miércoles, 22 de abril de 2015

LA ÚLTIMA BALA


Había quedado solo, más inmensamente solo tras afeitarse y mirarse al espejo y no reconocer al único rostro que había mirado por tantos años. No se afeitaba desde que se fue su último amor. No había venido nadie después y su último amor siguió siendo el último. Esto ya hace unos años, mientras tanto continúo vivo, continúo cumpliendo con su rol de hombre en el mundo, con su función de hombre con metas, con su papel de “la vida es un mérito y hay que ganárselo”, siguió adelante, mintiéndose todos los días para seguir hasta el último, pero ya no podía más, el último nunca llegaba y quería adelantarlo.

Miró a su derredor y se dio cuenta que los miles de libros que tenía no podían decirle nada para salvarlo. ¿Qué palabra utilizar ante el último decisivo instante, qué decir, qué callar? Volvió a mirarse como quien mira un tren que pasa o alguna propaganda sin importancia y reafirmó la idea (la sensación) de que su tiempo había terminado. Por fin, realmente había acabado. Sabía muy bien que era un decir, que simplemente nunca lo había tenido, que ni siquiera este instante le pertenecía.

Ese rostro que miraba era el rostro de todos los hombres: anónimo, cien por ciento desconocido que se conoce por una sola vez, dos ojos que nunca han conocido la verdadera realidad, la nariz de los mocos, los labios de los besos y de los vómitos, todo era idéntico, solo cambiaban algunos rasgos, alguno más pronunciado, algún color menos marcado, distinciones tontas y accidentales que no le permitían establecer diferencias reales. Todos los hombres en ese momento lo miraban desde ese espejo que no reconocía, y todos los hombres que lo miraban desde sus propios ojos le decían lo mismo: es en vano, muerto o vivo, seguirás siendo este instante que no te sirve para nada. Muerto o vivo, de nada servirá que sea el último o el primer día, a nadie le importará, todos te habrán olvidado y tú habrás olvidado a todos.

Allí es donde se sentía más insignificante, cosa nada extraño para él, pero este día, solo por este día, el último de su vida, no quería sentirlo, pero estaba allí ante su gran pasado que era como un segundo muerto, ante su gran presente que existía solo para ser ignorado, ante su gran futuro que ya nunca vería. Allí mismo su pasado del primer dolor, del primer grito, su presente de este cuarto y su futuro sin corazón era como si ya se hubieran esfumado. Solo recuerdos, malos y buenos, para qué negarlo, era lo único que lo amarraba a este instante, pero ya no le decían nada. ¿Y qué había de decirle? Los recuerdos son mudos si no les abres la boca. Era el destino o alguna otra tontería, el lamento de siempre, la bulla de siempre, el silencio de siempre, la ley de los simples mortales. Y de los no tan mortales también.

Se miró por última vez en ese espejo, su rostro lo miraba, alzó su G 17 y disparó. El espejo cayó roto en mil pedazos y todas las voces que le repetían aquello de la banalidad de los momentos también cayeron. Suspiró totalmente transpirado como si hubiera matado un jabalí o un león y se echó a la cama. Estaba a salvo, pero sabía que aún le quedaba una bala. 

martes, 14 de abril de 2015


-la melancolía es un dinosaurio que no sé domesticar-

octubre 2013

moisés AZAÑA ortega

lunes, 6 de abril de 2015

¿CÓMO SE APRENDE A VIVIR SIN TI?



Me he sentado a escribirte y no sé por qué todas las palabras se me han ido. No, no es que se me hayan ido, pero hay algo en mí que no me permite escribir sobre este momento que vas (que vamos) pasando, hay algo en mí que me dice que es mejor buscar otro de tus momentos y escribir sobre ellos. Para qué, además, retratar estos días, estas semanas, estos meses. No la hemos pasado tan bien, la verdad, pero tampoco debemos decir que siempre la hemos pasado muy mal, has (hemos) tenido nuestros buenos momentos. A ti te tienen, digamos, que bien atendida, haciendo sus respectivas salvedades, por supuesto, y al menos ya hemos dejado de escuchar los gritos de la casa o, mejor dicho, han sido reemplazados por estos otros que piden auxilio o gritan nombres ininteligibles, aunque no a cada rato como podrían pensar los de afuera.

