sábado, 28 de junio de 2014

Cosas del mundial




Ganó Brasil y tengo mi primera apuesta ganada. Debería decir mi segunda apuesta, pues antes ya he perdido una y ganado otra. Pero siento que esta es recién la primera, las anteriores casi ni me interesaban y lo hice solo con una o dos personas. Esta, en cambio, la he hecho con medio mundo. Y de un minuto a otro ese medio mundo ha pasado a deberme. Es curioso todo lo que se juega detrás de un partido de fútbol, el narrador del Brasil – Chile decía que todos los brasileños sufrían por el partido y, claro, también los chilenos. Falso, yo también sufría. Yo, imagínense, un peruano hincha del Sport Boys que no ve fútbol y se levanta a las seis de la mañana para ir a enseñar y va por las noches a la universidad a escuchar clases de Latín, Marx, Husserl y otra gente que ya no existe. También C. y a todos los que les aposté que Brasil ganaba sufrían lo mismo. Hay un mar de gente anónima en todo el mundo que se muerde la lengua y se le estruja el corazón tras esos noventa o más minutos inacabables. Y quizá no tanto por una apuesta, sino por lo que puede significar una derrota o un triunfo. Pero mamá, quien me acompañaba en la sala, seguía tejiendo y nos decía a mis hermanos y a mí que no gritásemos, sobre todo en el momento de los penales. Ahora se juega el Uruguay – Colombia y esperemos que Colombia dé todo porque la vida de mis bolsillos en esta semana depende totalmente de sus pies. Empiezo a extrañar a Falcao. 

Moisés Azaña 

P.D.: L. discúlpame, me levanté tarde. Espero verte pronto.

domingo, 15 de junio de 2014

ECLIPSE





— Cuerpo sin escarcha
—Cuerpo de escarcha
Que se pierde entre las manos.
—No sé, quisiera que todo sea distinto, quisiera portarme contigo de otra manera, de un modo que te agrade y no reniegues, pero no sé qué sucede cuando estoy contigo, yo no soy así del todo, quiero decir que puedo ser así pero por ratos, sin embargo, no sé.
—Ay, ¡Moisés!
Yo tampoco sé lo que sucede.
Estoy demasiado confundida por el momento
y tengo miedo.
No sé si me entiendes, no sé si me escuchas... pero no he mentido
cuando he dicho que quería que te mueras
y luego que vivas.
—Es que no sé cómo entenderlo
Si fueses más clara lo entendería.
Me encantaría que fueses más clara
—Lo sé, no soy clara.
Hay cosas que no sabes, que no preguntas
no sé si porque no quieres saberlas
o porque estás contento así
Y yo las voy diciendo poco a poco
porque me ahogo en ellas
Pero me estoy perdiendo, y me dan ganas de maldecirte y culparte por todo
—Siempre me echas la culpa
—Digo que me dan ganas, en esta ocasión no lo hago
no sabes en lo que se han convertido mis noches
cuando me quedo pensando
—No lo sé porque no me lo dices
Te lo guardas para ti. Yo hoy te dije que hablaras, que girara la conversación en torno a ti y sin embargo
Me gustaría que te abrieses conmigo
En fin, sólo sé que me encanta estar contigo aunque a veces me porto como dijiste, como un niño maleducado.
Un beso, hoy hay luna llena.
—Hoy hay eclipse, Moisés.
—Ahora mismo quisiera abrazarte fuerte, fuerte.
Nos vemos.
—La luna se pondrá roja, espero que podamos verla.
1:30, quizá 2:00
... Qué hacer y qué decir...
Si me dejo llevar por mis impulsos te diría: ¿Qué harás mañana?
Si dejo que todo siga como lo estoy pensando…
—Me gustaría ahora mismo abrazarte fuerte, fuerte.
Nos vemos.
—Nos vemos.

