domingo, 20 de diciembre de 2009

-Si Dios o Alguien nos pagase por vivir, 
nuestra vida sería menos desdichada pero también menos sabrosa-

Agosto 2009
AZAÑA ORTEGA

sábado, 12 de diciembre de 2009

La defensa de la vida


Por César Vallejo*

Yo no puedo consentir que la Sinfonía Pastoral valga más que mi pequeño sobrino de 5 años llamado Helí. Yo no puedo tolerar que Los hermanos Karamazof valgan más que el portero de mi casa, viejo, pobre y bruto. Yo no puedo tolerar que los arlequines de Picasso valgan más que el dedo meñique del más malvado de los criminales de la tierra. Antes que el arte la vida. Esto debe repetirse hoy mejor que jamás, hoy que los escritores, músicos y pintores se las arreglan para evadir la vida a todo trance. Conozco a más de un poeta moderno que suele encerrarse en su gabinete y sacar de allí versos desconcertantes de ingeniosidad, ritmos habilísimos, frases en que la fantasía llega a espasmos formidables. ¿Su vida? La vida de este poeta se reduce a dormir hasta las dos de la tarde; levantarse, sin la menor preocupación, o, a lo más, bostezando de tranquilidad y aburrimiento y ponerse a almorzar con buenos cigarros hasta las 4 de la tarde; leer luego los periódicos y volver a su cuarto a forjar sus versos ultramodernos, hasta que vuelve a tener hambre a las 8 de la noche. A las 10 de la noche está en un café de artistas, comentando regocijadamente los dichos y hechos de los amigos y colegas y a la una de la mañana torna a su cuarto, a forjar nuevos versos asombrosos, hasta las 6 de la mañana, en que se queda dormido. De una existencia tal sale, como he dicho, una obra plena de imaginación, rebosante de técnica, deslumbrante de metáforas e imágenes. Pero, de esa misma suerte de existencia no sale más; de allí no puede salir más que una gran técnica en el verso y una suma y sutil habilidad de composición. En cuanto a contenido vital, nada.

*Fragmento del artículo que escribió en París el año 1926 para la revista El Norte.

lunes, 7 de diciembre de 2009

EmEn

I
Yo también soy eso, esa carga de dudas, esa carga de silencio, de amarguras, de nostalgias. También soy lo que no quieres ver de mí, la fragilidad, la doble indecisión... Soy eso y soy lo contrario. Una vela que se apaga, un foco que se enciende, un par de zapatos rotos, una docena de camisas parecidas, un Marlboro fumado a medias, cafés de madrugada, anises por la tarde. Una desarrapada ilusión que se marchita y nunca muere, cuatro sacos de hambres, un libro aburrido que muere en el prólogo y resucita en epígrafes. Un corazón que extraña, un corazón que ve a mamá por las noches (dormida) e inusitadamente se entristece. La carestía apellidada, una victoria que nunca llega, la guerra inacabable por encontrarme, la mísera resignación de haber nacido humano.

II
No soy a quien puedas amar. Ayer soy, mañana no soy, y hoy dudo si alguna vez en realidad he sido. Y tú buscas ese algo ideal, aquel rasgo estable que te lleve de la mano y alce la frente cuando camina. Porque puedo estar bien y puedo estar mal y mi expresión no te dice nada, porque puedo amar a la pared del cuarto de papá, a la escalera de madera que nunca hizo, a las piedras, hojas secas y plumas que guardo en el escritorio, al olor de eucalipto y hasta el peor libro que he leído. Porque no soy lo indicado ni dejaré de ser la decepción que hipócritamente saludas en esos encuentros sin paraíso.