Podría decir que soy un involuntario habitante de estos pasadizos, un incondicional enfermero que está siempre contigo y oye gritos y auxilios y ve lo que no quiere ver y siente lo que nunca quiso sentir.  Han sido semanas de mucho cansancio y de una infatigable tristeza, y siguen siéndolas de algún modo. En realidad, de todos los modos. Menos mal en este momento ya no tienes las vías que ten han dejado feas hematomas, pero eso es lo de menos, lo peor era que te dolía y a veces se te hinchaba y había que sacártelas y buscar otra vena y después otra hasta que la de verde pudiera ponértela bien.

Aquí desayuno, almuerzo y duermo, acompañándote. Decir «desayuno», «almuerzo» y «duermo» no son más que eufemismos. Uno de los mayores problemas ha sido dormir en la silla (sigue siéndolo). Después de eso, lo demás es soportable. Dormir en la silla también lo es, pero hacerlo seguido, día a día, sí que es cansado y doloroso, mi pobre espalda, mi pobre columna me piden a gritos una cama, una bendita cama. Ha habido noches en que he tirado una sábana al suelo y allí me he echado, pero al rato ha venido alguna de las de blanco y me ha preguntado si acaso estoy en un camping. 

Las madrugadas, por estas fechas, me han parecido que tienen más horas de la cuenta. No duermo nada o mejor dicho duermo de hora en hora, por eso que llegada las nueve o las diez de la noche ya tengo un sueño infernal. He pensado también que por estos días el sueño es parte de tu vida. Sí, en esta parte de tu vida, la vida para ti ha llegado a ser puro sueño. Lo malo está que ahora los alteras y muchas madrugadas despiertas alarmada o amargada porque todavía no amanece porque todavía son las dos o tres de la mañana. Entonces debo preguntarte, así adormilado y a punto de desmayarme, qué quiere usted, patrona mía, qué desea, estoy a sus órdenes, y de acuerdo a tu respuesta llevarte de la mano al baño o contarte un cuento hasta que vuelvas a quedarte dormida por otra hora o, con suerte, por dos o tres horas hasta que llega la mañana y desayunas y vuelves a dormirte. Y entonces te digo levántate, no seas ociosita, dormir mucho hace daño y tú me contestas que no estás dormida, que solo te encuentras echadita, otras veces me dices que solo estás pensando, entonces yo me río intentando que tú también te rías, pero continúas con los ojos cerrados.

En el día inevitablemente también cierro los ojos, aunque la verdad contigo me he prohibido incluso pestañear. Aquí los días pasan lentos y por momentos pasan demasiado rápido, sobre todo a la hora de visita. Yo intento leer mientras duermes, pero es difícil, de rato en rato vienen las de blanco o las de verde o los hombres serios y me hacen preguntas y te despiertan y te ponen cosas en los brazos y otras cosas en las piernas, para tu bien, te dicen, para que estés mejor, y tú aceptas como aceptas algún jarabe amargo porque no te queda de otra. La cuestión es quedarme contigo, no dejarte sola, por nada del mundo dejarte sola. Yo estoy a tu lado, siempre a tu lado, no te hagas y ábreme tus ojos, extiéndeme tus manos y dame tu mejor sonrisa. O la peor, qué importa, pero sonríeme, tus sonrisas siempre son hermosas, las más bellas que he podido ver en este mundo que me ha tocado. Vamos, dime algunas palabras, canta como sabes cantar, o reniega, llámame la atención, enójate como lo hacías en los días que llegaba tarde o sacaba una mala nota.

Que duermas mucho me pone triste, el problema es que cuando despiertas ya no sabes qué hacer. Cuándo nos vamos a casa, me preguntas, y no sé qué responderte porque yo tampoco lo sé, pero te digo que pronto, y tú me dices mentiroso, ya no te creo, pero me lo dices de tal forma que me hace sonreír y allí sí tú más despierta me muestras tus dientecitos de ratones con los que recibes tus alimentos. Es lindo verte sonreír, pero es más lindo saber que tu sonrisa basta para cambiar mi ánimo.

