martes, 17 de marzo de 2009

Perdón, Vallejo

El sábado Astrid me preguntó por Julio César Vallejo. «¿Julio César Vallejo?». «Sí —insistió— mi profesora me ha dejado que haga su biografía». Le aclaré que su nombre no es el que me dijo, sino: César Abraham. «Julio César, me ha dicho mi profesora», excusó su error.
Cuando le pregunté sobre el origen de Vallejo no supo qué responderme. Astrid cursa el tercer año de secundaria y sin embargo no conoce al más ilustre poeta del S. XX que ha tenido el Perú y Latinoamérica; no sabía nada de él. Este suceso me llevó a la decisión de ir a la calle para preguntar sobre el escritor peruano que ayer, 16 de marzo, se celebró un año más de su nacimiento ocurrido en 1892. Dentro de las respuestas más catastróficas, ridículas, ilustres y hasta hilarantes fueron las siguientes que he transcrito:
*
—¿César Vallejo?... ¡Ah!, en esa universidad estudia mi sobrino.
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—No me hables de fútbol compadre, suficiente con la selección…
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—¿El Ministro?...
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—Nada brother, yo estudié en Pitágoras.
*
—Claro pues hermano, cómo no voy a saber, es un escritor peruano… ¿Va a publicar un nuevo libro?

«Hay, hermanos, muchísimo que hacer». (Poemas humanos. César Vallejo).

Moisés Azaña Ortega

-la indecisión [nos] cojudea-

Moisés Azaña Ortega

jueves, 12 de marzo de 2009

El Sobrino III

A los peloteros de San Marcos*


Tan pésimo era su padre jugando fulbito que de lo único que aceptaban que juegue, era de árbitro; al principio se conformó tocando silbatos, buscó encontrarle ese lado positivo que todos buscan cuando están cagados, pero a la hora de la hora, en la cancha ni siquiera el arquero le hacía caso, nadie lo tomaba en serio, su presencia allí era como Lilia Pizarro (¿profesora?, de lógica) en el aula 2-A de la facultad de Letras en San Marcos, como tu amigo cuando estás enamorando a una chica: puro estorbo; entonces la reducida, la enana, la korina** dignidad que aún le subsistía, echó fuego y tomó la decisión de rescatar su orgullo, aquel lado humano que había perdido o que se había dejado arrancar tornaba de nuevo a la vida, y nunca más arbitró. Tuvo que resignarse a llenar butacas en los estadios, ser espectador y traspasar su esperanza juvenil de quedar campeón con el Boys, en Kukín Flores, pues nunca pudo jugar siquiera una pichanga de verdad y si lo hizo, fue de arquero. Por eso todos se asombraron de la ingénita cualidad futbolística de su hijo, es decir: del Sobrino.



Nunca he tenido miedo cuando dormía con Papá, sin embargo, qué pensarías si de pronto en plena silenciosa madrugada, de la nada en tu habitación empiezan a sonar golpes en la pared cada vez más fuertes: ¿Alan García pidiendo ayuda porque una turba lo quieren linchar por embarrar al Perú por segunda vez? ¿Papá Noel en crisis reclamando los regalos que nunca dejó?, ¿un fantasma rogando que le den un bolso para continuar recogiendo sus pasos?, ¿el mismo fantasma inmolándose queriendo morirse de nuevo porque se ha olvidado el camino, pues muchos otros tienen la misma suela?, ¿un ratero desesperado porque no encuentra nada valioso en casa?... Era el Sobrino de apenas año y meses, golpeándose la cabeza (pobre pared), y por esta insólita característica su animoso y excéntrico padre ya lo veía vestido con la camiseta de la selección peruana o del Sport Boys dirigido por Nolberto Solano u otro hincha de este equipo (¿Chalaca González estaría dirigiendo a la selección sub-Purgatorio o tejiendo chompas en el cielo con San Pedro?), siendo el mayor goleador de la historia del fútbol a punta de goles de cabeza.



