miércoles, 18 de febrero de 2009


-cómo se divierte el tiempo caminando veloz 
y disimuladamente envejeciéndonos-

Moisés Azaña Ortega

lunes, 9 de febrero de 2009

MINÚSCULA SATISFACCIÓN (SOBRE FÚTBOL Y OTRAS VANAS ILUSIONES)


Todavía los de mi generación no han gozado de un mundial de fútbol, es decir no han visto a la selección peruana patear el balón en un partido mundialista. Los que nacieron antes del mundial de Argentina-78 se dan el lujo de decir «Yo sí los he visto jugar —y agregan irónicos—: tú te morirás y nunca los habrás visto». No sé si es síndrome de petulancia o de pesimismo. Quizá las dos cosas. Pueden ellos tener en su pecho ese orgullo pueril, sin embargo, su jactancia se la derriba con solo decirles que ya están viejos y que a ciencia cierta no sabrán si llegaremos a verlos, pues estarán bajo tierra. A los de mi generación nos queda la vaporosa alegría de haber presenciado a la selección peruana sub-17 en el mundial y jugando memorables partidos. A Brasil le ganamos (me inmiscuyo para que la felicidad sea mayor), también a… A varios más. Total, se llegó al mundial y se hizo un buen papel.

Las esperanzas, ahora, estuvieron puestas en las Olimpiadas Beijing, y habrá que contestarse con el cuarto puesto de… Con qué poco se nos contenta, carajo. Claro, todo esto tiene como raíz la mala administración y el pésimo cargo de dirigentes mediocres que lo único que administran bien es su bolsillo. Pero la bilis para otro momento. Y como se nos contenta con tan poco, hablando en materia futbolística, se mira con «buenos ojos» (quizá sea mejor sin comillas) a los equipos que compiten por el título nacional. Mirando desde esta butaca noto que la mayoría de los peruanos han obtenido una inmensa alegría, puesto que —me es difícil aceptarlo, carajo; dilo, dilo...— la gran parte del Perú son hinchas (y cómo hinchan estos gilipollas) de Alianza Lima y Universitario de Deportes, siendo estos dos los que tienen más adeptos y más títulos nacionales. En consecuencia, la mayoría ha gozado, conoce el sabor del júbilo tras ver al equipo de sus amores alzar la copa dando la vuelta olímpica «¡somos campeones, carajo!». Yo, sólo los observo de lejitos.


Otros, en cambio, tienen que ser partidarios de equipos antagónicos a los suyos cuando los clasificados se enfrentan a equipos extranjeros; todos establecerse como unidad, unísono al ulular de las barras, en ese instante se borran los colores de la camiseta que se defiende en el año y somos, aunque efímeramente, «hinchas» del club que defiende al Perú, jueguen la Copa Libertadores u otro campeonato foráneo. Por ejemplo, quién no fue hincha de Cienciano siquiera unos minutos y no gritó ¡¡GOL!!, cuando le ganó a River Plate quedando campeón de la Sudamericana. Quién no estuvo mordiéndose la lengua de puro nervios cuando se disputaban en penales la Copa de Campeones con Boca Junior, coronándose Cienciano nuevamente campeón al derrotar una vez más a otro equipo argentino. Nadie niegue que cantó el «Upa que upa upa, upa pa pa (…) Cienciano es el papá». Todos un mismo canto, una misma alegría, todos fuimos Perú. Cuando pedí, a primera hora de la mañana siguiente, un diario deportivo, ya no había siquiera uno. El que madruga Dios le ayuda, y ese día todos madrugaron para releer una y otra vez, y convencerse de que no fue un sueño: Cienciano ganó al tantas veces campeón de la Libertadores Boca Juniors, también a River Plate. Alegrías de las fuentes del fútbol. No obstante, mi alegría hubiera sido triple; qué digo triple, óctuplo (y es poco todavía), si el equipo campeón habría sido el mío: SPORT BOYS ASOCIATTION (S.B.A.).