Si he aprendido a crecer ha sido por ti. Si he aprendido a hablar ha sido por ti.          Si he aprendido a querer ha sido por ti. Todas mis virtudes son tuyas. Los defectos son solo míos. Por las noches, cuando apagan la tele y el silencio se hace más silencio en estas blancas habitaciones o cuando los posibles gritos llegan hasta tu oído y tengo que decirte que es un señor que canta o una señora que le gusta rezar en voz alta, cosas así, y tú me miras como diciéndome qué demonios hablo y luego de inmediato cierras los ojos como si todo haya sido otra parte de lo que soñabas, siento (o intento creer) que todo esto es un sueño —una pesadilla debería decir— y quiero despertarme, despertarme de una vez y que todo vuelva a ser como antes, como esos días en que nos sentábamos afuera de la casa y me contabas tus historias infinitas y yo te seguía preguntando uno u otro detalle o te ponías a tejer en la sala y yo me sentaba a tu costado con un librote y tú escéptica me preguntabas si en verdad lo terminaba, esos días en que preparabas arroz con leche y todos lo comíamos con tanto encanto y repetíamos una y otra vez hasta que la olla se acababa, esos días en que tu habitación te contaba historias que leía y no parabas de preguntarme, por ejemplo, por la historia del Cid o no parabas de reírte, por ejemplo, por la historia del tal Lazarillo.

Te cuento que hoy, después de tanto, he vuelto a casa y he entrado a mi cuarto (no me he atrevido a entrar al tuyo). He entrado a mi cuarto únicamente para sentarme en esta vieja pc y escribirte mientras uno de mis tantos hermanos, por fin, ha podido reemplazarme y está acompañándote. No es fácil dejarte allí, tampoco es fácil llegar a casa cuando tú no estás. Llegar a casa y no encontrarte es lo peor que puede ocurrirle a la vida. Llegar a casa y no encontrarte es lo peor que puede ocurrirle a mi vida. Dime, vieja mía, ¿cómo hago para aprender a vivir sin ti? Vamos, levántate, y de la misma forma en que me enseñaste a caminar, ahora enséñame esto, déjame también esta enseñanza.

moisés AZAÑA ortega

HIJOS IDIOTAS

Un pequeño cuento

La historia es sencilla. Ella no solo tuvo que dar a luz con mucho dolor a sus hijos, también tuvo que cambiarles los pañales, pasar malas noches una y otra vez, luego tolerar o soportar berrinches, ayudarles en su formación, sacrificarse con todo su amor, primero por uno, luego por el otro y así hacerlos crecer a todos.

Una vez crecidos, ella mal que bien, continuó preocupándose por ellos y haciéndoles favores hasta el último, dándoles de comer o prestándoles dinero que muchas veces no veía de vuelta. Los hijos, por supuesto, tuvieron otros hijos y ella se hizo abuela de muchos nietos. Por su forma de ser o por su crianza, ella también estuvo de algún modo pendiente de los nietos. Claro, muchos de ellos lo olvidan o se hacen los desentendidos.

La historia es larga, para resumirla hay que decir que a ella le crece la edad y empieza a tener arrugas en la piel y en el corazón, y así, con los días, con los años, va perdiendo fuerzas en sus huesos y poco a poco va caminando con mayor dificultad, empieza a quejarse de uno u otro dolor y, para colmo, los que viven con ella no le tienen paciencia y por cualquier menor motivo le alzan la voz. De este modo, ella envejece más rápido y cada vez se va alejando de la vitalidad que la caracterizaba, así hasta que un día cae enferma y la tienen que hospitalizar.

Una vez hospitalizada, los hijos siguen con sus cosas como si nada pasara, como si su madre estuviese bien. Ella queda como abandonada a su suerte. Puede sonar exagerada esta palabra, pero ella sabe muy bien que esta palabra es exacta. No para todos, pero sí para la mayoría, pues con visitar un día o a lo mucho dos y solo un par de horas algunos creen que ya cumplieron. Ella, claro, se entristece y llora. Ellos se excusan, siempre tienen un pretexto en sus labios, sin embargo sus acciones dicen lo contrario, pues paran viendo televisión o haciendo la siesta o haciendo cualquier otra cosa que muy bien pueden hacerlo en cualquier otro momento, pues trabajan independientes y no para una empresa que rija su horario. Y los muchos nietos que tiene, no la visitan o la visitan solo una vez.