Noviembre 2009
Moizés AZAÑA ORTEGA

lunes, 30 de noviembre de 2009

sábado, 21 de noviembre de 2009

Me he sentado a mirarte desde mi techo, tus aguas no parecen azules, sino amarilla extensión del Sol frágil y solitario que cosquillea a las cinco y cuarenta y dos de la tarde. Mientras te ilumina suave y mariconamente y unos barcos desarman tu tranquilidad, me pregunto si en verdad vale la pena vivir, si vale la pena despertarse y persistir en esta rutina idiota que contamina, si es indispensable continuar en la universidad, si es preciso y correcto sufrir ilusiones creyendo que se está ante el amor de nuestra vida, si es imprescindible conversar futilidades largamente para exorcizar la mierda que crucifica. Me pregunto, en fin, si vale la pena morir por esta vida.

Quizá lo único que me mantiene es ver el rostro de mamá, pensar en papá y contemplar este mar que flamea.


AZAÑA ORTEGA

miércoles, 18 de noviembre de 2009

La melancolía es la dicha de estar tristeVíctor Hugo

Cuando uno está encerrado en sus cuatro paredes se pierde de mucho. Vive engañado de verdades que inventa y la realidad se separa históricamente por renglones y no por los días. Salí al balcón, la llovizna caía suave, la neblina entristecía a cualquiera, el girasol agachado miraba el suelo, me daba la espalda (me ignoraba) y las personas que transcurrían por la noche parecía que llevaban en su espalda una cruz pero muy distinta a la de Cristo. Era una cruz creada por sufrimientos sacados de la televisión y no de la vida, me recordaba mucho a los pedazos de tripley cargado por un amigo cuando hizo de Jesucristo, o sea todos ellos me parecían un teatro, tan mentira, tan apariencia pero esforzándose asemejarse lo más posible a eso que llamamos vida que los sentí muy repugnantes: destruyeron el paisaje triste que trataba de instalar en la garúa.

Entonces la frase de este epígrafe se fue al diablo.

julio 09
AZAÑA ORTEGA

viernes, 13 de noviembre de 2009


porque ya hemos crecido y ahora nos toca ir doblándonos, 
descender, 
agacharnos hasta que un día nuestra involución se torne un bulto inorgánico-

Abril 09
AZAÑA ORTEGA

viernes, 30 de octubre de 2009

Todos los días camino, avanzo, leo, trato de ficcionar que he aprendido o estoy aprendiendo y sin embargo me parece que continúo en la primera página, que lo leído no ha sido ni siquiera el prólogo, que apenas soy la idea de un libro que aún no se ha escrito y que quizá jamás se escriba.

setiembre 09

AZAÑA ORTEGA

lunes, 19 de octubre de 2009

Noche rosada


A manera de Prólogo:
No soy simpatizante del fútbol, por lo menos no del que se exhibe acá que da lástima con equipos como la U y Alianza y Cristal y hasta mi pobre equipo rosado. En verdad, el fútbol me da sueño, prefiero estar tocando guitarra o leyendo o durmiendo o perdiendo el tiempo conversando… o escuchar al padre Oviedo en sus pláticas con Belmont. El fútbol de aquí no solo (me) da sueño, (me) da cólera, sin embargo masoquistamente veo los de la selección peruana, después nada. Ni siquiera miro cuando juega el Boys, equipo de mis amores, salvo si se juega la final como ahora. Y un campeonato no lo gana así no más, hay que celebrarlo, por eso decidí escribir algo que muestre mi alegría; déjenme festejar esa pequeña gloria, déjenme morder de ese elixir que quizá jamás vuelva a probar. ¡Vamos Boys!


*
«El 28 de Julio de 1927, un grupo de entusiastas muchachos, cuyas edades fluctuaban entre los 11 y 15 años, concretaron una idea de Gualberto Lizárraga: formar un club. Y se reunieron, desde tempranas horas de la noche del 27, en la casa de Ricardo Arbe, situada en la chalaquísima avenida Sáenz Peña signada con el número 724. A las 0:00 horas del 28, el grupo, integrado en su mayoría por alumnos del colegio San José de los Hermanos Maristas, entonó el Himno Nacional recordando el 106 aniversario de nuestra independencia, y de inmediato empezó la deliberación para formar la primera junta directiva. La presidencia recayó en el joven que lanzó la idea: Gualberto Lizárraga. El nombre del club, decidido por unanimidad, fue Sport Boys Association, y jamás ha sido cambiado desde entonces».