Mientras hay vida, hay lucha. Y el Sport Boys hoy lucha, pero la baja. La baja —explico por si no saben— es cuando un equipo se elimina del campeonato profesional (primera división) y juega la segunda división donde, para que vuelva al campeonato profesional, debe quedar campeón. Y el Sport Boys la está luchando, está sacando todo su potencial de sus chimpunes, jugándolas una por una todas las jugadas, solo falta que Ñol Solano venga a ponerse la rosada, camiseta de sus amores, y volteemos la página nefasta de estar entre los últimos.


Al no poder ver a la selección peruana en un mundial de mayores, tampoco disfrutar de mi equipo como campeón en el descentralizado nacional, debo satisfacerme solo con sus triunfos o, por último, con algún gol que moja a las redes a pesar de que pierda, pero siempre el incondicional coro de la Negra que asiste a todos las disputas y de los hinchas mártires que cantan «¡Vamos Boys... quiero ver Otro gol en tu score Y sentir el rugir del viril Chim Pum Callao...!».

Tenía apenas tres o cuatro años el día que mi hermano me enseñó ese estribillo, himno de la otrora Aplanadora Rosa o Misilera Rosada que incluso ganó a Alemania en Berlín. Íbamos al estadio Nacional, jugaba con un extraño equipo que lleva cierto rótulo simple y feo en el pecho: «U», camiseta y short color de gallina de techo. «Ese fue gol, ese fue gol: árbitro idiota», escuché que mi hermano exclamó cuando el señor de vestimenta de cura anuló el gol rosado. Igual salimos con la cabeza en alto pues el árbitro fue comprado, Boys había perdido injustamente por la mínima diferencia: un gol. Esa fue la explicación expresada por mi hermano y yo la tengo como una certeza inexorable. Al menos grité el gol anulado y conocí al entonces ídolo «Kukín» Flores. 

Hoy, esas alegrías pequeñas, el gol anulado, la gaseosa y la canchita que costaba cien por ciento más que afuera, el vitoreo con que clamaban que ingrese «Kukín», la hinchada que no parecía humana, nunca dejaban de cantar ni un segundo, con qué regocijo me invaden en este instante, sobre todo ahora que el Boys ha ganado al campeón del clausura, a ese mismo con que se enfrentó el día que por primera vez pisé el Nacional: tres goles a uno, chúpate esa, Gallina. 

Aunque les duela, Gallinas, Monos, Pavos… con la piltrafa de equipo que tiene el Boys, además de estar endeudados, no entrenar, es decir, problemas hasta de hongo y uñero, pudo ganar, y dejar en este inmolado hincha el sabor a gol, a triunfo, a soñar campeón.

agosto de 2008

Moisés Azaña Ortega

viernes, 6 de febrero de 2009


-cuántos seis de febreros más estarás a mi lado. 
Todos.
Feliz cumpleaños, mamá
Te amo-


Moisés Azaña Ortega

jueves, 29 de enero de 2009

Oración

Debo destripar este sinapismo, hurgar procedimientos, minar los escalones apolillados inservibles para el ascenso (apenas lo tocas: ¡tropezón!, te devuelve un polvazo en los ojos, estás en el llano). Debo dilucidar, no satanizar esas parábolas difusas que la ciudad planta cada día como un sol en la maceta, engañando a sus esperanzas con una vida eterna detrás de los cerros. Debo tener un orden que me lleve de la mano, no soltarlo aunque helado como el hombre que duerme en el catafalco sienta sus dedos. Debo dejar que mi instinto animal mane y muestre su utilidad, sus primores, los puentes que he dejado de cruzar: ¡despierten pestañas!, ¡miren el éter que se desprende de la tierra, lo de arriba apenas es un sucio espejo! Debo armonizar-me, establecer criterios fijos en los cuales me introduzca y viaje hasta que en el tren expresen el «llegamos». Debo antologar mis jerarquías: el aprendizaje primero; renunciar a las salmodias invernales que repiten indigencias. Debo exprimir los momentos, no imantarme a las malquerencias, dejar esas hinchazones para el martillo y para los atletas. Debo, guitarra de huesos, dejar mi existencia de barro donde nacen zancudos, convertirme en el hombre que se diferencia del mono. No edificar cálculos de sombras irracionales, ni tangentes que no encuentren la hipotenusa en el crepúsculo. Beber la subsistencia, que caiga en la tráquea, envolvernos asimétricos en la gravedad que ningún Newton descubrió. Quizá la falta de ecos, el martillo en conjunto, las disonancias de mis matrices sin medida, mi mamá sin su octavo hijo… puedan devolverme la comodidad de regresar a la tristeza alegre. Quizá en la avenencia orgánica restituya el semblante que en otrora pude desprender. Por ahora, debo encontrar la belleza que el caos me esconde.