Lo peor de todo es que tanto nietos como hijos, sobre todo los hijos, hablan o “bromean” de herencia y de otras cosas como si ella no estuviera viva. Se preocupan de estas cosas, pero no de su madre o abuela hospitalizada. ¡Ni siquiera se dan tiempo sábado o domingo! ¡Ni siquiera se dan tiempo por semana santa! ¿Es para enojarse o no? Qué historia caray: cualquier parecido con alguna realidad es pura coincidencia.

moisés AZAÑA
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domingo, 22 de marzo de 2015

Contingencias a partir del «Tractatus lógico - philosophicus» (2.012)


prescriptum:
Estos días de marzo han sido y son realmente infelices. Quizá este término no sea exacto, pero debo aventurarme por uno; tal vez decir «tristes» o «deprimidos» sería mejor. Mamá, mi hermosa y amada mamá Enriquetta, hace unas semanas se puso mal y mi endeble tranquilidad ha caído. He venido por un segundo a este blog solo a dejar este texto de octubre de 2014.

Punto 2.012, 
2.0121. Que una semilla tenga como propiedad concluir en flor no niega el carácter de su posible mitad de camino. Quiero darme a entender como el posible incendio que requiera la semilla, como la innecesaria soledad del hombre que ha decidido partir y no se ha despedido, quiero darme a entender como cierta potencia que se niega a concluir en algún fruto de contemplación y entonces sus posibles ecuaciones se pierdan antes de llegar a esa romántica meta.
2.0122. Que la contingencia de su camino dependa únicamente de ella, no quiere decir que ha de andar sola: requiere del camino, requiere de su meta, requiere del horizonte, así sea el de perderse. Es la contingencia que habla y camina. La contingencia que elige adónde ir, pero que nadie le ha dicho que esta independencia es el pretexto necesario para su ruina.
Al comprarse el cuento del camino, al comprarse el cuento de la independencia, clava a sí misma su condición de llorante (se clava a sí —conste que está separado— su devastación).
2.0123, 2.01231. Porque del hecho que nuestra semilla pueda ser flor y que otra semilla también pueda serla, no podemos concluir, precipitada y con los todos los gritos en la boca, que ambas semillas son iguales. Cada semilla contiene su propia peculiaridad, quiero decir, en cada semilla encontramos su propia felicidad y su propio cataclismo. La real desolación no es cosa de grupos.
Por más que la felicidad y la ruina puedan ser una sola palabra para tantas hermosas devastaciones, cada una de esas categorías se cumplen diferentemente en cada existencia. Cada camino —ya lo he dicho— es otro camino: cada camino requiere de un solo caminante. No hay camino igual a otro, eso muy bien lo reconocemos, ni el de los gemelos que nacen juntos y mueren en horas y rutas distintas.
Dentro de los contingentes que se acoplan a otros contingentes para que las muertes no les ocasionen muertes tan violentas y rápidas, se encuentran —hemos visto— especie de categorías que condicionan o permiten dirigir su paso y su palabra. Estos contingentes se acoplan a otros contingentes —hay que decirlo— para que la muerte no les tome tan solos. La muerte no es una contingencia, lo sabemos, por eso la muerte del amor es una necesidad, casi una obligación. 
            Después no me digan que no les avisé.

viernes, 13 de marzo de 2015


¿Quién soy en esta tarde gris de verano?
¿Una mano que escribe?
¿un corazón que siente?
¿una cárcel que no puede volar?

¿Quién soy?

Y tú
¿quién eres?







domingo, 8 de marzo de 2015

Contingencias a partir del Tractatus lógico- philosophicus (2.011)


octubre 2014

2.011
Lo contingente son las cosas que pueden unirse. La unión es básicamente una contingencia, no es una obligación ni una necesidad. Las combinaciones resultan a partir de la inercia, la soledad o— en el arbitrio de las personas— de la decadencia de sus días. Hay uniones que son malas combinaciones, no cuadran, desde el primer momento en que los ves sabes que hay algo mal o algo que nunca pudo (nunca debió) ser de ese modo. Pero puede que nuestros ojos también se equivoquen tan acostumbrados a tener combinaciones exactas, inalterables: que tal color con tal color, que tal pantalón con tal desterrado, que tal estereotipo con tal planeta, que el etcétera es para el final y nunca para el inicio. En fin, todo ser existente o no, puede entablar un diálogo innecesario con otro, todo ente que se mueva, que necesite de otro para ser movido, puede tener los días contados en su contingencia y prevalecer, en algún momento, su rasgo necesario y pasar los días sucesivos en inalterable emoción de los cuadros terminados. Nada más, el punto exacto, nada que agregar, nada que quitar. La combinación culminó y no hay separación como posibilidad.


