUE EN PAZ DESCANSE
viernes, 26 de octubre de 2012
Hace un momento,
cuando empezaba a escribirte, me has llamado.
Justo le había colocado
punto a la primera oración. Por el celular te he dicho que estos días han sido
como si estuviera en un pozo:
por momentos una fuerza
me ahogaba, una fuerza grande y aparentemente invencible;
por instantes
pequeñísimos si dejaba abierto un mínimo de fatiga (herida) me dejaba ahogar;
ha habido instantes que he flotado y algo así
como
paz flotaba conmigo;
y otras, las más, he nadado. Y qué cansancio.
Y en ese nadar
nada he conseguido.
O he conseguido poco.
En el pozo he estado a oscuras,
la luz que venía del
exterior era endeble y apenas alcanzaba para alumbrar retazos.
Tu llamada —también te
lo he dicho— ha sido como si alguien de afuera me haya alcanzado una mano,
una mano que se estiraba conforme fue
estirándose la
conversación.
Esta mano me ha
permitido respirar, ha permitido que descanse mis brazos ya cansados de nadar
hacia ningún lado.
No conforme con ello, me ha sacado del pozo, de
la
oscuridad del pozo.
Y de ese mundo amurallado de sombras hemos
pasado
a este mar
inmenso de luz y sin barreras.
El problema del mar es su inmensidad, su
imaginada
infinitud;
lo positivo es su nueva perspectiva, su
diferente
punto
de vista.
Al frente ya no tengo
murallas, ya no está ese muro de cemento que me acompañaba como un lastre en el
pozo,
ahora tengo varios panoramas,
está en mí nadar con una dirección,
y aunque tu
mano dejó de estar en algún momento —como también te lo dije—, me dejaste un
flotador.
En el pozo era más fácil
nadar pero no llegaba a ningún lado, mi perspectiva siempre era la misma;
en el mar nadar es más
difícil, pero el riesgo, el peligro, la dificultad tiene su mira: hay la
posibilidad de pisar tierra y continuar caminando.
*Carta enviada a Niña Blue.
AZAÑA ORTEGA
lunes, 6 de agosto de 2012
Estos días son completamente tuyos. Y este
completamente no encierra un parcial. Tú abarcas la totalidad de mis días. Mis
pensamientos y mis actos son solo de ti, mis sueños y mis ideales te pertenecen. No hay nada que no pueda traducirse en tu nombre, no hay nada que no pueda dar
con tu imagen. Tu rostro, tus manos, tus gestos, tus palabras abarcan TODOS MIS
PASOS. Estas paredes, el cielo triste de mayo y hasta mi propia respiración
—aunque suene patético— tiene tu nombre y tu imagen.
AZAÑA ORTEGA
domingo, 15 de julio de 2012
Quien no visita la palabra escrita, huye de sí
Ahora que sobre todas las cosas debería frecuentar las palabras, no voy a su casa. Y en venganza, ellas tampoco vienen. Se rehúsan. Entonces sufro por una coma, lloro por una vocal, me arrastro por un verbo.
No sé qué me sucede, es como si
mi autoestima —que ya de por sí es baja, subterránea— se haya zambullido debajo
de los subsuelos o como si esas palabras que ayer no más encendían su generosa vela, hoy se hayan apagado. Forman
su propia patria y hacen de mí un exiliado, un desterrado que no se encuentra
en ningún terreno, en ningún tiempo, en ningún Jesucristo obsequiando caminos y
verbos.
diciembre 11
AZAÑA ORTEGA
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