Moisés Azaña Ortega

viernes, 23 de enero de 2009

CONGESTIÓN


Toca el claxon, su desesperación le frunce las cejas, golpea el volante reiteradas veces como si de este modo sosegara el tráfico, el calor es insolente dentro del tico; voltea, en sus ojos hay vertical furia, horizontal humanidad, avanza a lo mucho dos metros y un camión enorme se aproxima, miles de cláxones continúan la batalla campal de resonancias volviendo loco a los transeúntes y a los mismos chóferes. El camión se coloca a su costado, quiere entrar por allí, presiona el claxon y le revienta la membrana auditiva a nuestro conductor, y el ¡carajo! llega hasta mí, el ¡mierda! lo escuchan todos, el ¡conchatumadre! nadie lo quiere oír, pero es inevitable, ni aunque te tapes las orejas aquel baladro evitarás: sacuden tus tímpanos, el eco de el ¡conchatum…! se seca allí. Una combi pasa ocupando la vereda «maneja bien, imbécil», le gritas, bajas la mirada: el chofer es un dinosaurio. El sol está totalmente desnudo y se echa en la ciudad de Lima como si quisiera broncearse; dentro del tico se produce una especie de calentamiento global y le genera comezón en los testículos. No se ha bañado, no tiene agua en su casa, le han cortado por no cancelar, por eso está taxeando pero es mediodía y apenas ha llevado un pasajero y no ha sacado para el petróleo ni para pagar el alquiler del auto… Paciencia, mejor es esperar, te has dado cuenta que por más que desesperes no lograrás reducir la congestión, buscas entonces el periódico que en la mañana, cuando todo te era Edén, lo compraste, te desabrochas la camisa, te rascas los huevos y empiezas a leer tu diario deportivo esperando que el policía de tránsito indique que pueden proseguir. De pronto escuchas con alevosía: «¡Avanza, cachudo baboso!», ¿es para ti?, alzas la vista y te repite lo mismo pero con mayor firmeza. No le devuelves el insulto, ni siquiera le miras con cólera; indignado, le obedeces: avanzas, y una ligera sonrisa se choca con el sudor de tu rostro, entonces entiendo por qué sonríes, ese insulto en ti es un halago: nunca has tenido novia.

Moisés AZAÑA ORTEGA

jueves, 22 de enero de 2009

DILACIÓN


—Ya ha pasado una semana desde que me dijiste que la hacías.
—Ahora sí, más tarde la hago.

—Ya llevas un mes allí.
—Es que es no es fácil, ponte en mi pellejo.

—Y hasta ahora, ¿nada?
—Sí, tiene enamorado… Vamos a chupar —dice resignado y cabizbajo—: yo la pongo.


Moisés AZAÑA ORTEGA

miércoles, 21 de enero de 2009


-la vida puede ser sencilla si ponemos de nuestra parte
pero qué cagada resulta a veces-

Moisés AZAÑA ORTEGA

martes, 20 de enero de 2009


-tantas cosas por escribir, tanto por decir... 
y no tener palabra-
Moisés AZAÑA ORTEGA

lunes, 19 de enero de 2009


-la vida es un conjunto de daños que hace hombre a los hombres
o los caga-

Moisés AZAÑA ORTEGA

lunes, 12 de enero de 2009

DESPERDICIOS DE NUEVO AÑO (1 e)


Amanecer:

Mis párpados son arrastrados por la gravedad, estoy a punto de caer en estado de coma.