I
Cuando el alma gana una ilusión no es más que la ganancia de la cruel posibilidad del fracaso o del éxito. Sport Boys Association el año pasado descendió a la Segunda División de fútbol, mi ilusión paleolítica de ver a mi equipo dando la vuelta olímpica con la copa en mano, se deshizo, me derrumbó, y si no lloré fue quizá porque tomé el consejo de Montaigne: «parece que el alma, quebrantada y conmovida, se pierde en sí misma si no se le da aplicación. Es preciso en toda ocasión que se proponga un fin y actúe».

Boys es un equipo que no vende ilusiones, las obsequia. Uno las toma, las amolda en su brazo y deja que su corazón juegue con las palpitaciones hasta que los bombos retumben en el estadio con coros y olas y gritos y lágrimas. Ya lo dijo uno de sus futbolistas: «Boys es un equipo que está hecho para sufrir». Es decir, es la resaca de todo lo sufrido; el poeta César Vallejo también sería hincha de este equipo.

No quiero hacer de estas líneas un intento de que quien lo lea se ponga la camiseta rosada, tampoco una alabanza, prédica u oración hacia la Misilera, no quiero beatificar a la institución, ni decir que este equipo es lo mejor que se haya visto, mejor incluso que el Real Madrid. No necesito mentir. Desde que tengo memoria y uso de razón Boys no ha sido campeón, aunque la historia escribe que fue el primer campeón del fútbol peruano y de modo invicto, además campeón seis veces y otras subcampeón en el fútbol nacional y buenas campañas en la Copa Libertadores, asimismo el único que conformó la selección peruana de manera íntegra en los juegos olímpicos de Berlín, etcétera; en estos últimos años, sin embargo, ha sido un equipo de grandes sueños y pocos triunfos, luchador de los primeros puestos, aguerrido ante los próceres del balón, idiotizado ante los chiquitos. Daniel F, también rosado a morir, alguna vez mencionó que su banda Leuzemia es como el Sport Boys, siempre a media tabla. Tal vez pueda decir que Boys era el espejo de mi propia miseria: perseguidor de un propósito a pesar de las adversidades pero de manera desorganizada. Esta y, sobre todo, razones dirigenciales, hizo que el barco deportivo naufrague a la segunda ante la vista de la Fortaleza del Real Felipe, las lágrimas de los chalacos y el dolor de todos en general por ser un equipo querido y con historia. Boys bajaba y tenía que enfrentarse contra el Deportivo Municipal, San Marcos y otros, entre ellos, el Cobresol.

II
Tras una buena campaña en el año, ayer disputaron la final. Siete de la noche. Estadio Miguel Grau, no entraba ni un grito más; el color rosado y negro, los matices supremos del Callao bandereados con el soplo del Pacífico. Los nervios empezaban. Antes de que empiece la disputa por el ascenso, estuve comprando libros en Amazonas. Compré solo dos y un disco de Mario Lanza. En el camino de regreso, pensaba en todo menos en el partido, estaba tan abstraído con los libros comprados y la alegría de tenerlos, que olvidé por un momento que se jugaba la Copa. Cuando supe la hora, creo que más de las siete y media, no pude contener los pasos (olvidé decir que ya había bajado del carro). Ozzy, también partidario del mismo equipo, era el punto de reunión. ¿Cómo estarían jugando, ya habrían anotado, en qué minuto estarían? Lo que me alarmó fue escuchar de varias casas voces difusas de los comentaristas.

