martes, 16 de marzo de 2010

Desertor de perseverancias

Un hombre sin perseverancia es un hombre que deja de caminar, un hombre inválido, sin voluntad y sin silla de ruedas. Un hombre sin perseverancia ni siquiera vive, se aplasta mucho antes de que anochezca y antes de que amanezca ya se le considera muerto. Puede pensar mucho y obrar mucho, pero sus pensamientos y sus acciones no condicionan una dirección ni un progreso, solo son referencias de que a pesar de la nulidad, está vivo. Un hombre sin perseverancia puede tener talento pero el talento también requiere constancia, estar allí, trabajar y solo descansar una vez cansado. Pues hay talentos que se construyen, talentos que se nacen, pero también talentos que se destruyen o mueren antes de haberlos encontrado. Y la perseverancia es base de toda construcción. Y yo, soy un hombre sin perseverancia.

Lo positivo es que soy consciente de este defecto. He empezado muchos asuntos y pocos los he concluido, estos pocos no me sirven de aliento ni me llenan de algún frívolo orgullo, por el contrario, siento que lo hecho es nada, y por tanto, en lugar de alentarme, a veces sufro desazones y desalientos tan profundos que me llevan, de la mano, al camino de la angustia. Apoyado en la angustia fácilmente puedo caer, y con dificultad puedo pararme. Sin embargo, siempre me pongo de pie, quizá es la fuerza de la juventud, esa energía que todavía nos acompaña en esta edad gloriosa, por eso —y otras cuestiones— le temo al tiempo, aunque es un temor rebelde, verdaderamente no es temor al tiempo, sino, sensaciones difusas símiles a la rabia o impotencia por lo que trae y lleva, la vejez por ejemplo, tal vez porque en la edad de las canas si me caigo, ya no pueda levantarme, y no habrá quien detenga mi avance hacia el mismísimo abismo.

He empezado muchos asuntos, dije hace un momento, por ejemplo un relato que según mis cálculos debía estar listo para un viernes de hace dos semanas. Empecé a escribirlo y lo dejé a medio camino. Hace unos días, ordenando mis archivos, lo encontré y decidí terminarlo, le di sus debidas correcciones, le eché ganas toda una tarde, ensimismado y alegre por reencontrarme con las palabras. Y nada, mi esfuerzo solo valió esa tarde, esas ganas murieron al amanecer siguiente convirtiéndose en pérdidas.

Quise trabajar y bastó que un empleo me negase sus puertas para ya no buscar otro. Muchos libros leídos hasta la mitad (defecto ya desecho). Amores inconclusos. Confesiones postergadas. Epístolas pendientes, epístolas incompletas y epístolas sin envío. Mi habitación con la misma cortina momentánea que coloqué hace un par de años. Decisiones interrumpidas por dudas reincidentes. La lista es larga, habrá un colofón por ahí que deseo no rescatar. Y ahora, para el colmo de las «in-perseverancias», dejo el texto que estás leyendo inventando un fin distinto al imaginado.

febrero 2010

AZAÑA ORTEGA

sábado, 13 de marzo de 2010

Yo quería jugar a la alegría

Yo quería jugar a la alegría, a jugar sin dolor, a vivir sin dolor. Quería jugar a que siempre era niño, que tenía mi chica y que nos queríamos. Yo quería jugar, Señor de los Cielos, a que el amor no envejecía, a que mamá y papá duraban para siempre, y que yo, simple humano con lentes, chiquito o mayor, jamás me abandonaría por los balcones con las palabras de pesar.

Pero un día una piedrita me dijo que la vida no ha nacido para jugar, sino para darle oraciones mañana tarde y noche, que los sufrimientos son el único pan que nunca falta, y que acostumbrarnos a ella es de sabios, de hombres eternos que pasan los cielos. Y qué inventar, si no se es sabio, y si en lugar de pasar los cielos, nos quedamos aquí abajo, qué orar si nos quedamos sin boca y sin pensamientos, cómo caminar a la trascendencia celestial sin sacarnos los anteojos. Pues, Señor, a la vida le gusta ser abstracta, insensible, vengativa y humana. No come nuestro pan, ni toma nuestras sopas, pero se lleva a nuestros panaderos, a nuestras cocineras, a nuestros amigos, a nuestros amores y a nosotros mismos. Convierte nuestra vida en eterno camposanto. Lo peor es que nosotros presenciamos las tumbas, colocamos la cruz y regresamos a casa para proseguir con nuestro entierro.

febrero 2010
AZAÑA ORTEGA

lunes, 8 de marzo de 2010

-es tonto creer que el pasado no presentea un futurosente-

abril 2009
AZAÑA ORTEGA

martes, 2 de marzo de 2010

Carnaval limeño

Debido a que he estado y continúo mal, no pude colgar a tiempo lo que escribí el año anterior. Pensé colgarlo el domingo veintiocho, último día de carnaval, sin embargo aquí me tienen publicándolo, rezagado. El primer párrafo es solo una breve introducción.