                La contingencia, entonces, puede tratar según estos términos de las posibles combinaciones y separaciones que inalterables y alterables pueden tener. He aquí un primer llamado. ¿Si la definición del inalterable es que no puede ser alterado, cómo entonces puede ser alterado? Cada día hay eternos que se mueren. Una eternidad tras otra transcurre como bicicletas en un abismo que nunca termina. Los necesarios, los vidrios rotos, los enojos, los gestos inevitables también manejan bicicleta y en muchas ocasiones equivocan el camino y pierden el paso. Para no hacer más extenso este camino, habría que decirlo en palabras de Wittgenstein: «Es esencial a las cosas el que puedan ser parte constituyente de un estado de cosas». Es decir, «si hay objetos —explica un traductor— uno de sus rasgos esenciales tiene que ser el que puedan ser parte constituyente de un estado de cosas». ¿Entendieron? No se preocupen, Wittgenstein tampoco.

moisés AZAÑA ortega

miércoles, 4 de marzo de 2015

DOS DE MIS SEIS HERMANAS


agosto 2014

A veces mis hermanas se pelean. Si eso sucede, pueden pasar días o tal vez semanas sin que se crucen ni una sola palabra. Pero llega un día, de repente, que cuando vuelvo a casa las veo de lo más chochas conversando. ¿Qué ha pasado, cómo se reconciliaron, qué se dijeron? Ni idea, pero es algo que pasa siempre. Se llevan bien, se pelean, discuten, rajan entre ellas, pero siempre, por una u otra razón, se amistan y vuelven a reírse de las mismas cosas, cocinan juntas, chismosean juntas, etc. Como ahora. Ninguna es mejor que otra, aunque muchos pueden pensar que L. Yo no lo creo, solo que son distintas. L. es más solidaria y sencilla, E. también es solidaria, solo que es un poco soberbia. Estoy siendo injusto con ellas. Lo mejor sería no ponerles ningún adjetivo y seguir contando que en esta mañana de agosto, con este frío de invierno, ellas conversan en el lavadero del primer piso, cerca a mi cuarto del segundo, y es como si recién se hayan conocido o como si fuesen dos grandes amigas que se han encontrado después de mucho tiempo.





miércoles, 25 de febrero de 2015

NOCHE SIN TI


martes 26 noviembre 2013


Me he quedado en casa y no he podido darte ni un beso ni el caramelo que te compré.

Me he quedado en casa y me he quedado con este abrazo en el aire y con todas las ganas de ti aquí adentro.

Me he quedado en casa y lo único que extraño del mundo es verte y besarte (lo más hermoso de lo trillado es que puedo besarte).

Me he quedado en casa y lo único que extraño de la existencia son tus cachetes y tu cabello desgreñado.

Me he quedado en casa y esta casa ha empezado a ser un calabozo dentro del océano Pacífico.

Me he quedado en casa y me he percatado de cuánta falta me hace tu amarilla mirada.

Me he quedado en casa y sé que esta noche tus dientes llenos de caries no me sonreirán.

Me he quedado en casa y es mejor no seguir porque esta noche será más larga de lo que esperó Prometeo para que pueda salvarse.