Toqué su puerta, lo llamé y salió. Se escuchó de su tele el canto efusivo de un gol. Su rostro no expresaba buenas noticias. «¿Gol de Cobresol?». Para mi alegría, dijo que el Negro Waldir había anotado. Ganábamos 1-0. ¿La alegría empezaba? Boys estaba obligado a ganar, un empate no servía de nada, si empataba, Cobresol campeonaba y ascendía.

«¿Cuánto dura ser feliz?: son segundos nada más»: Cobresol, luego de nueve minutos, anotaba el empate. Con el 1-1 se irían al descanso, la tensión continuaba. No apto para cardiacos.

Segundo tiempo. Un imprudente e iracundo jugador del Boys se hace expulsar tontamente a los ocho minutos, apenas había jugado. A los 25’ Ozzy y yo, inusitadamente, mentaríamos improperios en son de lamento. Cobresol ganaba 2-1, faltaba solo 20’ para que el árbitro diera el pitazo final, Boys tenía un hombre menos, me esperaba lo peor, no podía esperar un año más para ver a mi equipo en primera. Nos apagamos, ya casi sentenciábamos la derrota, yo me veía renegando, como la semana anterior tras la tonta derrota peruana ante los argentinos, veía una noche gris, amarga.

Seis minutos más tarde retornaría la esperanza, Waldir con un zurdazo metía el balón a las redes del equipo moqueguano: 2-2.

El partido moría, pero las ganas de vencer estaban intactas. Cobresol con ese empate tenía asegurada la copa. Sin embargo, Carlos Elías nos tenía una sorpresa a los 39’: ¡Gol!: 3-2.

Podemos llorar por alegría o por pena, pero llorar al fin y al cabo. Cobresol lloró de pena, de impotencia y de rabia. Boys, de alegría: tenía la copa, tuvo los huevos, tiene la gloria. La felicidad vestía color rosa, en su espalda y su pecho el nombre de la institución chalaca ascendía hasta el cielo. Habíamos ganado, Sport Boys campeón, se salía el mar.




AZAÑA ORTEGA

domingo, 11 de octubre de 2009

No solo para fumadores




El año pasado en una de las correspondencias que mantenía con una agradable pintora (hoy toda una ingrata), le escribí las siguientes líneas luego de leer «Solo para fumadores» de Julio Ramón Ribeyro.

Si gustas de fumar cigarrillos tendrías que estar contenta; te muestro lo que he encontrado: «Diga lo que diga Aristóteles y toda la filosofía, no hay nada comparable al tacaco… Quien vive sin tabaco, no merece vivir», frase que no comparto, pero ya la tienes. Te muestro otra por si no te convence la precedida: «No comprendo cómo se puede vivir sin fumar… Cuando me despierto me alegra saber que podré fumar durante el día y cuando como tengo el mismo presentimiento. Sí, puedo decir que como para fumar… Un día sin tabaco sería el colmo del aburrimiento, sería para mí un día absolutamente vacío e insípido y si por la mañana tuviese que decirme hoy no puedo fumar creo que no tendría el valor para levantarme». Pensamiento que consideraría si gustara de fumar; como no me apetece lo tomo simplemente como valor literario pues fueron escritos por dos grandes. El primero por Moliere, el segundo por Thomas Mann.

Morir de cigarrillo con el humo en la mano. Julio Ramón Ribeyro, como otros escritores, se murió por ser fumador; aunque de joven ya lo habían operado por tal motivo, continuó fumando hasta sus últimos días. Miento, sus últimos días ya no pudo fumar, tampoco pudo recoger personalmente el Premio Juan Rulfo por mejor cuentista. Murió el año 94 del siglo pasado. Una frase que puede describir su carácter: «Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar», de André Gide.