Veinticuatro departamentos tiene el Perú, allí hallamos muchas y disímiles costumbres o tradiciones que a pesar del tiempo continúan en pie. Una de las tradiciones es el carnaval. Tradición exultante que de acuerdo al lugar la celebración varía, por ejemplo en Cajamarca —departamento en que es casi su símbolo— los disfraces, la chicha de jora, las guitarras, comparsas, corsos, bailes, el suculento caldo de cabeza son algunos de los matices de su gran fiesta. En cambio, en Lima, aunque hace menos de un siglo el festejo era de manera decente con lujosos bailes de disfraces y reinas de belleza, hoy parece que aquel recodo histórico ha sido totalmente clausurado por este vendaval que la nueva juventud ha ido imponiendo.

Globos llenos de agua son lanzados cual proyectiles hacia cuerpos de limeños y limeñas, carnaval tiene la culpa, tardes rebosantes de risas y de gritos, ¡qué tienes imbécil anda moja a tu mamá!, baldes de agua (no siempre limpia), mójale mójale mójale, ¡si me mojas yo te remojo!, talco que por lo general termina cayendo más en la ropa que en el rostro, ya ya ya ya agárrala agárrala, pobre de ti si me tocas baboso, manos manchadas de betún o colorete con deseos de incitar la venganza, ya te cagaste te voy a dejar zamba, el propósito es divertirse, báñate aunque sea por carnaval cochino, la edad o bien ayuda o bien dificulta, ¡no juego con mocosos!, chisguetes de todos los tamaños y de todos los alcances (manguerazos, pistolas, metralletas, misiles de agua), ya carajo no me mojen, yo mojo peor, estúpido estoy refriada, no se moja a los hombres huevón, no me entres con tu ropa mojada vas a trapear todo lo que mojas, no jueguen con agua se van a enfermar, nunca faltan las madres escandalosamente preocupadas, quién te ha mojado carajo acaso su papá me va a dar un sol para las pastillas por mí te dejo muriendo pa’ que aprendas, pal’ calor pe’ vecina, anda moja a tu mujer viejo prostático, siempre habrá un sincero pretexto para renegar, ¡qué rico para jugar no carajo? qué rico para jugar ¡como si tú lavaras!, no gasten mi agua que he juntado para bañarme, recién he almorzado no juego no juego, pajero no le cayó, ya te quiero ver cuando te saquen la mierda, no sube el agua arriba, en algunas vecindades puede faltar la madre escandalosa no obstante es infaltable el vecino jodido pero que tiene toda la razón, vayan a jugar en la puerta de su casa no vengan a fregar aquí la paciencia, no dejemos de lado a los niños que mami pa’ jugar carnaval, te dicho que no entiende, en la puertita nomas ya pe ma’, no, mami y Rodrigo cómo juega, es que su mamá no lo quiere, mami ya pe, no carajo...

Agua es vida, no desperdiciarla.

Segundo domingo de febrero de 2009

AZAÑA ORTEGA

domingo, 21 de febrero de 2010

Despertar de un domingo

Los domingos lentamente despiertan los sonidos. No a la hora habitual de los días laborales, da las siete y el mundo aún es silencio, da las ocho y algún caño se escucha desde otra cuadra, da las nueve y recién pasos y palabras van fomentando maniobras que acaban con el sosiego que brinda la inactividad humana. Pero todo se forma suave y con la fina seguridad de no ser explícitos, las vocales se enredan en volumen, tiernos, y crece cual orquídea en madrugada, pero llega un segundo (fatídico segundo) donde concluyen los falsos respetos y de golpe inundan las malezas que fluyen etiquetadas por las bocas.

Domingo 29 de noviembre de 2009
AZAÑA ORTEGA

domingo, 14 de febrero de 2010

Catorce de febrero









Yo no quiero catorce de febrero (…)
lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mí.