Tomo el caramelo y empiezo a chuparlo.  

lunes, 23 de febrero de 2015

Un párrafo de otro de mis días


23 de febrero 2015
Ya no debe parecerme raro contemplar mis páginas de cartas o del diario y saberme un repetidor de mis días, pero como casi no los reviso, suelo todavía sorprenderme. Ahora que por estas fechas veraniegas he estado ordenando mis papeles he encontrado este texto que escribí para mandárselo a quien entonces era madame Irene y que, para variar, nunca se lo envié. Me ha parecido triste que quede en la oscuridad con mis otros archivos, así que he decidido pasarlo de la oscuridad de mi cuarto a esta otra en la que quizá su muerte será inminente, pero será, con suerte, en compañía de otros ojos y ya no solo de los míos. Ahí va:


10 de febrero 2013
Estos últimos días he estado viendo una película diaria. He leído poco, he escrito no lo que he querido, pero he escrito (hoy, por ejemplo, concluí un relato; ya era hora), he ayudado en casa (a una de mis hermanas, a Ev, la han operado y por estos días vive con nosotros), he buscado trabajo (quizá resulte una hipérbole, pues apenas he ido a dos lugares; en uno hay más esperanza que en otro —tal vez lo mejor sería decir posibilidad—, pero al parecer en ninguno entraré). Tener Internet me facilitaría ver más películas. Esta semana he incentivado los trueques de pelas.

Y bueno, hemos empezado: al amigo con que quedé le pasé tres (La vida de los otros de Florian Henckel von Donnersmarck, La sociedad de los poetas muertos de Peter Weir y Tinta roja de Francisco Lombardi) y él me ha pasado dos (El lobo estepario del director Fred Haines, basada, claro, en la novela; y Trono de sangre de Akira Kurosawa; de él solo he visto Rashomon, basado en un cuento de Akutagawa). A otro amigo he prestado uno de Amenábar (Ágora) y en esta semana dejará una en La Rampa (creo que de Tarantino o de Clint Eastwood). A otra amiga he prestado Luna de Avellaneda de Campanella (director que ganó a la Teta asustada en el Óscar), y también me dará la suya por estos días. Espero.

Los trueques por el momento no han sido del todo favorables, pero se ha debido más por una cuestión de tiempo y también por no haber quedado o avisado a todo el mundo. Quiero decir, solo había quedado con uno; a los demás les he prestado porque llevaba pelas en el morral y, bueno, hay que expandir el buen cine. He conversado con cuatro personas más y hemos quedado. Ver películas por estos días se ha convertido en algo así como mi oxígeno. Mejor: mi droga. Conversando la semana pasada con otro amigo me dijo que debo vivir más y dejar los libros y las películas. Falta más praxis. En parte le di la razón. Lo dijo porque en la plática las citas que yo hacía eran o de películas o de libros, casi nada de mi vida. Me contó que en su trabajo la gente no cita libros o películas, citan su propia vida. Y, sin querer o queriendo, ayer fue un día de algo así como película. Por decirlo de alguna manera.

Por la mañana la reunión con el grupo de estudios me dejó una idea para un futuro ensayo. Esto, en realidad, no es nada novedoso. Ideas se me vienen siempre, la cuestión es redactarlas. Por la tarde en el Museo de Historia Natural de San Marcos me encontré un paraguas floreado. Caminé con él por Arenales hasta llegar al C. C. España. Ya imaginarás los gestos y miradas de los transeúntes. Me sentí un poco Maga, un poco Oliveira, pero no sabía dónde debía dejar al paraguas para que reinicie su ciclo. Caminé y caminé. 

Comprendí que la cuestión es caminar.

Comprendí que el truco es caminar.

En el C. C. España un libro de fotos me sugirió un proyectito que he empezado. ¿Te lo cuento, no te lo cuento? A las seis y media fui a entrevistar a travestis y mujeres que trabajan de noche "alquilando" su cuerpo (es colaboración a una amiga para su trabajo de lingüística). Ah, el paraguas lo dejé en el carro, antes me mandé unas palabras al cronopio para que lo tuvieran en sus manos. ¿Quién se lo habrá encontrado? ¿Reiniciarán su vida para que no caiga en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda?

Esto de entrevistar a… Todavía me cuesta decir prostitutas. Mi amiga lo utilizaba como quien dice mamá o deme un sol de pan (ya me tomaré el tiempo para contarte con detalles al respecto: Wilde nos recuerda que lo único importante son los detalles). Más tarde, sin querer, me encontré con una amiga filósofa y esta me llevó con un grupo de amigas feministas a un pub-discoteca-karaoke (no sé qué demonios era) y, bueno, nos amanecimos. En algún momento les comenté que hacía un tiempo habia conocido a algunas feministas que parecían más machistas que ciertos varones. Como te imaginarás, me quisieron apanar. «Te espero a la salida», bromearon. Tomé el micrófono y canté en el estrado «Flaca» de Calamaro y «Entre dos tierras» de Héroes del silencio, alucina. Ah, claro, les envié saludos a mis amigas feministas. Agregué: «…y un saludo para quienes están enamorados. Es preferible sufrir por amor, porque vivir sin amor es un desperdicio». Se hizo una algarabía total, me aplaudieron cual rock star. En casa dormí hasta las diez y media. Desayuné casi al mediodía.