Con la pelota de trapo que jueguen los azabaches de Alianza L., a él desde muy niño le compraron su pelota, primero una blanca Viniball de plástico con la que jugaba todo el día, empecinadamente hacía las populares dominaditas: diez, veinte, llegaba a cien, doscientos sin ninguna dificultad como una cualidad natural (también jugaba escondidas con pelota, kiwi, matagente, chapadas con pelota...). Luego la de cuero miBalón, también Adidas, sus zapatillas eran marca Tigre (primero fue Súper Reno, pero exigió que no le compren estas, que se rompen rápido, que sus demás amigos utilizan la marca… Excusas), luego usó las Umbro, hoy las Puma , un short negro sin número, y una camiseta rosada en la que llevaba la insignia del primer campeón del fútbol peruano (S.B.A.), y en la espalda la impresión del «10» que era como sombra a su apellido (también Azaña) en el lado superior del número.



Vestido con esta sublime combinación de colores, pero que en él se veía huachafo porque le quedaba grande, salía a jugar con sus amigos, y como era dueño del balón, se sumían a sus reglas: goles de rodilla pa’ bajo, vale aquero-jugador, cinco goles gana, en la vereda no sale, rompe luna paga solo… Colocaban en medio de la pista dos piedras o pedazos de ladrillos que robaban de alguna vecina que estaba construyendo su vivienda: de ladrillo a ladrillo separaban diez pasos o doce, más o menos, dependiendo de cuan grande o pequeño querían que sea el arco, no obstante las marcas de la pista, en su mayoría de veces, servían de travesaños. Allí, en plena Calle Diez, sus habilidades futbolísticas eran un claro reflejo de la crisis que existía —y existe— en el fútbol nacional: velocidad superada por cualquiera de su edad e incluso menores que él, apenas lograba dar dos pasos con la pelota porque rápidamente se la quitaban, ¿goles?, ni siquiera acertó autogoles, mas esto no llenaba de desilusión al excéntrico padre, pues su esperanza estaba puesta no en los goles que realizaría de pie, sino de cabeza. Estas son pichanguita de barrio, se animaba, él está hecho para jugar fútbol en estadios grandes.



Lo matriculó en el Cantolao, semillero de campeones, aquí tenía que demostrar las facultades ingénitas de las que pregonaba, la ascendencia futbolera que había heredado ¿de su padre?, no, del que escribe, de quién más. A mí, modestia aparte, me han solicitado en varios equipos de campeonatos que se realizaba en el Estadio Los Incas hasta los trece o catorce años, he jugado en todos los puestos; después me dediqué a la guitarra, componer canciones que nadie escuchó, coleccionar cedés de música (me creía un melómano), a las distracciones propias de la adolescencia, a leer para hacer hora, escribir poemas propios de un quinceañero poetastro, ilusionado de quinceañeras que miraban a jóvenes fornidos y apuestos, en consecuencia, no se fijaban en esta piltrafa bípeda que jamás les entregó ni un puto verso pues, como escribe José María Arguedas, los sentimentales son grandes valientes o grandes cobardes, y yo era grandemente cobarde o, en otras palabras, un maricón.



En el Cantolao varió un poco las cosas: en el primer partido metió un gol de cabeza, el que la sigue la consigue, todo fue alegría, su padre se convenció e ilusionó de que el futuro sueldo como jugador profesional podría hacerle dejar el trabajo: «merezco unas vacaciones», además su chamba de regidor en la municipalidad puede terminar en un par de años si no es reelecto: nuevas elecciones, nuevos candidatos, nuevas promesas (¿nuevos engaños?), muy probablemente nuevo alcalde y nuevos regidores, entretanto tiene que continuar hurtando, digo, trabajando con tesón por el pueblo, porque la voz del pueblo es la voz de Dios, no obstante, como Dios es mudo (el muy Zángano continúa en su sétimo día de descanso), el pueblo nunca habla, y si habla o grita, no se le escucha.



