martes, 3 de agosto de 2010

domingo, 25 de julio de 2010

Ya es domingo, visto un buzo beige, un polo suelto y una sandalia azul: implementos que el hombre tiene como protector del frío y del pudor. Solo faltan dos días para festejar la mentira de nuestra independencia y tres para presenciar la marcha de sujetos disfrazados de verde, de blanco, con insignias, galones y quepís, botas brillantes, fusiles y zapatos de charol. Exhibición lastimosa de nuestras fuerzas armadas. Ni siquiera sus trajes les cubre el pudor, solo los tienen como arma de respeto, sin él son nada, como dijo la abuela de Facundo Cabral: «¡qué carajo es un coronel desnudo!».

Julio 2009
AZAÑA ORTEGA

domingo, 6 de junio de 2010

El dolor de la indiferencia es peor que el de las balas. YUYANAPAQ. Para recordar

Hacer una exposición fotográfica no es fácil. No solo se necesita tiempo, también constancia, porque nunca falta uno u otro percance que interrumpa los entusiasmos y las buenas iniciativas. Esta semana se han expuesto fotografías sobre el conflicto armado iniciado en los ochenta en el interior del Perú. Pudo realizarse gracias a Carolina, Oswaldo e Ivonne, quienes por voluntad propia y sin fines más que los de concientizar, se dieron el trabajo que nadie esperaba sentir en el pasadizo de la facultad de Letras y Ciencias Humanas de San Marcos. Además de las fotos, también hay citas de escritores y comentarios de alumnos y docentes. A mí me encargaron uno y es justamente el que a continuación expondré.





¿Acaso nacimos para matar? ¿Qué se gana con una muerte? Quizá nos preguntemos dónde está Dios, pregunta vana y sin respuesta. Detengámonos un segundo y reflexionemos sobre el conflicto armado, la lucha interna que no acaba y acontece allí donde tú escondes los ojos.




Una lucha tonta la del pueblo contra el pueblo. Esto no es de ayer, es de siempre. Se dice que inició el diecisiete de mayo, pero nadie puede concebir con exactitud el inicio de este dolor —las lágrimas son esclavas de la tristeza—, lo que sabemos es que todavía continúa y continuará en tanto haya injusticia, en tanto el mundo albergue en su pecho ambiciones inútiles a costa de pisotear la vida de los otros, y que en nombres honoríficos y de Dios matan luego de persignarse y dar oraciones. No se cumple 30 años de que haya empezado, esto principió cuando el desconsuelo y la indiferencia, el mayor de los pecados, empezaron a caminar juntos hasta desequilibrar un largo presente que todavía sufre y se agiganta.

Lo peor no es que haya sucedido, lo peor es que aún vivimos creyendo que nunca sucedió. O lo que es lo mismo: indiferentes como si nunca haya sucedido. Seguimos viviendo de espaldas al dolor. Esta realidad en tanto no nos choque es una realidad extraña y de congoja efímera. ¿Qué hubieras sentido si uno de los desaparecidos hubiera sido tu padre, tu hermano o un amigo? Tal vez como ellos todavía conservarías la esperanza de un día verlos regresar.


mayo 2010



AZAÑA ORTEGA

lunes, 24 de mayo de 2010

Crepúsculo de medianoche

Por fin te veo hermosa. Y es demasiado tarde. Es mentira eso de que nunca es tarde, contigo siempre lo ha sido, contigo solo he vivido numerosas canciones sin tocar, fuimos la orilla de un mar que nunca tuvo agua. Hace tiempo que no pienso en ti, hace tiempo que no escribo nada para ti. ¿Acaso alguna vez lo hice?

Cuando leo los renglones que te garabateé, me parecen tan artificiosos que no sé si reírme o sonrojarme, yo no tuve la culpa de esos desvelos, de las palabras rebuscadas, de las frases surgidas del delirio y Es que fuiste tan tierna, tan dramática, tan bonita, tan moralista, tan blancura y tan puntual que yo era la incongruencia en tu vida, la errata del párrafo, la mancha del crepúsculo. Nunca debiste coger la ilusión por los cuellos, jamás debiste asistir a lo sueños del canto, porque aunque a todo Edén le gustaba tu voz, yo no determino aún qué sentía al escucharte; claro que me alegró que me compongas esa canción y que me la cantaras en ese parque anónimo, claro que me embelesó tus besos, tus ojitos marrones, tus manos suaves, blancas y tímidas, claro que me encantó acariciarte la cintura, pellizcarte los cachetes y con mis labios escribir en tus senos que te quiero. Y ahora sé que Fue tonto perderte, pero más tonto fue que hayamos creído en el amor, que hayamos intentado no renunciar a nuestra imperfección y sujetar cielos en busca de soluciones ilusorias, lo mejor era la renuncia inmediata, no dejar que mi agnosticismo interrumpa el sendero e ir en busca de tu fe a reconciliarnos cada uno por su propio camino.