2010
MOISÉS
AZAÑA

lunes, 5 de mayo de 2014

-un corazón infectado
necesita alcohol para desinfectarse-


febrero 14

moisés azaña

miércoles, 9 de abril de 2014

CIUDAD INMUNDA



-He nacido en esta ciudad del odio
en que el pan se arrastra por avenidas de zapatos sin nombres
Hemos nacido
Te repito
Hemos nacido
date cuenta
en esta ciudad inmunda
en la que el amor se perdió para siempre
sin aprender a cruzar la pista
y los semáforos
ya no sirven
ni el rojo  ni el verde  ni el naranja
ya no son colores
(los semáforos son tus ojos
y ya no respiran)
Y hemos empezado a llovernos todos
y ya nadie nos calma
y ya nadie nos colma
Hemos empezado a morirnos
desde el mismo instante en que nos conocimos
frente a un espejo
y supimos
desde siempre
que ese rostro que nos miraba
(nos atormentaba)
día y noche sin disimulo
era el nuestro
el que llevamos hoy
el que llevábamos esa vez en que nos quedamos solos
frente a la avenida con gente
el que llevaremos el día que nos iremos de este instante
más locos 

más solos y acompañados de lo que somos frente a una pantalla
gigantes fracasos de nacer
gigantes entusiasmos de morir
y el suicidio es una palabra rota que nos intoxica
aplastados de seguir vivos
muertos gigantes de morir ayer
antes que el presente nos pise con su eterno futuro
Estamos jodidos 
arrastrados
dichosamente perdidos
Es decir
estamos vivos

Qué cagada-




domingo, 9 de marzo de 2014

Una vieja carta



No sé qué escribirte. La verdad —a veces ocurre—  no sé qué escribirte. La verdad es una palabra que usan los filósofos, los profes pesados y los padres a la hora de pedir explicaciones. Me he sentado y esto, digo, este hecho, es una verdad. Pero una verdad que ya no será verdad cuando tú leas estos renglones. O, bueno, será una verdad pasada. Una verdad con pasas e higos. Un cuadro pintado en una tarde de abril mientras no damos un beso. Un beso que dura hasta hoy y que durará hasta que Dios se canse de ser eterno.

Cuando leas estos renglones estaré de pie o echado o, quién sabe, puede que volando, quizá con coca, mejor con anís. La verdad es que escribir en la cabina nunca es tan bello como escribir en casa. Digo, en mi cuarto; la pantalla caga los ojos y no sé cómo bajarle la iluminación y quien atiende creo que anda concentrado en alguna página treinta. La verdad, escribir nunca es tan bello como escribirte. También es lindo leerte. También es lindo que te engrías engriéndome. Tienes ese privilegio eh. También es bello engreírme engriéndote. La verdad que tus ojos son los míos, los míos son tus ojos, los son tus míos ojos. Así es como hemos llegado a decir que son tus ojos los míos, tus ojos son míos los, sabor a Colgate (nunca a Listerine), a caramelo agriazucarado, digamos, en una palabra, sabor a nosotros y a lo que eso puede significar. Digamos, en otra palabra, sabor a mí en ti a ti en mí. Y, por supuesto, a lo que eso puede significar. Habría además que agregar que a estas alturas del partido los no sé qué escribirte siempre se transforman en un decir que se expresa en principio, en mitad o en fin de una partida que nunca acaba. Y no nos trabagüenleemos, trabagüenleador, que a buen trabagüenleador trabagüenleadora se le entrabagüenlea en el trabalenguas.

Contigo los no sé qué decirte es un silencio con mil palabras. Es un trabalenguas con ojos egipcios. Es un nosotros. Es yo escribiéndote escuchando Piaf o cualquier grupo que me  guste a ti o que te guste a mí. Es un yo y es un tú abrazados con dos milímetros de respiración. Es tú escribiéndome a dos codos y a dos ojos. Es tú leyéndome. Es yo leyéndote. Somos algo así como infinitos que se pierden en momentos que son algo así como infinitos. Hay que señalar también, con el perdón del caso, que este internet es una mierda. Y discúlpame, no más malas palabras en este jardín. A propósito del jardín, te obsequio una flor, huélela, respírala. Esta flor que te he obsequiado tiene el color que te gusta. Tú, y tú lo sabes, eres mi flor en días de desierto. No sé cómo sonó, pero fácil es un Valdelomar en resaca. Intentemos de nuevo: Tú eres mi flor suicida... No, peor, esto ya es Bécquer creándose una cuenta de Facebook, es decir, en su peor momento. Tú eres esa flor que pasa por ser flor en días en que hay todo menos flores. Es demasiado, y eso que no he tomado palabrol. Tú eres el pétalo que le falta a la flor para ser flor. Eso sonó muy lluvia. En fin, tú eres todo eso junto y mucho más que no se ha dicho ni se dirá nunca.

Amor, mejor juguemos. A ver... juguemos a mirar. Sí, a mirar, no a ver. Miras un árbol con patas de león. Miras un corazón con corazón de durazno. Miras una bicicleta y yo estoy allí manejando feliz de la vida, te recojo y nos vamos juntos a ese árbol con patas de león y yo te entrego mi corazón con corazón de durazno.