La segunda contienda también anota un gol, el del empate, pese a jugar pésimo. Se rebelaba cada vez que lo querían cambiar de puesto (insurrecto, siempre quería ser delantero aunque había demostrado que en el arco era más astuto), o cuando lo sacaban de la cancha debido a su pésimo y característico juego de patear la pierna del rival sin ningún remordimiento, inhumanamente, como se dice por acá: era un machetero. Los siguientes encuentros transcurrieron sin ninguna trascendencia, el Sobrino dejó de asistir (no entraba y se iba al Play), los entrenamientos le aburrían profundamente.



Aún hoy su padre no pierde la esperanza de verlo jugar en el balompié profesional; muchas veces el Sobrino sale y en la calle se pone hacer sus dominaditas con la derecha y la izquierda combinadas con algunas cabecitas y rodillitas, en esto es un genio, no cabe duda, pero es lo único que sabe hacer con el balón, para todo lo demás no es un cojo, es un inválido.



*En especial a Marco Antonio Pizarro y a los hermanos José Carlos y Rosell.
**Ex compañera del 2-A de baja estatura a quien estimo mucho.


Moisés Azaña Ortega

martes, 10 de marzo de 2009

jueves, 5 de marzo de 2009

El Sobrino II

«Quién te ha dado plata para que te compres helado. Estás mal y comiendo esa cosa, después de dónde voy a sacar para comprarte la medicina», pero no era helado, era jabón. Ustedes pueden ver, su plato favorito no era el arroz con pollo como a la mayoría de limeños sino el jabón Bolívar, acaso creía que con ello su espíritu se blanqueaba, despercudía las manchas inocentes que sin saber tenía. Los comerciales aún no habían preñado en él esas ideas fantásticas que después de lavada la ropa se vuelven más nuevas, si fuera así mis polos y pantalones no se verían tan percudidos y —¿qué vergüenza?— andrajosos.

Para que no alcanzara a degustar del jabón tuvieron que colocarlo arriba de la vitrina, supuesto lugar imposible para el Sobrino, pero la solución estaba al alcance de su mano: una silla, sin embargo no sabía que allí lo habían escondido, entonces —millonario que de noche a la mañana es pobre y su desayuno se convierte apenas en agua cruda y pan con bromato— se conformó con saborear cualquier jabón; primera víctima: el jabón de Papá, su preciado Heno de Pravia se desintegró a mordiscos y arañazos y Papá se fue al trabajo sin bañarse, no había de otra, Viejo, tú no querías utilizar jabón de nadie y a esa hora las tiendas se mantenían hieráticas, cerradas a cualquier individuo madrugador: don Azaña cortó un limoncito y se echó en las axilas para disimular el mal olor y salió al trabajo (¿los compañeros laborales se habrán percatado de cierto hedor que en el transcurso del día el limoncito no pudo ocultar?). La segunda víctima: la sobra del jabón Palmolive de Mamá, ese rasguño que apenas servía para lavarse el rostro, pero a Mamá nadie le agarra sus cosas, ¡caracho!, ella tampoco agarra de nadie, respeto guarda respeto… Se armó el escándalo, Mamá ganó, le compraron jabón nuevo.

Lo curioso es que al Sobrino pese a que le llamaban la atención una y otra vez incansablemente, continuaba comiéndose jabones que encontraba en los lugares más recónditos, sitios insospechables, escondites que ni el mejor buscón o investigador encontraría, pero él tenía olfato para rastrear jabones: jabón de cara, de ropa blanca, de colores, de perro (¿existe de perro? Pero a Keisser lo bañan con champú, en fin), jabones con olor a durazno, a pera, a limón, a fresita,… y todo el mercado, jabones sin olor y jabones de dudosa procedencia.