Joaquín Sabina
. «Contigo»

Es catorce y muchos enamorados y amigos saldrán a pasear. ¿Qué celebran? ¿Ellos celebran o alguien los celebra a ellos? Catorce de febrero se ha convertido en el agosto de los hostales, de los corazoncitos de plásticos, de las flores artificiales y de otras miles de galanterías y detalles sin ingenio. Porque hoy, además, la huachafería y la cursilería serán las reinas de las palabras y de los actos. ¿Más promesas, más pruebas, más amor? ¿Qué diría Eros de todo este enredo? ¿Y Afrodita? ¿Acaso se acostará con Hefesto o tendrá alguna orgía con Zeus, Poseidón y el mortal Héctor? Pero una cosa es hablar de Afrodita con los dioses y otra muy distinta de los individuos que ahora alistan sus últimos cartuchos. Rodolfo Hinostroza habría dicho: «Una cosa es un desnudo griego mirando el Támesis y otra un cholo calato mirando el Rímac».

Hablar del catorce de febrero es también hablar de los renegados, los misántropos, esos tipos oscuros que detestan las fechas memorables que reúnen como nunca a tantos estultos que se juran amor eterno o los que se dan abrazos felicitando la amistad etílica. Los dizque misántropos no salen, se quedan en casa a pesar de que Cuchita y Luchito y Pepita y Pepucho y todos sus patas le ha invitado al Paseo de Aguas o a Cine Mark o a la playa Naplo o al populoso parque del Amor. Ellos se quedan en casa aunque no por eso son más felices. O ven películas o chatean o leen o juegan en internet o recuerdan amores pasados, y si tienen amores presentes, para estar acorde con su ideología, se excusan diciéndole a su pareja que le jode salir el catorce, le jode encontrarse con un mundo sudoroso lleno de sonrisas idiotas y helados y colas y veredas repletas y… y… Está bien, está bien, Tato, ya te entendí, pero mañana de todas maneras nos vemos. Entonces el misántropo puede continuar jugando en su compu' Residencia Maldita II.

Otros, los que no tienen chica, los solitarios eternos que siempre recuerdan una y otra vez a su única chica, llaman por la noche a su otro amigo que tampoco tiene, hacen una chanchita y compran un Frugos. En el parque más cercano rememoran los amores antiguos, confiados en que ellas todavía los recuerdan y los aman más que ayer, incluso más que a sus actuales enamorados. No saben que ellas en ese momento se encuentran emocionadas gritando y sudando en alguna habitación desconocida.

También existen los ahorradores. Han ahorrado sacrificándose al máximo para este día. ¿Cervecita? No, estoy guardando para el catorce. ¿Gaseosita? He dicho que no, estoy ahorrando para darle algo especial a mi osita. A propinas o a punta de trabajo han conseguido una robusta billetera y llegado el especial día se gastan hasta el último céntimo con su amorcito. Peluchito, quiero un helado. Peluchito, no me gusta de vainilla, quiero de chocolate. Amor, Platanito, Gordo, Peluchito, me prometiste que hoy me comprarías mi… Lo sé, Osita, ya te lo he comprado, no te preocupes. Pero Peluchín, yo no quería rosado, te dije, yo quería el lila. Pero Osita. Ya no quiero nada, regálale a tu hermana o métetelo a; hasta aquí nomás llegamos, has matado mi amor. Pero Osita. No me digas Osita, se acabó, entiende, chao Luis Gabriel. ¡Pero Osita, Caramelito, Muñequita…!

Todos los días acaecen eventos, es inevitable, pero si sucede el catorce, lleva un decorado distinto. Por ejemplo, hay madres que justo hoy dan a luz. Algunas lo hacen apropósito. Sí, qué importa, doctor, por cesárea o como sea. Tengo un amigo que al parecer nació un día como hoy a la fuerza. Cualquiera creería que tiene una suerte envidiable para el amor, sin embargo, el nacer el catorce fue un hecho fatídico, una marca imborrable: no hay chica que le dé ni media mirada. Échele ganas Raulito, ella no es la única.

Muchos esperan el catorce para confesar su delirio de años. Ahora sí, ahora sí, es el día, ahora o nunca. Eeee… (¡No-chi-to!, ¡No-chi-to!...), desde que te vi, tú sabes, eee…, eres bonita yyyyy… (¡sí-se-puede!, ¡sí-se-puede!...): quiero estar contigo. Ahora estás conmigo, Nochito, tú estás aquí, conmigo. Sí, pero, o sea, tú me entiendes, María Rosa, me refiero a. No te entiendo Nochito, ahora tengo sueño, gracias por el paseo y las flores, eres muy lindo, yo sé que encontrarás a una chica buena para ti. Pero, María Rosa, no te puedo dejar acá, te acompaño a tu casa. No, mi mamá se puede amargar si te ve, gracias Nochito, nos vemos. Nochito la ve irse, no llores Nochito, como ella te dijo, ya encontrarás a una chica buena para ti; la cuestión ahora es que la chica buena piense lo mismo de ti. Y ni se te ocurra ir más tarde por casa de María Rosa, la encontrarás besándose en la sombra de su puerta con Nacho.

