El sarro ebulliciona y salpica su pútrido germen a los estómagos mentales que cada día se vuelven menos conscientes, más indiferentes con lo que sucede en el derredor humano. Ante esto la palabra es un buen cepillo, solo hay que saberlo utilizar.
*
—Sin ella, mi vida no tiene sentido.
—Consíguete una brújula.
*
—Sabes, he esperado toda mi vida en… en decirte, este,… sabes, este, no sé… Tú, este, yo, este… Estoy, este, enamorado de ti.
—¿Tanto para eso? Perdón, pero esa estupidez díselo a otra, a mí cómprame ropa.
*
—Por fin me dijo que sí.
—¡Feliz día de los inocentes!
*
—Te amo, eres el amor de mi vida…
—Ahora paga la cuenta.
*
—Quisiera ser un gran escritor.
—Pero si ni has acabado El Quijote.
*
—Puta, tú para escribir consumes hierba, ¿no, huevón?
—Es un gran alimento, si los rumiantes lo consumen y están gorditos.
*
—La novela que más me ha gustado es… el de, cómo se llama, pera’, está en la punta de mi lengua, este, ese, pues, cómo se llama,… ¡el que al final se casan!
—No te he preguntado sobre telenovelas mexicanas.
*
—¡La poesía se escribe con la pinga!
—Escribe con la mía.
Poseer anteojos por miopía es lo peor que te puede ocurrir. ¿Por qué?
Ahí va:
1. No faltan los pesados que te piden tus anteojos «un ratito
nomás». ¡Qué espesos!
2. En casa ajena. Te sirven un café calientito: todo el humo opaca
las lunas, y tienes que esperar luengos segundos para que la normalidad se
instale en tus ojos.
3. Llovizna en Lima —lástima que los anteojos no tengan
parabrisas—: obstaculiza tu visión, procedes a sacar el trapito, papel
higiénico, tu polo o lo que sea, para secarlos cada minuto.
4. Estás en la universidad. Cada vez que te quieres lavar, o
simplemente mojar el rostro, estás obligado a quitártelos.
5. Estás sumamente apurado. Solo hay tiempo para cambiarte de polo,
pero antes debes quitarte los anteojos, y una vez puesto el polo, volvértelos a
colocar las patitas en las orejas.
6. Si eres desordenado, mejor no tenerlos. Cita para ir al
cine. «Estoy seguro que los dejé aquí». Cuando los has encontrado, ya es
tarde. Perdiste la cita, y más.
7. Una joven atractiva sube en dirección a la biblioteca. Con el
solo movimiento de pupilas quien no los utiliza puede inclinar la mirada hacia
arriba, pero quien los usa ha de mover, además de los ojos, la cabeza entera
dependiendo el ángulo de inclinación, un movimiento maquinal, vergonzoso. Alzas
la cabeza, arriba más arriba, para mirarla y ella —qué casualidad— gira también:
ve aquella cara de estúpido que en ti ha permutado tras girar de tal modo.
8. Es verano. Una ducha diaria es poco, pero cada vez que te quieres
bañar has de quitártelos.
9. Cuando estás besando si solo uno los usa, es posible dar uno
melifluo sin incomodidad. El problema es cuando ambos los utilizan. Están
besándose y los benditos anteojos se chocan y ese sonido
irrumpe el retozo de lenguas.
10. Menos mal que hoy el uso de anteojos cada vez es más común,
sino sería más fácil molestar para los sujetos que no pierden oportunidad en
incomodar. Hoy la joda es disimulada, solapa te dicen «ahora tienes pinta de
intelectual», que en verdad quiere decir «ahora tienes cara de cojudo».