Pero lo más curioso es que no se enfermaba, «te vas a morir peor que perro con sarna si sigues comiendo jabón, vas a ver», pero ni se ha muerto y tampoco se enfermó, su estómago parece diseñado para soportar cualquier tipo de bodrio, es un estómago del futuro, sospecho que los estómagos de acá a unos veinte, cincuenta, cien años o más, serán superiores si seguimos la evolución de las especies que habló Darwin y postulan los neodarwinistas, entonces los sufridos estómagos —que hoy reciben cerveza, vino pintalabios de dos cincuenta, cañazos de luca (un nuevo sol) de la mamá de Potoblanco, rataburguers de la tía Veneno, salchipapas de la esquina por donde pasan millares de micros gritando «toda la Arequipa / al fondo hay asiento, al fondo entran cuatro, apégate pe’ primo / por favor señora apéguese pe’, todos quieren viajar / No señito, aquí no se puede bajar, el paradero es de aquí a cinco cuadras», en almuerzos tu rica gaseosa Kola Real y tu triple o empanada de sol o sol veinte o sol cincuenta o tres noventa (depende donde quieras morir)— se convertirán en gruesas capas de roer… Siguiendo esa lógica, Adrian tiene un estómago adelantado, poderoso contra cualquier insecticida. Ahora aparece, se acerca, ve que escribo, «¿qué escribes, ah!», «la historia de un niño que come jabón», «huevaadas escribes, vamo’ a jugar Play». Lo acompaño al Play, sé que le ganaré en wining level 3 pero él me ganará en el level 15; en el camino pienso que el Sobrino de hoy ya no come jabón, ahora le gusta el jamón, más tarde le gustará otra clase de jamón, la ley de la vida.



Azaña Ortega

viernes, 27 de febrero de 2009

Alias la Gringa o La película que nunca te contó

Duda en contarte que ha visto Alias la Gringa, película peruana de Alberto Durant sobre un reo experto en las fugas. Primera imagen: la Gringa, escapándose del Penal, se lanza de una muralla; el Loco lo espera jadeante, sudoroso. Tres vigías con polos blancos y gorras circulan con lámparas y perros aplastando los desperdicios que el día ha dejado amontonado en la vía pública. En plena noche un punto lejano de luz quiebra la visión, cierto sonido monótono crece: un tren se aproxima. Continúan escondidos los prófugos apoyados por la bruma y el muro. Segundos se eternizan hasta que por el ferrocarril pasa la luz que ha crecido, la Gringa corre tras el tren; los centinelas, alarmados, se percatan: balas y balas y balas, confluyen ladridos y gritos de animales racionales y no racionales, el tren confunde y agranda la bulla, los disparos se trenzan con el sonido metálico del ferroviario. La Gringa se sube al tren, fuga.

Piensa si contártelo o no, podría no interesarte, imagina, aunque sabe —según tú le has dicho— que te agrada cuando él te escribe. Deja el lapicero, va a la tienda, compra una galleta San Jorge y un agua mineral San Mateo (ya que no va a la Iglesia, se comerá y beberá a los santos convertidos en productos de lucro); regresa y continúa sin saber qué escribir. Coloridas imágenes del filme aún le gobiernan, exportarlas a las hojas sería buen modo de perpetuarlas en sus carcomidas sienes. «…debió salir en los periódicos, esa fuga fue como para primera plana, si no hubiese sido por el cochasumadre del Loco Luna», habla con mirada vacía mientras acaricia la pierna de Julia echada en la cama, cierra los ojos: «Hijo de puta González, conchesumadre, ya te jodiste, te jodiste, hijos de mierda», grita el Loco —arma de fuego en dirección al seso del guardia—, pero, antes de que dispare, la Gringa le regresa agarrándole del hombro para que el Loco no presione el gatillo y frustre la fuga, los disparos igual salen aunque desviados. «Tranquilo, con el tren nos vamos», trata de calmar al Loco Luna. «¡Hijo de perra, la cagaste!», reniega el Loco. «Vámonos Loco, no la embarres más». «Conchatumadre, el que la está embarrando eres tú… González, González!, ¡mira!», grita Luna enseñándole el revólver, acto seguido dispara.