Acostarnos en una oración fue nuestro peor pecado, nuestra mayor impiedad; tu devoción no resistió al vínculo rebelde de lo mortífero y el peligro se incendió en inútil sed de lo eterno. Pero fuimos demasiado mortales, un laberinto de efervescencias que se perdían en la distancia y regresaban imantados en el siguiente verso. Creías según las circunstancias y a veces te daba miedo una llovizna, terror un temblorcito, un pájaro negro; las lágrimas te recordaban todas las antífonas que tus padres te enseñaron, Levítico, Nehemías, Tesalonicenses, la Iglesia de los domingos, las homilías de los almuerzos, pero ya ves, fuimos torpes, unos niños ineducados y sin respeto invadidos de esa ajena curiosidad que se desarrollaban en los instantes perpetuos en que creíamos ser felices.

Acaramelados ya en la inexistencia de la renuncia, en la situación imperecedera, siempre venías, siempre iba, siempre moríamos, siempre el cielo, siempre la cruz, siempre dolía, pero yo, un individuo sin el arte de la batalla, no contuve el golpe que extrapoló nuestra Biblia y erigió su siglo escolástico, nos arrinconó al Apocalipsis, nos abandonó desnudos en medio del caos. Desganado y apático para los vínculos sagrados, todo fue coincidiendo ante la Providencia, y nuestra libertad fue encarcelándose en el mismo destino, un fracaso que espera, la total ausencia de iniciativa, la lamentable aceptación de no ser la pareja ideal. Y quizá eso era lo mejor para los dos, hora de fundar la inescrutable risa de Tántalo, hora de abrir los ojos al imbécil afán de armonizar nuestros mundos diferentes. Creíamos (suponíamos) construir un Aposento y anduvimos edificando el abismo en que tenderíamos la almohada y la sábana para acostarnos hasta extinguirnos.

A lo mejor sí lo sabía, pero jamás intenté comprenderlo, tampoco intenté falsear los instantes (lo único existente entre nosotros), neurasténico mundo de relámpagos, de fuegos, de hielos, de esperas, de tardanzas, la maldad de conocernos, el injusto momento de intentar el corazón. Jamás debiste conocer la guitarra, la composición, el arte, la poesía, ese mundo no era el tuyo, pero te acercaste inocente a descubrirlo en mala época, en malas manos, él amando soledad de inviernos, ella acariciando el do sostenido bajo las sombras de verano, diste el inicio, el resto fue de ambos, visitamos las puertas, abrimos las persianas, nos envenenamos de canciones, las paredes se multiplicaron, los libros se redujeron, las exposiciones se rindieron a nuestras manos, el teatro lo guardamos en nuestros ojos, ambición tonta de conocernos, la maldición del milagro, el principio del calvario. Nos olvidamos de nosotros mismos para estar cada uno en el infierno del otro, cambio de horarios y de epidermis, y tal vez allí empezamos a desquerernos, nuestro tejido no soportó envolverse demasiado en mantas que no eran suyas y un día aparecimos tirados sin cuerpo sin alma y con una lágrima entre los dedos. La renuncia había llegado, cada uno en su cuerpo y con una mochila de caminos. Era lo mejor. Lo era, lo era en esos días, pero ya no lo es hoy.

Ahora, cada noche, antes de acostarme, veo las cuatro paredes y nunca te recuerdo, la distancia que hemos sembrado nos separa tanto que cualquier ensayo de acercamiento nos congela, llegar a ti es llegar metafísicamente al pasado, fácticamente a la aquiescencia verde de la que huyo. Sin embargo, cuando la noche deja de ser noche y se convierte en sueño, en un momento parece que llegas (el alejamiento que nunca acordamos se acorta, lo huelo, puedo columpiarme en él). Llegas callada y fría en busca de almohada y de palabras. Pero yo continúo durmiendo solo contigo mismo.

enero 2010
AZAÑA ORTEGA

domingo, 9 de mayo de 2010

Vida, qué impredecible, pasa tan rápido que todo parece ayer (nunca presente) sujetándose siempre del futuro donde vive nuestra esperanza, la ilusión por progresar y no ser uno más de la muchedumbre, pero lo somos y así moriremos por más que logremos alguna tras-cen-den-cia. Quién recuerda a Renoir, quién conmemora a Hitchcock, quién piensa en Hesíodo, quién habla sobre Diógenes, quién vibra con Armstrong, quién siente a Grieg, quién conoce a Vallejo. Grupos reducidos y casi herméticos, tipos de cigarrillos y de orgullos por una cul-tu-ra aprendida, letrados con inodoros en la cabeza.