La yapa:
11. Llegas a tu casa, sea después del trabajo, después de estudiar,
después de pasear... cansado, hasta las patas, sin fuerzas ni para comer; lo
primero que apeteces es tirarte a descansar, como caigas. Sin embargo, lo
primero que necesitas hacer to-dos-los-dí-as, obligatoriamente, religiosamente,
es quitarte los anteojos, y al levantarte, volvértelos a colocar. (Yo, varias
veces, me he olvidado quitármelos, por ello mis anteojos se ponen chuecos o se
rompen. No me pregunten ya cuántos he debido mandarlos a arreglar o cuántos
nuevos he necesitado comprarme. Y tampoco pregunten lo aparatoso que podría
resultar si llegas a un cuarto ajeno con tu pareja).
Estos solo han sido algunos motivos por los cuales hay que evitar utilizarlos,
como sea. Son muchos más, la lista es larga.
MADRE... Hay una, y son todas. Hermoso cuadro. Desde que abrimos los ojos la tenemos. Ella nos carga con sus brazos con la edad de la experiencia. Mueve nuestros primeros pasos. Nos caemos, ella nos levanta. Siempre está a nuestro lado, en las malas y en las buenas, fiel al amor y a los dolores. El amor que tanta falta hace en el mundo. Pero no todos tenemos el lujo de tenerla.
Al igual que la vela encendida se apaga, al igual que la claridad del día se desvanece: todo decae —de picada mortal o de maquillada parsimonia— en el mismo círculo que en un punto u otro, caeremos todos. Al final, el final logra su final.
La vida no rompe una regla: todo viene y se retira.Todos los que tenemos la fortuna de tenerla, querámosla más cada segundo. Ella no quiere que le llevemos un ramo de flores para que adorne su muerte en la fría tumba, solo los actos que se dan en la vida sirven y ayudan, no después. Su día es nuestro, nuestro día es suyo. ¿Acaso ya nos olvidamos de quién nos limpiaba el trasero cuando pequeño?, ¿quién nos ayudó hacer las muchas labores inverosímiles? Ella nos resondra, porque nos quiere. Nos mima, nos adhiere aquel afecto genuino, como nadie más.
No es un amor cualquiera el que se desprende de la novela Memorias de mis putas tristes del escritor latinoamericano Gabriel García Márquez, sino un amor tardío y puro con el que juega el tiempo de tener el último refugio. No, puro no, erótico.
Las malas treguas, el celo abstruso, las tiranas ambiciones de una carne tierna y el olor de la misma sangre que pintó su juventud es la que ve don Sabio para sí en un amor incontenible, confundiendo la vejez en un amor adolescente de febril paroxismo.
La lujuria forma un juego sutil en el que García Márquez embriaga los enlaces para dar al lector la suma de una novela corta de lámina hechicera. Solo tenerla, aunque sea un segundo, y se adentrará en la fragancia mancomunada con la soledad y la pobreza del protagonista que en su nonagenario destapa el añejo tonel de un tierna lujuria, segmento por segmento, como parte del color vespertino que ya habita en sus pasos.
Pueden leerla.
Sin embargo, no es su mejor obra ni de las mejores.
(Escrito el 2007)
AZAÑA ORTEGA, Moisés
domingo, 17 de agosto de 2008
-nuestra actividad diurna establece un vínculo con la realidad disímil al de la noche-
10:25 a. m. Me pregunto qué haces a esta hora. En el instante que lo
leas será ¿qué hiciste en ese momento? En tanto escribo suena «La flor de la
canela» de Chabuca Granda, y en mí agoniza el verbo, se evapora lo que iba a
transcribir: todo lo pensado, incluso lo sentido, se pierde a raíz de los
segundos y por esta debilidad mental. Entonces debo empezar de cero. ¡Rayos!
De una vez, no más metáforas. Dejaré de aburrirte.
El fin de este escrito no es para que te des cuenta que aún existo, que todavía
respiro. Tampoco para reprocharte que las veces que te llamé era porque
necesitaba solventar el gigantesco vacío que inundó mi padre, y necesitaba tu
compañía: sí, tu compañía. Huevonamente tu compañía. Tampoco es para saber si
aún vives. Tengo la certeza de que sí, las malas noticias llegan rápido y tú no
has salido en policiales.