Juguemos, te escribo algo con la palabra magnolia, ¿te parece?

Había una vez una magnolia que esperaba todos los días del verano un pedazo de lluvia. Un invierno por la tarde, perdón, un viernes por la tarde ya cansada de esperar la lluvia la magnolia se estiró, cara soñolienta, bonita bonita, y logró salirse de su tierra y viajó a otro lugar donde su bonitez no se pierda y el verano sea menos feo, digo, más bonito, y empezó a caminar y a caminar. El camino era camino y además era largo como todos los caminos que se caminan lento y la magnolia amaba caminar lento y con la cara arriba y con la cara abajo, dependiendo el sol y las sombras. Los caminos largos, para la magnolia, siempre le sonaban a algo feo, como a magnolia muerta o a verano sin lluvia. Caminó de todos modos muchos miles de kilómetros (más o menos lo que nosotros caminamos un sábado buscando lasagna) y sin ninguna muestra científica de sudor encontró que el sol estaba por todos lados. Era un sol metiche, la verdad, casi casi fosforescente. La magnolia, cansada y triste, decidió enterrarse, perdón, morirse. Y la pobre se murió. Pero como la muerte era algo fea, la magnolia decidió resucitar. Y fue así que resucitó y vivita y floreando gritó tenemos magnolia para rato.

La magnolia con el tiempo se dio cuenta que era alérgica a la tierra y a todo aquello que podría significar olvido. Sabía por sus lecturas nunca hechas que el polvo podía ser su símbolo preciso. Peor si tenía la tierra encima. Así que, aburridísima, salió de esa tierra mala y fea, y se fue, se largó en busca de su romance postergado con la lluvia. No quería saber más de tierras ni de soles y siguió caminando. Y siguió caminando. A la magnolia el pie ya le pesaba e iba a tumbarse por debajo de algún ómnibus (bien trágica ella) hasta que encontró un depósito inmenso de agua. Nosotros, terrícolas con años de universidad, sabemos que hablamos del mar. La magnolia no lo sabía. Pero la magnolia quería lluvia y no mar. De todo modos fue corriendo y se mojó todita, empezó por su cara (o su carita), pero no contenta con eso, metió todos sus pétalos y su tallo y todotodo. Sabía que el invierno estaba cerca, algo había en el mar que le decía: la lluvia está cerca. Pero no era necesario que el mar se lo diga, la magnolia sabía que la lluvia estaba cerca. No tenía que morirse, la lluvia mojaría su cara para siempre. Salió a tirarse desnuda en la orilla, bien coqueta ella, y empezó a broncearse. No era justo, pensaba, haber caminado tanto para no encontrarse con la lluvia, entonces empezó: varias gotas caían en su cuerpecito, era como una respuesta de lo inexistente. Entonces la magnolia supo que la vida valía la pena ser morida. Y también vivida, por qué no. Y la magnolia sonrió como nosotros hemos sonreído en los días más feos y en los días más magnolios. Porque la magnolia sabe que estar con lluvia o sin lluvia, con sol o sin sol es lo de menos cuando tú y yo estamos juntos. Porque en realidad, sencillamente, la vida es menos mierda si estamos juntos, mi magnolia de sal y canto.

octubre 2013
moisés Azaña 


lunes, 10 de febrero de 2014

lunes otra vez

Es verdad que estás en una isla
pero no estás solo
(Joaquín Sabina)

Habría que empezar diciendo que yo nunca he escrito para el blog. Digo, nunca he escrito pensando que lo que escribo va a ser publicado en el Sin Calzón. Y no es que simplemente escriba como venga y lo que venga, aunque a veces sea así, simplemente. Pero esta vez, por primera vez en todos estos años de Sin Calzón, escribo directamente para y en el blog. Quiero decir, es la primera vez que escribo en esta hoja blanca del blog y no en la de Word. Y como nunca escribo para el Sin Calzón, sino que cuelgo cosas que encuentro perdidas en mi computadora o en mi máquina de escribir, por lo general lo que cuelgo aquí son cosas pasadas y en la parte inferior señalo el mes en que las compuse. En esta oportunidad lo que escribo será inmediatamente publicado. Y escribo porque no me queda de otra, porque si no escribo en este preciso momento muero literal y literariamente.