El mundo es grande, y de esa grandeza, solo un retazo recuerda a esos hombres inmortales que están muertos (dulce paradoja); los demás ignoran las plumas, los acordes, las pinturas; no son más que célebres desconocidos —por ejemplo Darwin: lo conocen mas no lo leen—, son muy pasado para tenerlos presente, cosas viejas que sirven más de esnobismo que de solución a los problemas. La mayoría está preocupada por el hambre, por la enfermedad, por el colegio, el continuo devenir. Los trapos de la cultura no son fácilmente bienvenidos en las familias, hay tanto por hacer y deshacer como para perder segundos contemplando un cuadro de Dalí o leer una obra de Dostoievski.

abril 2010
AZAÑA ORTEGA

viernes, 30 de abril de 2010

Nunca creí que la muerte fuera tan dura y rápida, y mucho menos presumí que al igual que la vida, la muerte también continúa, prolonga su existencia: florece. Escarba océanos en el alma y, en realidad, jamás muere. La muerte vive, y su existencia duele más que los sufrimientos cotidianos.

mayo 2009
AZAÑA ORTEGA

viernes, 23 de abril de 2010

viernes, 16 de abril de 2010

Vallejo en el corazón

Ayer 15 de abril se volvió a morir César Vallejo. Digamos que se ha muerto 70 veces. Y digamos también que está más vivo que algunos de sus colegas que se reeditan cada año y que se suicidaron de un sueldazo en la sien en plena hacienda pública.

Vallejo es un poeta que pocos han leído, que muy pocos han entendido y que todos aplauden porque eso es lo correcto y porque, además, se le recuerda en su fase de modernista hablando de los heraldos negros que nos manda la muerte.

Pero ese no es el Vallejo que fue reivindicado póstumamente. El Vallejo que fue reconocido cuando ya era tarde es el que hizo sufrir y sufrió en los Poemas Humanos y el que ardió de cólera y lloró como un niño en los poemas dedicados a España. También es el Vallejo experimentoso y sentimental de “Trilce”, escrito para desafiar lo chocanesco –con todo lo que eso puede significar–.

Lo más genial de Vallejo es su relación con el idioma. No exagero si digo que con él las palabras conocen sentidos distintos y los sentidos se expresan con palabras nuevas. Vallejo amaba el idioma español pero, al mismo tiempo, lo galopaba sin piedad, lo extenuaba en aventuras descubridoras. Vallejo no se cansa de navegar corriente arriba y de fundar nuevas comarcas de las que huye tan pronto lo aburren. Vallejo es un mujeriego del idioma. Y por eso es tan intratable para muchos traductores.

“Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas…” dice para confirmarnos que la crueldad de la guerra se lleva al padre y al marido pero también al luchador que es parte del nosotros. Y como para Vallejo la muerte siempre es “lacónico suceso”, añade:
“Lo han matado suavemente
entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez,
a la hora del fuego, al año del balazo,
y cuando andaba cerca ya de todo”.

Como saben los lectores de Vallejo, este Pedro Rojas guerrillero y antifranquista termina resucitando laicamente, como aquel otro combatiente del archiconocido poema “Masa”. Porque Vallejo resucita a quien no debe morir y, como no cree demasiado en Dios, acude al poder popular y a la voluntad del herido tumulto para lograrlo. Por eso es que Rojas, levantado entre los muertos, vuelve a escribir con el dedo en el aire “¡Viban los compañeros! Pedro Rojas”.

Nadie había hecho bodas tan notables de la rabia y la ternura. Nadie había ensayado tan radicalmente con las palabras ni con la emoción. Hay veces en que Vallejo parece tener más ojos, más oídos, más nervios y más capacidad de ser solidario que el más sensible de sus prójimos. Bueno, eso se llama, abreviadamente, genialidad.

“Ahí pasa la muerte por ¬Irún:
sus pasos de acordeón, su palabrota,
su metro del tejido que te dije…
¡Llamadla! Hay que seguirla
hasta el pie de los tanques enemigos,
que la muerte es un ser sido a la fuerza,
cuyo principio y fin llevo grabados
a la cabeza de mis ilusiones,
por mucho que ella corra el peligro corriente
que tú sabes
y que haga como que hace que me ignora”.

La muerte no lo ignoró aquel abril de 1938, a los 46 años de su edad. Vengativa, lo visitó en la cama modesta de aquella clínica del boulevard Arago, donde vivió los últimos tramos de ese matrimonio que yo siempre he imaginado como espantoso. Su viuda contaría, años después, que Vallejo se murió sin diagnóstico y así se hizo notar en el certificado de defunción. Gerardo Diego, a quien madame Vallejo odió siempre, ha descrito la hambruna que se sufría en esa casa.