—¡Al tren Loco, ahora o nunca!

Y agachado —ojos en el suelo, jorobado, como si buscase dinero— marcha pero sin correr, trota sobre el suelo de piedras y tierra y va acelerando la velocidad. Atrás, el Loco viene, sigue las huellas pero gira y dispara a los guardias y el tren continúa por la línea ferroviaria con la luz y su claxon monocorde y chillón van creciendo, y los perros ladran y ladran y continúan los disparos y prorrumpen chispas en el tren al hundir las balas. Y de pronto una bala en el hombro del Loco, se desploma Luna, herido, grita: «Te jodiste conmigo Gringa, te jodiste». La Gringa ya subió al tren, no era la primera vez que fugaba.

Jorge Venegas alias la Gringa mantiene una relación amorosa con Julia quien hace lo imposible para que él salga de la prisión legalmente, no obstante, impaciente no puede con su genio, se escapa de uno y otro Penal. Deja de acariciar los muslos de Julia, alarmado, se pone de pie al sentir que la puerta de madera que cerraron con llave recibe golpes hasta que cae, no le queda duda: vienen por él. Rápido se viste el pantalón, entran los policías: «Te jodiste, Gringa».

Lo llevan a la cárcel del Frontón ubicada en una isla, allí conoce a Montes el primer día.

— «Martha, Martha, tus caricias, tus delicias», canta Montes.

—«Julia, Julia, tus caricias, tus delicias», remeda la Gringa, cambiando el nombre. Aunque en ese momento no se ven la cara, inician una amistad que el tiempo —destructor y hacedor de todo y todos— encerrados en ese hervidero de chuzos y cuchillos. Montes es profesor de Lingüística en San Marcos, injustamente encerrado como preso político; lo confundieron, pensaron que era un terrorista por solo encontrarlo leyendo una propaganda de Sendero Luminoso. Le gusta la ópera y la canta, tiene una radio donde la escucha para distraerse y esquivar la deprimente e inhumana realidad en la que está obligado a sobrevivir hasta que algún día —quizá remota, cercana o utópica—, le llegue la amnistía que tanto reclama cada vez que puede. Amnistía que parece cerca, amnistía que se aleja, amnistía que le tuerce de cólera, que le impacienta, que nunca llega, que en lugar de crear una esperanza, la mata.

En el Penal la Gringa se reencuentra con el Viejo, amigo de antaño, homosexual, decente, leal, quien produce bolsas de paja para ganarse algo para la paila, el derecho a no estar ausente. Tiene más años en prisión que el Profesor (Montes) y ya no cree en amnistías, también esperó durante años en vano y ahora solo espera cumplir su condena. Está cansado, ahora vive con la certeza que acompaña a los desahuciados. Para siempre allí entre rejas, entre reos, entre lamentos bajo el sol del Frontón.

Quisiera decirte todo esto, pero solo lo piensa, no quiere hacer un resumen de la película, sería mejor, reflexiona, que la veas. Para qué contarte: cuando alguien cuenta una historia de la historia deja de ser en sí la historia, se convierte en una representación, en una copia, en una imagen falsa. No obstante, él casi está convencido de que no vas a conseguir este film, además el que ha visto no es nítido, cree entonces que no sería un error contártelo, pero no como un resumen, sino con fragmentos, imágenes que flotan en su cabeza. Comenzar contarte el film así de repente… Duda, no se pone de acuerdo, sale al balcón a tomar aire, la calle sin ganas tiene el color de noviembre, ebrio, pálido, en espera de que sea enero, febrero. Se pregunta si entre Julia del cineasta Durant y la tía Julia del escritor Vargas Llosa hay alguna semejanza, y por qué no, pero le da flojera enumerarlas. Recuerda que nunca en su vida a conocido a ninguna Julia, menos mal, se dice: qué feo nombre. Cuando está ensimismado en esos pensamientos, tocan el timbre.