Al regresar a casa, siete de la mañana más o menos, me percato de que todavía hay grupos con vasos y cigarrillos y exclamaciones que tratan de llevar el compás de Los Juanecos u otra orquesta, pero sus cuerpos ya no responden. Algunos roncan en plena avenida como si de su tierna cama se tratara, otros hombres con baba que poco a poco baja… y baja, se estira en el aire hasta que cae en su propia mugre; otro, con anónima indignidad, ha escondido su rostro en la sombra de un árbol, pero ya amaneció, y el sol descubre cierto moco como ornamento, sube y baja como columpio, el moco juega, construye un camino en el que avanza y retrocede al ritmo de su estrepitosa respiración y no logra desprenderse, se ha adueñado del territorio y origina, además de admiración, cierto no sé que de espanto.

Lo que nos trae el nuevo año: huayco en pleno verano limeño.

1 de enero de 2009

Moisés AZAÑA ORTEGA

LETARGO SIN SERMÓN (1 e)


Antes de llegar a casa percibo de lejos a mamá con una vieja escoba, barre los desperdicios que dejó el año viejo, es decir, el nuevo año inicia sucio, siempre inicia sucio, muñecos quemados, camas viejas incendiadas, tiras y tiras de cuetecillos verdes y rojos, y calaveras y chispitas mariposa y rata blanca y mamá rata y abuela rata y abuela blanca y mata la suegra y todo lo que no se ha querido llevar o traer para este inmaculado añito. Y más allá, del muñeco que prendió mi vecino Poto Blanco, el viento ha traído mucha ceniza, doble trabajo para mi madre, mi hermosa viejita a quien amo, barrer nomás pues, qué queda, la ceniza se alza, forma un nudo en el aire, se expande, justo yo llego y se clava en mi garganta, maldita sea, toso… De pronto: «Dónde has estado», inicia el purgatorio.

Esta vez, milagro de la vida, no hubo sermón. Le respondí que estuve en la casa de un amigo (el Cabeze’ puñete), y tomé la escoba pa' hacer méritos y mientras barría conversamos frases que por el trago o por el sueño he olvidado, seguro ninguna importante, ninguna trascendente, aunque quién sabe. «Ya anda descansa», aconsejó. Sin embargo, todavía no tenía sueño. En verdad, Morfeo estaba al acecho, llevaba horas acosándome pero lo rechazaba —como diría mi hermano— peor que perro con sarna. 

Ahora que escribo, regresa, vuelve a la carga (¡entiende, no te pido que vengas!), me agarra por la espalda, aprieta mi cuello, una guillotina —¡la veo, la siento!—, está allí, al frente, oculta mi visión, viene, viene… Caigo en estado de «punto y aparte», la coma en el sentido lingüístico proporciona un intervalo pequeño de tiempo para expresar correctamente una oración; yo necesito un intervalo más grande para recomponerme. La gravedad irrumpe: bajo las carpas, me quedo sin ojos.

1 de enero de 2009

Moisés AZAÑA ORTEGA

ABRÍ LOS OJOS (1 e)


Atardecer:

Abrí los ojos: mi habitación había sucumbido a los avatares de las fiestas de fin de año, con decir que algunos calzoncillos estaban junto a libros en el escritorio podría indicar más o menos la gravedad del caos. Para darle la contra hice ejercicios (milagro), me dije que empezar el año con una pequeña rutina para el cuerpo podría ser de buen augurio, de paso calentaba para bañarme. El baño fue rápido y fresco, me vestí, bajé al primer piso, cocinaban. Había llegado visita y charlaban, niños entraban y salían, afuera brindaban con Pilsen Callao, jugué con mi sobrinita (Vania), repetí la adivinanza que planté a otros de mis sobrinitos hace más de un mes. Todos se volvieron a rendir, insistían y rogaban que les responda «Ya pues… Seguro que tú tampoco sabes la respuesta», me decían. Obvio que lo sé. Luego, entre familia, degustábamos peziduri Donofrio. Mientras lo disfrutábamos, les conté el relato de Juan Sin Miedo. 

Almorzamos, tardísimo. 

Reposé… 

Me senté a escribirte.


1 de enero de 2009
Moisés AZAÑA ORTEGA