Hoy, domingo de carnavales limeños, me he quedado en casa. Salí solo para comprar comida. He lavado ropa de mamá y mía (bueno, la lavadora, pero igual hay que encenderla, echar la ropa, el detergente, programarla, sacar la ropa, tender… Toma tiempo, no te creas). Luego he escrito y he acabado el cuento. Lo dejaré reposar un tiempo y volveré a él para las necesarias correcciones. Mañana no sé qué me espere (nadie lo sabe). Yo quisiera, primero, levantarme tempranísimo. En un rato veré, no sé, creo que Trono de sangre inspirado en Macbeth de Shakespeare. ¿O mejor El lobo estepario? Ya vi el inicio de ambos. El lobo estepario lo leí recién el año pasado. Grande Heese. Además de ver película, tengo ganas de componer con mi eléctrica y leer. Hay varios libros que me esperan. Pero también tengo ciertas ganas de conversar. Tal vez vaya a casa de amigo antropólogo, tal vez a casa de amiga psicóloga. Lo más probable es que me quede en casa dormido.


P.D.: ¿Hacemos trueques?

moisés AZAÑA ortega

viernes, 13 de febrero de 2015

SIN CALZÓN


octubre 2013

Como sé que este blog es una persona muerta que camina de casa en casa sin que nadie se dé cuenta de su existencia, de vez en cuando me doy la gracia de colgar, sin rubor y aspavientos, lo que encuentro abandonado en mi vieja PC.

Lo que aquí se publica son hojas muertas que pasan de la privacidad de mi computador al vedetismo del Internet. Lo hago solo por cierta nostalgia. Es algo así como un padre que tras ver a su feo hijo, defectuoso y esmirriado, le entra las ganas de sacarlo a pasear para que conozca más de lo que no ha conocido. Darle así tal vez un poco más de vida. Sin embargo, puede que este buen intencionado paseo sea más perjudicial que provechoso. De todos modos, el padre se siente algo aliviado, convencido de que el hijo también; y lo que ha de suceder, se dice, tendría que suceder sacándolo o dejándolo adentro. Algo así, aunque no precisamente, es el sentimiento que me embarga tras colgar en el Sin Calzón cosas que escribo sin la menor ambición de publicarlo por este medio.

No hay, como han de suponerlo, una tribu de sincalzoneros, ninguna lista de seguidores. Sin embargo, ha habido varias personas que me han preguntado o me han dicho, no sé si reclamándome o más bien solo por llenar algún vacío, por qué ya no escribo en el Sin Calzón, por qué ya no escribo más. Y siempre les contesto que nunca escribo en el Sin Calzón ni para el Sin Calzón. Cuando escribo, escribo simplemente. Me concentro en lo que estoy escribiendo y no sé precisamente cuál será su destino. Lo he conversado con César, amigo que todavía, pese a todo, también a veces cuelga cosas en su blog. Y sabemos muy bien que si uno publicase en el blog todo lo que escribiese, se llenaría irresponsablemente. Uno, aunque deja de publicar en el blog, continúa escribiendo sea en la en casa o en la calle. La escritura, cuando se te adueña, ya es imposible dejarla. Te posee. No siempre es como una droga, pero una vez que te ha picado el bicho, ya no podemos renunciar.

moisés AZAÑA ortega


Posdata: Febrero 2015: Este, por ejemplo, es otro de los papeles que he encontrado en mi vieja pc y ahora, recién ahora, revisando y ordenando el montón de archivos he sabido de su existencia, y me he dicho: caray, por qué no lo colgué en el mismo momento en que lo escribí. Me lo he dicho porque este papel es el único que ha sido escrito pensando en el blog. ¡Y tampoco se publicó! Bueno, quizá hay más, debo seguir ordenando.