—¿Se encuentra Julia?

—¿Julia? —aquí no vive ninguna Julia, se ha equivocado, señor, piensa decir, pero…—: ¿La del cineasta o del escritor?

El señor de gorra amarilla con cuaderno en mano, le mira extraño, como si le dijera no busco a ninguna de ellas, busco a la de la vida real. Regresa a su habitación sobresaltado y alegre a contarte esa anécdota, la película puede esperar, te la puede contar otro día.

noviembre de 2008

Moisés Azaña Ortega

sábado, 21 de febrero de 2009

Yo no soy yo*

Ya no soy yo; este oído, este tacto, este olfato, este paladar… no me pertenecen. Soy una mala imitación de lo que no quise ser, una vida que trata de ser persona, conciencia que invade en los territorios de lo humano: se compadece, se alegra, se enoja, se entristece para cumplir con los requisitos establecidos de vivir: no hay vida sin sufrimiento, sin moralejas, sin paradojas, sin amores, no hay; sin embargo, esta imitación no encuentra el ingenio que logre humanizarme, que vuelva a lo que un día dejé de ser. No; soy algo más que carne y esqueleto, más que barba y labios, más que manos y pestañas: un proceso, materia que se transforma, materia con lengua y dedos con agua y sed, con días, electricidad, párrafos… Soy una novela sin título.

* Por sugerencia de Mel he cambiado Yo: novela sin título, por el título primigenio.
Moisés Azaña

jueves, 19 de febrero de 2009

EN QUÉ PASADO QUEDÓ NUESTRO PRESENTE


Dejamos de querernos, de vernos a través de los renglones, de explotar en risas como tontos tras una película, unos comentarios o solo por chistes monces que te contaba, de rebuscar libros de segunda o quinta mano en Amazonas, de sentarnos en el pórtico de tu casa por el simple placer de estar juntos, de consentir que la noche nos descomponga hasta que solo seamos un abrazo o una discusión y luego caminar sobre las noches anocheciéndonos y comprar ensalada de fruta (solo una para ambos, nos creíamos muy románticos, pero lo cierto es que éramos unos misios totales)… 

Dejamos de querernos, así de simple. 

Dejamos de lado aquellos estrafalarios sobrenombres, murieron con nosotros. Nuestro avinagrado regocijo que brindó períodos solemnes, ahora se revuelca en un tacho de recuerdos, una memoria sin huesos, un hilo que pende de fechas sin horarios. Acaso es la nostalgia la que coloca palabras en mis dedos, acaso es el desconsuelo de no haberte pulverizado entre mis brazos, acaso es el simple matasellos de minar un aroma por ciertos fragmentos olvidados. Se rompió, no sé cómo, no sé cuándo, no sé por qué, no sé, no entiendo… Ribeyro escribió, desde su personaje Luder, en respuesta al dicho de que siempre hay un roto para un descosido, que él (Luder), no era ni roto ni descosido, sino un remendado. También yo (piltrafa bípeda), he sido remendado, pero, lastimosamente, con manos de sastres improvisadas, aprendices en esa sustancia inmaterial donde los sentidos se tupen: emponzoñan albedríos; en consecuencia, lograron hacer de mí un mal remiendo, un remache que a duras penas se sostiene en el aire, materia amorfa que cojea en esa huerta. Debo encontrar nuevos hilos para coserme, quizá masilla, quizá moco extraído de alguna nariz deípara que consiga soldarme en un solo cuerpo.