El relato habla de la presencia de los cigarrillos en su vida, lo trascendental que fue para él; luego de ser operado se le prescribió que deje el cigarrillo de manera radical, y lo hizo, pero solo por un pequeño tiempo. Confiesa que sin el cigarrillo no podía escribir, y él no podía vivir sin escribir, entonces como vivir sin escribir era como estar muerto, prefirió fumar y así volver a la vida escribiendo hasta que la muerte no deje en él más que rastros de una resistente humareda. Luego de su operación vivió más de veinte años con el cigarrillo en la mano.

Octubre de 2008
AZAÑA ORTEGA

miércoles, 30 de septiembre de 2009

III


Hoy la veo tan distinta que a veces creo que esos recuerdos no son más que historias imaginadas. He dejado de ser su parroquia, acaso porque he crecido y se avergüenza, acaso porque es más estable en sus sentimientos y su conducta ha dejado de ser la de muchacha enamorada, acaso porque las preocupaciones también cambian de rumbo y ya no se tiene tiempo para adentrarse en trivialidades juveniles, acaso porque ahora es madre y debe ser un ejemplo para sus dos hijas, acaso porque la vida enseña y caer en el mismo hoyo dos veces no está permitido. En la actualidad solo acude a mí con sentencias de hermana preocupada por el menor de los hermanos, el más escuálido, ese que parece más un espantapájaros que una persona y sufre de vértigos y también sufre de poesías.

Hermana se acuesta tarde y se levanta primera. Yo me acuesto menos tarde y me levanto último. Por lo general reniega, aunque su carácter risueño no le permite vivir en ese estado. Ya no esconde sus sentimientos, lo que tiene que decir lo dice, se expresa con la mayor libertad posible, ella no se enmascara y deja que su vida sea una apariencia de lo que quiere ser, es ella misma. El temor es para mediocres como su hermano menor, ella no le teme a nada. En realidad, solo hay una cosa a la que le teme, sospecho que por eso lloró la última vez. Intenté ir a consolarla pero hubo algo indeterminado que me detuvo, me fui a mi habitación y presencié la misma tristeza infantil aunque ahora sólo escuchada de lejos; ya no me acerqué, tampoco ella me llamó. El tiempo no cambia, nosotros cambiamos en el tiempo.

setiembre 09
AZAÑA ORTEGA

domingo, 13 de septiembre de 2009

Otra clase de arte


Para establecer un arte se debe tener una técnica. Arte sin técnica no es arte. Son muchas las que me gustaría aprender y ejercerlas con el mayor entusiasmo adentrándome más allá de lo establecido sin diferenciar categorías de pasión o de placer. Sin embargo, existen artes en los cuales por más que uno quisiera educarse, no se podría. Por ejemplo, yo no conseguiría desarrollar el arte de la culinaria, terminaría saboreando cada sazón, comiéndome todo, engordando hasta llegar al punto de no reconocerme en ningún espejo y colmar mi ropero de vestimentas de talla excesiva.

Pero hoy, a pesar de tantos restaurantes, se puede saber muchos oficios pero si no se sabe cocinar, se está en la prehistoria. Se es un hombre que no respeta su estómago y por tanto su vida. Quien no sabe ni siquiera cuestiones básicas, no debería llevar el apelativo de homo sapiens, debería continuar viviendo en cavernas alimentándose de carne cruda y con la frente en alto llevar el rótulo que le corresponde: homo hábilis.

La tendencia moderna a la desidia causa que la gente, con mayor frecuencia, no prepare de modo tradicional los guisos y sopas, sino que compre sobres de alimento instantáneo, y en segundos, haya un plato humeante que espere ser devorado. Pero ninguna preparación etiquetada reemplazará la mano de un buen cocinero y sus secretos y sus trucos para una mejor sazón, así prepare el apurado y perezoso (aunque suculento) Arroz con huevo. Huevos hay para todos los gustos, se viste de mil maneras: en tortillas, en queques, en papas rellenas, en tamales, en papa a la huancaína y uno de los alimentos preferidos de niños y grandes: el huevo frito. No tengo idea de cuándo utilizaron al huevo por primera vez como alimento. Habrá sido un gran avance, tal vez la derrota a un temor religioso. Si los antiguos hubieran sabido que en este tiempo se le iba a utilizar desmedidamente, estoy seguro de que no habrían dejado ovíparo alguno.