Pero si tenemos en cuenta a los mayores, esa masa gigante que ya cuelga papadas y arrugas y depresiones, nos percatamos de que la gran mayoría está en casa, cansada de catorces de febreros, cansada de detalles y hasta cansada de amar. Hoy lo mismo puede ser, para esa gran masa, catorce de enero o catorce de marzo o catorce de abril, o sea hoy es domingo y punto; la mamá: qué cocinaré hoy, el papá: déjenme descansar, estoy cansado y tú jodiendo, ¿qué dices?, ¿vas a salir con quién?, te quedas ayudando a tu mamá. Pero papá, y como al Nacho si le dejas. Él es hombre, sabe cuidarse. Yo también sé cuidarme. Carajo, no entiendes, he dicho que no vas a salir, tantas violaciones hoy en día, crees que no sé quién ese tal Huilfredo, es un pendejo m’hija, sino pregúntale a la Ruc, si siquiera saldrías con el Nochito. ¡Papá!, toda la semana no he salido y he estado ayudando a mi mamá, más bien el Nacho no ha hecho nada, no es justo; mamá, dile a mi papá que me deje, el Huili me está esperando. Como ven, también encontramos a chicas que han planificado detalle a detalle su día y al final ocurre todo lo contrario. También encontramos un montón de plantados, ¿sí o no, Huili?

En fin, vivan su catorce que se acaba, conste que tendrán que esperar un año más. Festejarlo mañana, no es, no paga. Y si no quieren gastar, caballeros, hagan como mi pata P. que unos días antes del catorce discute con su flaquita y se reconcilia un par de días después, o sea mañana o pasado mañana a más tardar estará reconciliándose. Y ustedes, chicas, no den ilusiones en vano, ni se vendan por un helado o por un osito de peluche.

Ah, también encontramos sujetos que se pueden quedar en casa escuchando posiblemente a Sabina o a Joan Manuel Serrat, escribiendo cual huevón acerca del catorce de febrero, esperando tal vez que su muchacha de ojos tristes se muera por él.


MOIZÉS AZÄÑA

domingo, 7 de febrero de 2010

Objeto inútil

En casa se guardan aquellos objetos inanimados que hacen nuestra vida menos compleja. Un artículo encontrado por ahí, divide a estos señores objetos en tres grandes categorías: los que sufren averías, los que se pierden y los que no funcionan. Yo, si fuera un objeto, sin dudarlo pertenecería a las tres.

Septiembre 2009
AZAÑA ORTEGA

martes, 2 de febrero de 2010

Hegel, cuántos días y cuántas noches se habrá pasado escribiendo sobre la historia de la Filosofía llegando afirmarla en Grecia, negándola en la India. Y años después su trabajo, su sudor, sus libros, sus prejuicios, todo al diablo. Nociones erróneas le hicieron tomar certezas erróneas.

Noviembre 2009
AZAÑA ORTEGA

martes, 26 de enero de 2010

Una cosa es falta de tiempo y otra muy distinta falta de ideas. Para realizar cualquier obra es necesario el tiempo; sin él, todo proyecto aunque fuese el mejor planeado, pierde validez y se reduce a la nada. Los griegos, por ejemplo, tuvieron que resolver ante todo sus necesidades básicas y placenteras para recién en el S. VI a. C. entregarse a la búsqueda del conocimiento de la verdad sobre el principio del mundo. Las teorías entabladas por los poetas que ya tenían fama de mentirosos, perdían credibilidad; la creencia de que el Caos había engendrado a Gea y esta a su esposo Urano con los que fundarían la gran descendencia, con los filósofos se fue dejando de lado reduciéndola al espacio de la falsedad llamándola mito. Pudo originarse de ese modo porque hubo tiempo para el ocio donde se entregaban a las especulaciones, sin ello la ciencia se habría retrasado mucho más.