A priori sé que no leerás estas palabras, en un inicio lo hacías con devoción religiosa, hoy esto te parece una pérdida de tiempo, un modo de agonizar el reloj, una manera de adelantar la muerte; te da mucha lástima que pierda mis días escribiendo estulticias. Prefieres (preferías) que esté contigo: conversar en tu casa, escuchar las mil historias nuevas que tienes en tu alma como ánfora, reírnos por las huevas (por las puras huevas), momificar rutinariamente los paseos, y toda esa mierda que hacíamos —no es momento para escribirlas, para qué, tampoco lo leerás: jamás te lo enviaré—, sorprendernos de que existimos y de que estamos juntos no estándolo: puta madre. Tiempo que no nos vemos, nuestro orgullo puede más que las promesas, más que nuestros sentires ridículos que infantilmente encarcelamos. Hoy desertamos del presente para que en el siguiente presente nos echemos, nuevamente como huevones, la culpa el uno al otro.

Moisés Azaña Ortega

miércoles, 18 de febrero de 2009


-cómo se divierte el tiempo caminando veloz 
y disimuladamente envejeciéndonos-

Moisés Azaña Ortega

lunes, 9 de febrero de 2009

MINÚSCULA SATISFACCIÓN (SOBRE FÚTBOL Y OTRAS VANAS ILUSIONES)


Todavía los de mi generación no han gozado de un mundial de fútbol, es decir no han visto a la selección peruana patear el balón en un partido mundialista. Los que nacieron antes del mundial de Argentina-78 se dan el lujo de decir «Yo sí los he visto jugar —y agregan irónicos—: tú te morirás y nunca los habrás visto». No sé si es síndrome de petulancia o de pesimismo. Quizá las dos cosas. Pueden ellos tener en su pecho ese orgullo pueril, sin embargo, su jactancia se la derriba con solo decirles que ya están viejos y que a ciencia cierta no sabrán si llegaremos a verlos, pues estarán bajo tierra. A los de mi generación nos queda la vaporosa alegría de haber presenciado a la selección peruana sub-17 en el mundial y jugando memorables partidos. A Brasil le ganamos (me inmiscuyo para que la felicidad sea mayor), también a… A varios más. Total, se llegó al mundial y se hizo un buen papel.

Las esperanzas, ahora, estuvieron puestas en las Olimpiadas Beijing, y habrá que contestarse con el cuarto puesto de… Con qué poco se nos contenta, carajo. Claro, todo esto tiene como raíz la mala administración y el pésimo cargo de dirigentes mediocres que lo único que administran bien es su bolsillo. Pero la bilis para otro momento. Y como se nos contenta con tan poco, hablando en materia futbolística, se mira con «buenos ojos» (quizá sea mejor sin comillas) a los equipos que compiten por el título nacional. Mirando desde esta butaca noto que la mayoría de los peruanos han obtenido una inmensa alegría, puesto que —me es difícil aceptarlo, carajo; dilo, dilo...— la gran parte del Perú son hinchas (y cómo hinchan estos gilipollas) de Alianza Lima y Universitario de Deportes, siendo estos dos los que tienen más adeptos y más títulos nacionales. En consecuencia, la mayoría ha gozado, conoce el sabor del júbilo tras ver al equipo de sus amores alzar la copa dando la vuelta olímpica «¡somos campeones, carajo!». Yo, sólo los observo de lejitos.