Desde luego que la pasas mejor que yo (de puta
madre). Con tus salidas todos los fines de semana y las amistades y la embriaguez y la llegada a tu casa de madrugada (a
esa hora ribeyriana del alba) y todo lo que ello acarrea. De hecho, por ese
lado sí que la pasas mejor. No obstante, aunque pueda verse mi vida como algo
aburrido, para mí no la es. En resolución, re-so-lu-ci-ón, tanto tú con tu
diversión etílica, como yo con mi diversión aburrida,
la pasamos bien.
Sin embargo, no siempre es de este modo. No todos
los días te vas de parranda, ¿o sí?. Quizá ya has involucionado hasta esa
rutina deprimente. Perdón, quise decir, evolucionado. En fin, desde que inicié
a escribirte ya ha transcurrido algo de cuatro canciones. Pero tampoco te
escribo para decirte qué canciones escucho (ahora blusea Uchpa en quechua).
El porqué de este escrito está en el primer renglón;
aunque de un mundo más general sería: ¿qué ha sido de tu vida desde que no te
veo? ¿Qué has hecho?, o mejor ¿qué haces?, ¿cuáles son tus planes?, ¿lees, o me
das la contra no haciéndolo?, ¿cómo está la relación entre tus padres?, ¿tu hermano
sigue imponiéndose a ti?, ¿has desechado algún pretendiente? Evita contestar
esto último. Prefiero pensar que sigues sola y que no hay algún idiota (otro)
detrás de ti. Contesta mejor: ¿piensas en mí?, ¿por lo menos de vez en cuando?
¿Nunca? ¿Me odias, acaso?... Hay tantas preguntas que se me vienen, pero las
detengo. Ya sabes, muchas veces soy un reprimido de mierda. En fin o en
principio, ya sabes los motivos de este escrito. Está implícito que por mí se
me cruzan tus imágenes e intento retenerlas. Es clásico terminar un escrito con
cuídate, besos, abrazos.
11: 05 a. m. No escapo a lo clásico. Intento.
P.D: Tarde. 14 de agosto. El texto anterior lo
escribí no recuerdo si el 30 o 31 de julio o el 1 o 2 de agosto. No recuerdo,
en serio; qué importa el día, lo importante es que fue escrito. No te lo envié
porque mi computadora estaba y continúa enferma. Lo había escrito en una hoja
de un cuaderno. Recién hoy, en la casa de un familiar, mientras él curaba a la
máquina, yo escribía en la suya. Entonces aprovecho —ya que todavía no ha
llegado a tus ojos estas letras desnutridas— en agregar lo siguiente: supongo
que ya has leído la novela que te presté. Ha pasado buen tiempo para que
pudieras hacerlo. Y si no lo has concluido, ya anda acabándolo, que pronto,
pronto, lo voy a necesitar. Ah, me olvidaba… Me olvidé de nuevo, carajo.
Maldita amnesia. Cuídate.
No siempre, pero a veces, al terminar mis tareas cotidianas de primaria, en las celestes tardes de mi niñez, me sentaba y veía las tonterías de Chavo y su banda, creyendo que Acapulco quedaba a la vuelta de la esquina y que don Ramón continuaba vivo.... "Eso eso eso...". "Se me chispoteó". "Es que no me tienen paciencia". Muchos hemos crecido con el Chavo, con Chapulín... Formó parte de nuestra infancia... hasta que un día crecimos y nos dimos cuenta que...
Aunque reconozco las sonrisas y risotadas que a más de uno ha hecho emerger con los labios en forma de media luna de oreja a oreja, la otra parte del frasco es que invadió y sigue invadiendo la estupidez en muchos niños: nuevas generaciones siguen creciendo para abajo.
Don Ramón era un héroe, qué duda cabe, sí, pero ya es hora de apagar la tele. Enciendan su cerebro, por favor, el mejor homenaje para Chespirito es que apaguen su tele y se pongan a crear. Pero crear de verdad. Ya basta de innecesario hueveo.