Sin tiempo no hay ideas, pero sin ideas pese a tener tiempo no hay nada, es el estado de nulidad. Sin embargo, hay otra cualidad de vital importancia a la que dejarla de lado sería matarse uno mismo. Podemos tener tiempo, ideas, pero si no poseemos la habilidad suficiente con la cual llevar a cabo el pensamiento, todo será inútil y antes de que se escriba el Apocalipsis vendrá el fin del mundo. Es indudable que todo tiene un principio pero no siempre se le conoce. Y la habilidad en el escritor está supeditada a entidades distintas, inusitadas, singulares, propias del arte. Inefable. Qué se tendrá que realizar para ser un Cervantes, un Stendhal, un Aristóteles, un Vallejo; qué muros se tiene que romper, de qué ladrillos se debe sujetar la obra para que no caiga y permanezca.

Septiembre 2009
AZAÑA ORTEGA

martes, 19 de enero de 2010

Cambio

Apenas han transcurrido unos días y la fuerza con que iniciaron el 2010 ya se ha desinflado, se van aclimatando a un año que ya les huele a viejo y que apuran para vacacionarlo. Más o menos pensando ello escribí lo siguiente a fines del 2009, ahora me veo obligado a cambiar un par de detalles para asimilarlo a estas fechas.

Es mentira, se engañan los que creen que en febrero (2010) van a cambiar, lo mismo dijeron para este mes (2009) y miren cómo están, peor. Los cambios se dan, no se esperan. Los cambios que se deben hacer no se apuntan en agendas, no es proyecto que inicie un día prefijado, el primero del mes, el lunes de la semana, el primer día del año. No. El cambio es algo presente, decir futuro es pretexto para nunca hacerlo, para continuar amarrado a la larga ilusión de existir sin vida. El cambio se hace en el momento.

Diciembre 2009
AZAÑA ORTEGA

jueves, 14 de enero de 2010

Haití y la hipocresía*


Quise escribir con respecto a los hechos funestos acaecidos en el pequeño país de Haití, pero al medio día me encontré con las líneas siguientes y supe de inmediato que ya no escribiría.

Todo el mundo habla ahora de Haití.
Claro, su terremoto llama la atención. Sus casas destruidas son fotogénicas, su palacio presidencial en escombros es espectacular, sus negros quejumbrosos tienen buena voz.
Y, además, están los aviones y las tropas de Obama, aviones y tropas que Haití conoce muy bien en otras circunstancias nada telúricas.
Y los socorristas de todos los países, que llegan de todas partes con su humanitarismo en ristre y sus perros especialistas en distinguir a vivos de muertos. Con eso y los ayes de los sobrevivientes se harán los noticieros de los próximos días.
Porque Haití puede haber sido semidestruido, pero con sus ruinas se harán periódicos y televisiones. Siempre hay un lado bueno en las desgracias.
Porque Haití ahora sí que es noticia.
Gracias a lo que el periodismo de entrecasa llama “las fuerzas de la naturaleza”, Haití es hoy noticia.
Ha necesitado un terremotazo de grado 7 y con epicentro a 15 kilómetros de Puerto Príncipe para volver a ser noticia.
Digamos que Haití ha pagado el peaje tarifario para ser noticia: miles de muertos, miles de viviendas y edificios en el suelo, gente aturdida por doquier, réplicas que no parecen acabar, una polvareda humeante que amenaza su cielo siempre azul.

Pero este país espectral que ahora se luce en las pantallas de cristal líquido es el mismo de siempre: 400 dólares de ingreso anual per cápita, más de nueve millones de habitantes sobre una superficie de apenas 27,000 kilómetros cuadrados, 50 por ciento de analfabetismo, una derecha presocrática empeñada en brutalizar a quien se atreva a intentar cambiar las cosas.
Hundido en la pobreza extrema y crónica, demostración plena de que hay países inviables, Haití es, más allá de males propios, el producto degenerado de años de intervencionismo militar estadounidense.
Estados Unidos lo tuvo bajo la bota de su imperio desde 1915 hasta 1934. No parecía ese un destino muy justo para un país que Francia había inventado como fábrica de esclavos desde el año 1697, tras arrebatarle a España parte del territorio colonial de la isla La Española, y que en una gesta sin precedentes, había sido liberado gracias a una guerra liderada por dos esclavos que terminaron derrotando a los franceses el 1 de enero de 1804, el año de su precoz independencia.
Esos dos Espartacos exitosos, esos dos gigantes de la epopeya anticolonial en el Caribe se llamaron Toussaint-Louverture –que moriría en Francia vejado y torturado- y su discípulo Jean Jacques Dessalines, que aplastó a las tropas imperiales francesas en la decisiva batalla de Vertierres.
Quizá los problemas de Haití empezaron cuando Dessalines, el primer guerrillero heroico de América Latina, se proclamó, para sorpresa de muchos, emperador. La trayectoria circular pudo empezar en ese momento.
Papá Doc, esa bestia sanguinaria y rapaz que se proclamó “Presidente Vitalicio” a partir de su elección en 1957, fue un ahijado de Washington. Y lo fue también su hijito y sucesor Jean Claude, el llamado Baby Doc.