Otros, en cambio, tienen que ser partidarios de equipos antagónicos a los suyos cuando los clasificados se enfrentan a equipos extranjeros; todos establecerse como unidad, unísono al ulular de las barras, en ese instante se borran los colores de la camiseta que se defiende en el año y somos, aunque efímeramente, «hinchas» del club que defiende al Perú, jueguen la Copa Libertadores u otro campeonato foráneo. Por ejemplo, quién no fue hincha de Cienciano siquiera unos minutos y no gritó ¡¡GOL!!, cuando le ganó a River Plate quedando campeón de la Sudamericana. Quién no estuvo mordiéndose la lengua de puro nervios cuando se disputaban en penales la Copa de Campeones con Boca Junior, coronándose Cienciano nuevamente campeón al derrotar una vez más a otro equipo argentino. Nadie niegue que cantó el «Upa que upa upa, upa pa pa (…) Cienciano es el papá». Todos un mismo canto, una misma alegría, todos fuimos Perú. Cuando pedí, a primera hora de la mañana siguiente, un diario deportivo, ya no había siquiera uno. El que madruga Dios le ayuda, y ese día todos madrugaron para releer una y otra vez, y convencerse de que no fue un sueño: Cienciano ganó al tantas veces campeón de la Libertadores Boca Juniors, también a River Plate. Alegrías de las fuentes del fútbol. No obstante, mi alegría hubiera sido triple; qué digo triple, óctuplo (y es poco todavía), si el equipo campeón habría sido el mío: SPORT BOYS ASOCIATTION (S.B.A.).



Mientras hay vida, hay lucha. Y el Sport Boys hoy lucha, pero la baja. La baja —explico por si no saben— es cuando un equipo se elimina del campeonato profesional (primera división) y juega la segunda división donde, para que vuelva al campeonato profesional, debe quedar campeón. Y el Sport Boys la está luchando, está sacando todo su potencial de sus chimpunes, jugándolas una por una todas las jugadas, solo falta que Ñol Solano venga a ponerse la rosada, camiseta de sus amores, y volteemos la página nefasta de estar entre los últimos.


Al no poder ver a la selección peruana en un mundial de mayores, tampoco disfrutar de mi equipo como campeón en el descentralizado nacional, debo satisfacerme solo con sus triunfos o, por último, con algún gol que moja a las redes a pesar de que pierda, pero siempre el incondicional coro de la Negra que asiste a todos las disputas y de los hinchas mártires que cantan «¡Vamos Boys... quiero ver Otro gol en tu score Y sentir el rugir del viril Chim Pum Callao...!».

Tenía apenas tres o cuatro años el día que mi hermano me enseñó ese estribillo, himno de la otrora Aplanadora Rosa o Misilera Rosada que incluso ganó a Alemania en Berlín. Íbamos al estadio Nacional, jugaba con un extraño equipo que lleva cierto rótulo simple y feo en el pecho: «U», camiseta y short color de gallina de techo. «Ese fue gol, ese fue gol: árbitro idiota», escuché que mi hermano exclamó cuando el señor de vestimenta de cura anuló el gol rosado. Igual salimos con la cabeza en alto pues el árbitro fue comprado, Boys había perdido injustamente por la mínima diferencia: un gol. Esa fue la explicación expresada por mi hermano y yo la tengo como una certeza inexorable. Al menos grité el gol anulado y conocí al entonces ídolo «Kukín» Flores. 

Hoy, esas alegrías pequeñas, el gol anulado, la gaseosa y la canchita que costaba cien por ciento más que afuera, el vitoreo con que clamaban que ingrese «Kukín», la hinchada que no parecía humana, nunca dejaban de cantar ni un segundo, con qué regocijo me invaden en este instante, sobre todo ahora que el Boys ha ganado al campeón del clausura, a ese mismo con que se enfrentó el día que por primera vez pisé el Nacional: tres goles a uno, chúpate esa, Gallina. 

Aunque les duela, Gallinas, Monos, Pavos… con la piltrafa de equipo que tiene el Boys, además de estar endeudados, no entrenar, es decir, problemas hasta de hongo y uñero, pudo ganar, y dejar en este inmolado hincha el sabor a gol, a triunfo, a soñar campeón.

agosto de 2008

Moisés Azaña Ortega

viernes, 6 de febrero de 2009


-cuántos seis de febreros más estarás a mi lado. 
Todos.
Feliz cumpleaños, mamá
Te amo-


Moisés Azaña Ortega