El Perú oficial despreció a Vallejo. Clemente Palma, el crítico literario más importante de la Lima que Vallejo merodeó sin demasiadas ganas, se burló del poeta y vaticinó su defunción literaria. También estuvo lo del incendio en el norte, un capítulo que acaba de recordar notablemente Eduardo González Viaña. Es cierto que José Carlos Mariátegui vislumbró al genio, pero la voz del fundador del socialismo peruano no era en ese momento tan importante como lo fue cuando la historia lo puso en la cumbre que le correspondía. También es cierto que Antenor Orrego lo estimó humana y literariamente y que, a raíz de su muerte, un joven José María Arguedas escribió, con el seudónimo de Pedro Tierra, un emocionado artículo vallejiano aparecido en la revista “Hoz y martillo”. Pero el Perú oficial –es decir, la derecha que no lee y el pueblo que le sirve agachadamente– le dio la espalda.

El asunto es que Vallejo se fue a Europa con el ánimo de no volver a este país erizado de Palmas. Y la verdad es que se murió en la miseria. Y también es verdad que sin la campaña de André Coyné, el francés a quien también le debemos el descubrimiento de César Moro, Vallejo no habría sido admitido, veinte años después de su muerte, en la comunidad literaria de Lima. Claro que después de Coyné se puso de moda decir que Vallejo “era el más grande”. Y lo era, pero no porque lo dijeran en Lima. Porque a Vallejo lo amaron y lo elogiaron, en Europa, Pablo Neruda, Louis Aragon, André Malraux. “Tenías algo de mina, de socavón lunar, algo terrenalmente profundo” le escribió Neruda en agosto de 1938. Y el español Andrés Iduarte estampó en la revista “Hora de España” estas palabras que no cesarán de ser ciertísimas: “Le faltaba (a Vallejo) toda condición para eso que llaman ‘el éxito’. No admitió ser poeta bufón de poderosos, ni secretario de imbéciles, ni traspunte de badulaques… Vivió en la amargura y en la pobreza, pero sin rencor ni resentimiento… La muerte de Vallejo la produjo, sencillamente, el hambre a que lo condenó su nobleza…”.

Que estas líneas sirvan para desenmascarar al viejo país falsamente aristocrático que maltrató a Vallejo y que, años más tarde –“muerto el combatiente”– le dedica discursos y homenajes. Y que sirvan quizás para recordarles a algunos a qué frivolidad de membretes que elevan socialmente y a qué poquedad de premios que “consagran” se ha reducido, en muchos sentidos, el quehacer de los que escriben amando la deriva de los acomodos. Quizás para ellos Vallejo escribió esto:
“Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen
y suben por su muerte de hora en hora
y caen, a lo largo de su alfabeto gélido,
hasta el suelo”.

Por César Hildebrandt, publicado el 2008 en el diario La Primera.

domingo, 11 de abril de 2010

Sobre el sabio


La sensatez es suficiente para socorrer a una persona
Platón, Protágoras


Llevé el desayuno a mi dormitorio y acompañado de Francis Bacon, lo digerí cómodamente. Un primer ensayo hablaba sobre la buena elección del acompañante que ha de tener el príncipe, daba las características del ambicioso que le serviría: que siempre esté adelante y nunca retroceda. El segundo, que me pareció mejor, sobre los beneficios que trae el estudiar. Diferenciaba tres clases, los que estudian por placer, los que lo hacen por tener tema de plática y los que lo forjan con afán erudito. El exceso en los primeros lo denomina pereza, al de los segundos afectación, y al grupo tercero propio de un carácter docto. A los astutos les importa un bledo el estudio; las personas común y corriente, «los simples», lo miran con admiración; en cambio los sabios hacen uso del estudio, lo observan, lo toman, lo mastican, lo transforman. Recordé algunas líneas de Ribeyro (sospecho que de aquí se influenció, también sospecho que yerro en mi sospecha) donde mencionaba la diferencia entre el erudito y el culto, el primero estudia y va almacenándose de conocimiento, lo apila y ante cualquier situación repite como un loro lo aprendido, el segundo tiene características símiles al sabio que mencionó Bacon.

Bacon y Ribeyro, con estas cualidades, indirectamente se autodenominan sabios. También pudieron haber dado otras cualidades de sabio, por ejemplo, no lo es quien lee, sino el que no habiendo leído conoce lo que está en los libros; quien se percata de que los cambios hechos por los hombres, en lugar de mejorar la naturaleza, la empeora, ante aquella certeza y sabiendo que dejará este mundo así no haga nada, se observa así mismo y observa a otros mientras come y se rasca la panza; quien vive en la constante meditación de la acción; el que no guarda pan para mayo, no porque piense que se puede morir en cualquier momento (lo cual lo sabe, solo que no lo piensa), sino porque prefiere vivir en la eternidad que le da el presente... En fin, el verdadero sabio no se alimenta de libros, ni hace libros, mucho menos hace una definición sobre sí mismo.

julio 2009


AZAÑA ORTEGA