Primero se debe tener una sartén muy limpia sino quiere correrse el riesgo de que el huevo (el anfitrión de la mesa) quede pegado. A la hora de voltearlo para dorar la espalda, se destrozaría y en lugar de huevo frito parecería más un huevo hippie, es decir, incongruente a la estética normal de sus consanguíneos que han caído al mismo destino, una especie de voltereta en manicomio. Aceite, sal, si quieren mejor sabor: Ají no moto.

Se echará aceite a la sartén dependiendo de la cantidad que se querrá freír. Dejar reposar hasta que se escuche un tenue ruido incómodo; en ese instante se extraerá el huevo de la bolsa o estuche y con una mano, la derecha de preferencia, se golpeará en cualquier punta cercana, mejor si es en la cocina misma (tendrá esta doble uso, será el instrumento por excelencia). Para romper el cascarón no será necesaria una fuerza hercúlea, bastarán golpes suaves, muy suaves, evitando en todo momento el escándalo. Una vez rajado, se acercará lo más posible a la sartén y, con las dos manos previamente lavadas, sintiendo la calentura del aceite, se le dividirá en dos teniendo en cuenta que se está abriendo no cualquier objeto anodino, sino la virginidad de un cigoto, la yema y la clara que todavía no han sentido los latidos del mundo. Abrirán sus ojos ansiosas de esa luz que se esconde más allá de su celda, más allá de su caverna rosada.

Si se sigue los pasos, deberá caer con delicadeza y cuidado femenino, en caso contrario el peligro acechará de nuevo: el aceite salpica en cualquier parte, tal vez la mano, quizá el brazo, consecuencias peores: en el rostro. Esta experiencia inocente puede convertirse en el trauma que impediría la realización de un poeta del sartén, la imposibilidad de trascendencia en este campo sería calumniada por tal detalle ínfimo. Consecuencia trágica: las generaciones venideras se privarían la sazón del frustrado artista.

Percibirás cómo ante tus ojos se extiende un mar blanco que rodea a un sol pequeño y embarazado. La materia irá tomando consistencia. Aquí no vale adelantar el tiempo, el proceso continuará lento… Si olvidas echar sal, existe la suerte de poder enmendar la negligencia una vez frito, pero es preferible echarla en la sartén cuando está cogiendo el punto excelso. Con una espumadera se volteará con cuidado. Depende mucho de la especie de huevo que se quiere conseguir. Si es a la inglesa, bastará con que apenas se voltee unos segundos, teniendo cuidado de que la yema no se lastime; para menor complicación, solo se salpicará el aceite. En cambio si se desea bien frito, la yema, ese pequeño sol embarazado, se humillará ante la espumadera llorando su amarillo en el territorio de la sartén. Lo principal para saber si ya está en su punto, en este caso, no es por el deleite que el paladar pueda sentir, sino por la percepción.

En un plato, hondo o tendido, se acostará tímidamente el huevo. La posible combinación con algún potaje quedará en las manos del comensal.

Estas observaciones o consejos evitarán preparar un huevo que en la sartén deje de ser huevo para tornarse en el recuerdo de un huevo, la ceniza del huevo que nadie, ni siquiera el mismo que ha frito, se dignará a comer. Motivo por el cual me he tomado el trabajo de investigar acerca de su elaboración y experimentarlo. Y si algún día no tengo qué comer empacharme a punta de huevos fritos y no de cigotos carbonizados. Aquel día, quizás no sin falta de orgullo, seré el artista que fríe huevo y tiempo después crearé mi universidad donde enseñe a freírlos.

setiembre 09
AZAÑA ORTEGA