Digamos que por estos días los días no existen. Mejor dicho, mis días. Pero no nos pongamos patéticos tampoco. Siendo más francos y menos grises, hay que decir que estos han sido días distintos. Eso es, distintos y punto. Pero todos los días son distintos, pueden decir. Sin embargo, estos días son distintos de otro modo. Porque una cosa es hacer mil cosas sabiendo que está ella y otra muy distinta hacer las mismas mil cosas sabiendo que ya no está. ¿No sé si me entiendan, no sé si me deje entender? Esta vez escribo, como he dicho, directamente en la hoja blanca del blog, pero no escribo en mi cuarto, lo hago en el dormitorio de mi amigo, él ahora duerme. Anoche vine a visitarlo: «Qué milagro tan temprano», me dijo cuando me vio llegar, y ya eran más de las diez de la noche. Él, como todos los que me conocen, saben que soy un animal nocturno y que el día para mí muy bien puede empezar cuando ya ha terminado, quiero decir a la medianoche, a las cero horas. Es una mala herencia de la chica de los botones, pero no es momento para hablar de ella. Estos días tienen el sabor de mi Moka. Peor, el sinsabor de mi Moka. Llegué a eso de las diez y mi amigo conversaba y tomaba pisco con raspadilla con sus amigos en su cuadra. No tuve otra opción más que juntarme. Siempre que he venido y ha estado con su grupo, sea tomando o solo conversando, de inmediato se ha despedido y ambos hemos entrado a su casa para conversar de libros o para leer libros, aunque esto pueda sonar falso, pero ambos sabemos que es la cosa más cierta que hacemos cuando nos juntamos y que por eso juntarnos es una intelectual alegría. Anoche, sin embargo, me acoplé casi de modo inconsciente a su grupo. Él, claro, antes me preguntó y yo sin pensarlo le respondí que normal. Y es así que ya son las siete y media de la mañana y continúo sin dormir. Mi amigo se ha quedado seco, respectivo vómito; yo, milagrosamente, estoy de pie y sin ningún malestar. Se debe en parte a que el viernes tomé hasta perder el sentido y hoy no quise perderlo de nuevo. Pero venía a decir otra cosa.

Ya amaneció y debo regresar a casa, preparar el desayuno de mamá, intentar no dormir para nada, leer, estudiar el puto inglés, escribir y salir de casa hacia el colegio a desenseñarles a los chicos sobre todo lo que le han mentido en tantos años, así con ojos de trago y con el cabello largo. Pato, que así le dicen y a quien conocí hoy, decía que le gustaba tomar los domingos y no los sábados porque así podía pasarse todo el lunes durmiendo y evitarse todas las caras cojudas de este día sacrificado. Pero era un decir, esto era antes cuando la comida y la plata llegaban solas, digo, por sus viejos; ahora al amanecer tendrá que ver las mismas caras tontas ya que él —si despierta—, no le quedará más que correr a su chamba y ser otro más entre esas caras. Lunes otra vez, como la canción de Sui Generis, le dije a Belkyngs, y sería lindo que leyera esto, hoy más que nunca que necesito una isla de donde agarrarme, una brújula de donde sostenerme. Hoy más que nunca que he quedado sin isla y sin mí. Y perdón que siga lo patético, es el sueño, es el trago, es el lunes. Es ella que ha desaparecido y cual detergente poderoso no ha dejado ni rastro de mancha. Ni mancha de rostro. Pero en verdad soy yo quien ha muerto con tanto verano y con tanto frío en estos días que son más largos y más cortos cuando el sol se pone en mi ventana. Estos días que son más largos y más cortos cuando ella ha dejado de ser mi verano.

Azaña

sábado, 8 de febrero de 2014

mi vida sin ti



He tenido la intención de ir a tu casa.
He tenido la intención de llamarte.
He tenido una semana y un día sin ti.
He tenido todo
y he tenido nada.
Disculpa que te escriba.
No sé si sea mejor escribirte,
no sé si sea mejor ir a tu casa.
Lo que sé es que quiero verte.
Lo que sé es que mi vida sin ti es es un eterno comercial
(fea metáfora)
Lo que sé es que...
ya no puedo
y ya no puedo —como Vallejo—
con tanto cajón
tanto minuto, tanto lejos y tanta sed de sed!
Ya no puedo
(sí, esto último tampoco sonó tan bonito
pero qué le hacemos
la verdad no siempre tiene un aire primaveral)

Moisés