Cuando eso ya no pudo sostenerse, entonces vinieron las elecciones supervisadas internacionalmente.
Y cuando las elecciones encumbraron a Jean Bertrand Aristide, un curita respondón y de izquierdas, entonces Washington frunció el ceño.
Pero Aristide no hizo mucho por justificar su fama de cura salesiano expulsado de la Orden por subversivo. De modo que Washington lo toleró.
Lo toleró tanto que hasta ayudó a reponerlo en la silla presidencial tras haber sido depuesto por el golpe del general Raoul Cédras.
Fue en el segundo mandato constitucional de Aristide cuando las cosas se pusieron feas.
Aristide restableció relaciones con Cuba, se acercó a la Venezuela de Chávez y propuso algunas tímidas reformas.
Estados Unidos respondió como siempre, aunque esta vez el golpe de Estado fue encubierto y tuvo una pincelada de sofisticación: en febrero del 2004 Aristide se vio obligado “a renunciar a su cargo” y fue embarcado en un avión bajo la vigilancia de una misión multinacional. Se exilió en la República Centroafricana y, más tarde, en Sudáfrica.
Ayer Aristide, lamentando la tragedia de su país por lo del terremoto, reiteró lo que todos sabíamos: que Estados Unidos estuvo detrás de su derrocamiento y que aquella “renuncia” fue una farsa.
Pero ese es el Haití que no es noticia.

Porque ni la violencia imperial ni el hambre ni la miseria como norma ni la corrupción como endemia ni el dolor silencioso de los miserables son noticia.
¿Haití ha sido destruido por un terremoto?
No lo creo.
Haití vive en estado de cataclismo institucional y nadie dice nada.

*Por César Hildebrandt. Publicado hoy en el Diario La Primera.

domingo, 10 de enero de 2010

Retratos

Había otra razón, no aceptaba la solicitud, además, porque prefería mantener en anonimato los colores y las formas precisas de las que estaba (está) compuesta. Había como que un encanto disímil e inexplicable, una rara fascinación por algo similar a lo metafísico y a lo remoto, una imagen construida a partir de palabras y no de la vanidosa huella de una cámara. Confieso que al mirar sus retratos, en primer lugar me ha parecido que la he visto en algún sitio pero nada exacto, como si haya llegado y con la misma se haya ido. Entonces más que el vestigio o la impresión que pudo quedarme tendría la sensación, la he buscado y ha sido infructuosa, me he sentido mal, sobre todo porque al desaparecer esa supuesta primera sensación donde la veía viva, la ha reemplazado esta nueva donde está quieta, desamparada a la crueldad del momento, muertamente viva, vivamente muerta… Lo sentido no fue lo ideal.

Hubo una donde me ha transmitido temor, no hablo del aspecto físico, sino de cierto gesto inconsciente del instante en que fue tomada, captó un segundo donde los movimientos faciales no fueron de los más sublimes, entonces me he visto transportado a cierto desorden o miedo, no, no es miedo, es otra cosa a la que no encuentro nombre, una textura disuelta en el aire, una partícula que desdeña momentos, alguna señal inconclusa que no logro representar y lo llamo cojudamente miedo. Ha habido otras donde encuentro manchas de tristeza, una tristeza acumulada a pesar de cualquier sonrisa, como si aquella mueca risueña solo serviría de amparo ante la gravedad, como una batalla que a pesar de ganada siempre recuerda a sus caídos, un aspecto taciturno de llorar mucho por trivialidades que se agigantan con el reloj y con los recuerdos (tontamente), había al mismo tiempo un aire de sensibilidad errónea o a lo mejor sensibilidad que no ha sido del todo descubierta o destapada por el latente temor a las heridas. No hay duda de que existe una extraña belleza, pero también un acertijo o laberinto para ingresar a ella, como que si el encanto no estuviese allí en esa quietud inmortal, sino en la oscilación del tiempo o en la imperfección de los días.
AZAÑA ORTEGA